WILLIAM SHAKESPEARE. JULIO CÉSAR

Pedro Centeno Belver

Shakespeare

William Shakespeare

Iniciamos en este número una nueva sección en la revista de José Guadalajara dedicada al teatro histórico con el fin de explorar una vez más el estrecho vínculo existente entre literatura e historia. A lo largo de los próximos meses iremos conociendo y repasando algunos de los textos más significativos del género dramático, aquellos, eso sí, interesados por volver su mirada hacia el pasado y llevar a la escena, dar nueva vida a personajes y hechos famosos.

Sin embargo, las particularidades del género dramático nos obligan a precisar algunas cuestiones antes de iniciar esta aventura y aclarar, de este modo, el tipo de textos que presentaremos en lo sucesivo, así como del tipo de lectura que presentaremos del mismo.

En primer lugar, no podemos perder de vista que el objeto primero y último del teatro (al menos en un altísimo porcentaje de ocasiones -piénsese en el teatro simbolista-) es la puesta en escena. En este sentido, el texto teatral es una parte importante, pero no única ni imprescindible en todo el conjunto de elementos que configuran el espectáculo. Por este motivo, de antemano avanzamos que en esta sección abordaremos el análisis del texto desde una perspectiva dramática inconclusa en la mayoría de las ocasiones, pues partiremos del texto y no de una puesta en escena. Sin embargo, lo que de antemano bien pudiera ser un gran defecto, trataremos de hacerlo virtud explorando las posibilidades dramatúrgicas que pose.

En segundo lugar, debemos precisar lo que entenderemos por teatro histórico. Si la novela histórica se configura como tal en el siglo XIX y mantiene un patrón (dentro de la libertad que proporciona de suyo la novela) más o menos homogéneo, el teatro «histórico» cubre un período de tiempo mucho mayor (así, por ejemplo, en este número nos trasladamos al siglo XVII) y, en consecuencia, muchas más tendencias artísticas. Si a ello sumamos que durante diferentes épocas el teatro fue un medio extraordinariamente popular entre todas las clases social y que, en consecuencia, estaba sujeto (como también ahora) a la férrea imposición del mercado, a censuras y al gusto popular, veremos que el elemento «histórico» se complica sobremanera: dependerá de los intereses del público, de las modas, de los propios escritores (que querrán ejemplarizar, o no) e incluso (o, quizá, en ocasiones, sobre todo), del régimen político.

Con ello nos acercamos a una problemática que se hará más fuerte o débil según el momento histórico en que sea escrita, que es el tratamiento de la historia y de la realidad histórica. Así, en efecto, en el teatro nos encontraremos, como en la novela, con dos tipos de realidad, la realidad histórica, el de la realidad como es, frente a una realidad ficticia, una realidad «como debe ser». De esta última daremos un ejemplo con la obra analizada en este número, pero baste recordar que los personajes reales que abordaremos han pasado a un plano de la ficción en un universo, el de los escenarios, en el que cobran vida, vida de carne y hueso, una vez más.

No hemos de olvidar, en este sentido, que en numerosísimas ocasiones nos encontraremos ante una realidad ficticia que no se corresponde con los hechos históricos, sino con una reconfiguración de los propios acontecimientos a la realidad que interesa al autor o al público. Es decir, una realidad pasada «como debe ser» a juicio de éstos.

Finalmente, sólo nos resta hacer una somera mención a los autores. Por estas páginas pasarán representantes de todas las épocas y géneros teatrales para tratar de invitar al lector al repaso de los textos. Sin embargo, si bien hemos comenzado con un autor ilustrísimo, trataremos de dar cabida a todos los dramaturgos, mayores y menores, que hayan escrito algún texto digno de ser tenido en cuenta, aunque actualmente pase un tanto desapercibido. Queremos así, por tanto, ofrecer un amplio panorama que permita a los lectores descubrir o re-descubrir dramas clásicos y, quién sabe, lleve al escenario, real o imaginario, alguno de estos.

