UROS Y TOROS

Julián Moral

saltodeltoroSin entrar ahora en una crítica o defensa de esta tradición, he de comenzar diciendo que el culto y la cultura del toro están muy presentes en la sensibilidad mediterránea. Tesseo y el Minotauro, el rapto de Europa, los frescos y frisos de los palacios de Cnosos, los celtibéricos toros de Guisando, etc. Un culto y una cultura impregnados de mística religiosa, ritual sacrificial o fetichismo de fecundidad que se extendió por toda la ribera mediterránea hasta la península Ibérica. Poseidonio y Hesíodo dan cita de los míticos toros de Gerión y caballos de Argantonio que pastaban por las fértiles vegas de Tartessos.

Esta relación tan íntima con este bravo animal conllevaba diferentes actividades y costumbres que tuvieron distintas derivaciones en cada territorio mediterráneo: la de la península Ibérica, que nos conduce a la lidia o corridas de toros bravos, es la que fijará nuestra atención en un breve recorrido.

El arte rupestre, la mitología, la escultura, la cerámica, la pintura y la literatura son nuestras fuentes de conocimiento sobre el toro bravo y su lidia y nos permiten buscar en sus orígenes y evolución. La caza, con fines alimentarios, del toro primitivo por los humanos del Paleolítico y la domesticación o control por los posteriores ganaderos obligó a éstos y aquellos a una serie de actividades que implicaron, inevitablemente, riesgo, valentía, habilidad, aprendizaje, experiencia, selección, etc. Cómo fue todo esto reconducido a actividades religiosas, venatorias, de ejercitación, de sentido festivo popular y, finalmente, de espectáculo reglado, es lo que nos interesa sintetizar. Y lo hacemos sobre la base de la secuencia: primero fue la caza (para alimentarse), después la ganadería (controlar, trasladar, encerrar), posteriormente, ejercicio venatorio y espectáculo circense, luego caza-entrenamiento-adiestramiento, y, al fin, lidia.

Por otro lado, toda la casuística taurina está ligada a la pervivencia del toro bravo, y, si nos apoyamos en historiadores y estudiosos de este animal como Cossío, “todas las especies y variedades del toro, manso o bravo, proceden de un tipo originario” (Julio César en los Comentarios de la guerra de las Galias lo menciona como “uro”), que se representa en las cuevas prehistóricas de España y Francia junto a diferente fauna. Posiblemente, el primer encierro de uros se deba al deseo de arrinconarlos en un accidente del terreno con el propósito de darles muerte. Esto fue quizá llevado a efecto por  cazadores del Paleolítico, imitados después por los ganaderos del Neolítico y posteriores, pero ya para su pastoreo y manipulación.

Pero de burlar al toro en el campo a la plasmación de una técnica de lidia a pie se ha corrido un largo trecho en el que, sistemáticamente, la habilidad se desplaza del campo al espectáculo. El toro en la cultura ibérica y celtibérica ya estaba arraigado antes de la romanización como lo demuestran figuras de toro en bronce y piedra de lo más variado encontradas en la Península y Baleares. La piedra de Clunia (hoy desaparecida) mostraba en relieve un toro y ¿un guerrero-sacerdote-cazador? Un vaso ibérico hallado en Liria (Valencia) representa un sacrificio o una tauromaquia.

813dd3a00346c960f07c9352f5a91be1_largeSi seguimos a Cossío en su célebre Enciclopedia Los toros, Polibio da referencia de la utilización de estos animales –con sarmientos encendidos en los cuernos- por los mercenarios iberos de Aníbal que los utilizaron para romper las líneas enemigas. La misma estratagema, según Diodoro, se empleó en la península Ibérica contra Amilcar Barca. Al igual que en las culturas minoicas, en las que el toro no sólo era un animal para el sacrificio sino que también se utilizaba para ciertos lances o juegos (acoso y derribo en Tesalia), quizá sea el circo romano un precedente inmediato de la lidia. Julio César, según Plinio en su Historia natural, mató toros a lanzadas en la arena del circo, lo que, por otro lado, nos informa del prestigio social que llevaba aparejado el enfrentamiento al toro.

Si seguimos a estudiosos y eruditos de la tauromaquia como Cossío o José María Moreiro, existe una importante escasez de noticias escritas o iconográficas sobre la lidia con toros en el período visigótico, y es muy probable que hasta bien entrada la Alta Edad Media serían las actividades venatorias –más que fiestas de divertimiento o entrenamiento- las que tendrían como protagonista al toro junto con otros animales salvajes. No obstante, es muy verosímil que la nobleza, desde muy antiguo, se ejercitase y descargase su agresividad alanceando toros en sus fincas o en los patios de armas de sus fortalezas.