JULIO CÉSAR

Comenzamos nuestra andadura en esta nueva sección desde el Olimpo literario con una obra de uno de los más grandes autores que haya conocido la literatura universal: William Shakespeare. El genio del dramaturgo inglés por excelencia es, ajeno a todas las teorías que tratan de hacer de otros sus obras o que cuestionan la posibilidad de un genio “lego” de tal calibre, incuestionable e indiscutible y, en consecuencia, nos hemos decantado por él a la hora de iniciar nuestras reflexiones sobre el teatro histórico.

Júlio César

Julio César

El panorama literario, si bien seguiría siendo inmenso, quedaría huérfano si prescindiéramos de las obras de William Shakespeare y, aunque tal vez sea cuestión vana, superflua o, cuando menos, trivial, encumbrarle en la cima de las letras universales, algo muy del gusto de los anglófilos, muy dados a este tipo de cuestiones, no está de más tenerle como uno de los autores de cabecera de nuestra cultura. En el caso de que aceptásemos al pie de la letra todas las cuestiones abiertas por uno de los grandes lectores de Shakespeare de la actualidad, Harold Bloom, y le diéramos al británico la corona de las letras por encima de otros grandes como Dante o Shakespeare, cabría cuestionarse, sin lugar a dudas, ¿por qué Shakespeare es tan grande en comparación con los demás autores? En mi humilde opinión, no se trata de una pregunta banal y bien podría ocupar unas cuantas páginas la cuestión, sin embargo, sí que hay una razón que se encuentra por encima de las demás que hacen que puede darle una cierta ventaja, entre otros, a estos dos competidores: el escenario.

Un poema de perfección sin par como el de Dante, que sirve de hilo temático incluso a grandes bestsellers actuales o una novela tan compleja, rica y divertida como el Quijote pueden ser fácilmente sobrepasados por una simple y sencilla cuestión, sin entrar ya en la riqueza lingüística, estilo y demás cuestiones formales que, por cuestión de género ya deben, de por sí, evitar la comparación: el tratamiento de los temas de cada drama, cómico o trágico, fantástico o realista, actual o histórico llevado al escenario crea un vínculo totalmente diferente al que siente el lector de una novela o un poema. El gran acierto de Shakespeare es que ha sido capaz de ofrecer unos textos maravillosos que cubren casi todas las pasiones humanas y las trabaja y disfruta o sufre desde los actores que dan vida a los papeles en el escenario. Por muchas adaptaciones que puedan hacerse de nuestra gran novela, nunca podrá llevarse al escenario o a la televisión una versión digna del Quijote; del mismo modo, nunca nos conmoverá el aliento desgarrado de los personajes de la misma manera que un Macbeth, Othello o, como en nuestro caso Bruto porque el fin mismo de la obra literaria que se creó es totalmente diferente. La naturaleza del teatro, acorde además a la época en que se creó, permite una mayor movilidad del texto que se lleva a la escena y, en consecuencia, una mayor capacidad de adaptación. Porque, no hemos de olvidarlo, el texto del teatro es un texto incompleto que se llena con el trabajo del director, escenógrafo, iluminadores, etc.

Hecha esta pequeña reflexión, vayamos con el texto que nos ocupa: Julio César. Nos encontramos ante una de las tragedias romanas de Shakespeare (junto a Antonio y Cleopatra, Tito Andrónico y Coriolano -que pronto veremos aquí junto Las armas de la hermosura, de nuestro Calderón de la Barca-) con un tema muy sencillo: el asesinato de Julio César y sus posteriores consecuencias.

En este sentido, la trama de la obra es muy sencilla: Julio César está siendo encumbrado por el pueblo y senado romanos y aglutina cada vez más poder. Por esta razón, comienza una conspiración encabezada por Marco Bruto y Casio que trata de acabar con la vida de César. Pese a los malos augurios que vaticinaban que acudir al senado en los idus de marzo sería fatal para la vida de César, este decide acudir y allí ve cómo los conspiradores llevan a cabo su plan. Tras una breve explicación de lo sucedido por parte de Bruto, Marco Antonio habla -pese a que Casio había tratado de convencer al propio Bruto de que no lo permitiera e, incluso, de que había que matarlo a la par que a César- y arenga a la población para que se ponga en contra de los asesinos. Se suceden diversas batallas, ya con Marco Antonio y Octavio tratando de consolidar su poder y, con todo ya perdido, Casio y Bruto deciden poner fin a sus vidas.

Una primera cuestión llamativa nace del propio título de la obra: Julio César, héroe trágico que pierde la vida apenas iniciado el tercero de los cinco actos y con una presencia bastante secundaria en toda la obra. Y digo llamativa porque, no me cabe la menor duda, bien pudiera llamarse esta tragedia Bruto, pues, a la postre, será este el personaje que cumpla más las condiciones propias de un héroe que llega al final trágico a costa de cumplir sus convicciones políticas y morales. En este sentido, cabría hablar, a la hora de analizar la estructura de la obra de dos partes muy claras: los prolegómenos a la muerte de César y las consecuencias de la muerte de César. Sin embargo, no cabe hablar de una excesiva simplicidad en nuestro drama, como podremos ver en el análisis del conflicto.

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Asesinato de César

El primer personaje que se encuentra ante un conflicto es Julio César, que ve cómo el pueblo quiere verle coronado como único dirigente con plenos poderes. Pese a que él rechaza, cada vez menos seguro, hasta tres veces la corona, sí es consciente de su importancia y su arrogancia es la que le hará perecer por asistir al senado cuando su mujer le rogaba que se quedara en casa. Destino trágico el de un héroe que sabe que para seguir su designio no le cabe sino obedecer a sus obligaciones en lo que es una excelente traducción humana de Shakespeare de lo que representaba el héroe clásico griego.

Un segundo conflicto lo encontraremos en Casio, personaje que cobra una importancia irregular pero a la vez constante durante la obra. Si bien trata de convencer a Bruto de que su interés en el complot son única y exclusivamente devolver la libertad al pueblo romano, más adelante demostrará que la corrupción que tanto denunciaba en César le alcanza y, por orgullo acabará con su vida. En este personaje encontraremos un conflicto del personaje con una sociedad en la que quiere prosperar.

Sin embargo, el mayor conflicto, el más denso y profundo es el de Marco Bruto. Se trata del conflicto de un hombre que ama a César por encima de todos los hombres y el de alguien que ama a Roma por encima de César. Asimismo, un marido amante y un ciudadano ejemplar. Se trata del único personaje que participa en el complot con una idea franca de libertad para el pueblo y que trata de obrar en beneficio de todos. Esto hace de él un personaje muy humano, profundo y lleno de empatía que, en su lucha, se arrojará sobre la espada con orgullo.

Los algo más de treinta personajes de la obra hacen de Julio César un texto complejo de llevar a escena, si bien, como hemos tratado de destacar implícitamente, la acción se concentra en los personajes que hemos destacado. Eso sí, la presencia de otros personajes menores, como el de Porcia, la mujer de Bruto, consigue dejar una huella muy humana en el drama. Encontramos en este texto algunos motivos comunes a muchas obras de Shakespeare: desde presagios a espectros, arrebatos que finalizan con la muerte de alguno de los personajes o un dilema moral de mucha profundidad. Sin embargo, la puesta en escena de una obra como esta, si está bien realizada, puede derivar en un gran espectáculo, toda vez que la elegancia estilística en los discursos, la ampulosidad de su verbo (piénsese en el discurso de Marco Antonio), la consistencia dramática de los personajes principales (especialmente Bruto) y la sencillez argumental -que en el caso de una obra de difícil actualización y que hay que apreciar como clásico: “ir a ver un clásico”- permiten un disfrute completo.

Lo que sí queda bastante claro es que estas mismas razones son las que permiten el disfrute de la obra desde una lectura detenida y deleitosa. El lector podrá disfrutar de hermosos párrafos y elegantes disertaciones sin echar de menos escenario alguno. Eso sí, si se encuentra en cartelera, asista, no se arrepentirá.