De la Alta Edad Media nos llegan noticias sobre la lidia del toro, aunque de forma indirecta. En la crónica latina del Emperador Alfonso VII se da noticia de que se corrieron toros en la boda de su hija. En la compilación histórica de Alfonso X el Sabio hay referencias a la lidia anteriores a su siglo. En la prosificación de varios cantares de gesta en la Crónica General se mencionan fiestas de toros: el Cid, los Infantes de Lara, etc. El Poema de Fernán González menciona también fiestas taurinas en las bodas del conde con doña Sancha (estrofa 682). Vemos, pues, que las crónicas de los siglos XII y XIII, aunque referidas a tiempos bastante pretéritos como las Cortes de Alfonso II el Casto (siglo IX), dan noticias de actividades taurinas: “Mientras que duraron aquellas cortes lidiaban cada día toros”. En el siglo XIII estas fiestas eran corrientes, como se recoge en las Cantigas de Alfonso X (CXLIV, milagro de Plasencia) o en las Partidas, que legislan sobre estas costumbres taurinas. Celebraciones, ferias, fiestas patronales, bodas, eran ocasiones para organizar divertimentos con toros. En las citadas Partidas se distingue al que se enfrenta al toro por entrenamiento y prueba de valor y al que lo hace por precio, tachando a éste de “enfamado” (infamado) y al primero de “valiente e esforçado”.

A medida que avanza la Edad Media las noticias de actividades taurinas aumentan y ya en la Baja Edad Media los documentos son más abundantes y explícitos: reinados de Carlos III el Noble de Navarra, Juan I de Aragón, Pedro I de Castilla… En El Victorial se da noticia de la estancia de Enrique III en Sevilla, donde Pero Niño demostró su valentía: “E algunos días corrían toros, en los cuales ninguno non fue que tanto se esmerase con ellos, ansí a pie como a caballo”. Si seguimos una vez más a Cossío, parece evidente la influencia de los toros del mundo cristiano peninsular entre los musulmanes, como se refleja en los romances moriscos (el moro Gazul, el moro Muza). Pero, como señala Cossío, el dato más fidedigno de este trasvase se encuentra en un manuscrito de la Biblioteca del Escorial cuyo autor es el cronista árabe Tub al Jatilo, en el que se refieren los festejos organizados (toros incluidos) por el sultán de Granada Muhammad V a mediados del siglo XIV.

tatuaje-toros-1584En los siglos XV, XVI y XVII era entrenamiento o lucimiento común de la nobleza alancear toros a caballo para demostrar y ejemplificar esfuerzo y valor. El objetivo era no relajarse en la inacción, no perder los hábitos de guerra, adiestrarse en ejercicios ecuestres, disponer el ánimo para actos valerosos. Y es que no hay que olvidar que la tradición taurina está conectada con la tradición cazadora de la nobleza y con ese vano orgullo de clase superior tan propio de ella. Gonzalo Argote de Molina (siglo XVI), en su Discurso sobre la montería, argumenta –hablando del ejercicio taurino- que dar lanzada a un toro es acción de “gran gentileza española”.

Alancear toros y romper cañas se convierte también en un espectáculo cortés en el que el caballero, con la “señal” de la dama prendida, demuestra valor, honor y bizarría ante ella y las demás damas de la corte y la élite de la nobleza. Luego, los ejercicios de toros, como entrenamiento y los posteriores juegos cortesanos, derivan en espectáculos más o menos reglados propiciados por monarcas y nobles en las plazas públicas. Como recoge Cossío, Moratín en su carta al príncipe Pignatelli nos informa de que Carlos V mató un toro de una lanzada en la plaza de Valladolid con motivo de la celebración del nacimiento de su hijo Felipe II. Durante el siglo XVII se impone el toreo con rejones, montando el caballo a la jineta (estribo corto), así como romper cañas, lo que constituía un buen complemento del espectáculo en las grandes fiestas de los Austrias. Góngora, Quevedo (“Jineta y cañas son contagio moro”, advertía Quevedo) y Lope de Vega, entre otros, dan noticia en su lírica de estos eventos en los que los nobles participaban apoyados por criados y lacayos.

A medida que avanza el siglo XVIII decae la lidia a caballo, que, paulatinamente, va siendo sustituida por el lucimiento del toreo a pie. Son ya las clases populares las que nutren y dan personalidad al nuevo estilo de lidia, aunque durante un tiempo se sigue añorando y otorgando cierta consideración a la tradición del toreo a caballo: la vara larga de detener no dejaba de ser un remedo de la lanza del caballero, que, a su vez, lo era de la garrocha campera de las faenas ganaderas. Pero la lidia a pie va ganando presencia, asimilando e incorporando elementos, habilidades, suerte, ritual, etc., fundiéndose el lidiador y matador a estoque en uno y, a su vez, el más importante agente junto con el toro del espectáculo, en una concepción de la lidia más perfilada y metódica que además incorpora un refinado ritual estético que funde el toreo a caballo y a pie. Posteriormente, con la creación de las Reales Maestranzas y la consideración del espectáculo con fines crematísticos como objetivo prevalente, la evolución de la lidia se tiñe más de características técnicas que histórico-tradicionales y su análisis se nos escapa al objetivo de estas líneas.

Sí nos interesa resaltar que las fiestas de los toros tenían entonces como ahora sus enemigos y detractores, sobre todo, en un principio, hombres de Iglesia: Juan de Torquemada y el padre Juan de Mairena, por ejemplo. Ya en 1567 Pío V prohíbe la fiesta de toros con condena de excomunión, y en los siglos XVII, XVII y XIX se desarrolla una gran polémica entre partidarios y detractores. Quevedo los critica en El caballero de la tenaza;  Torres Villarroel era un empecinado detractor así como Jovellanos, Meléndez Valdés, Larra…

Sin querer polemizar y reconociendo un cierto aire de primitivismo en esta tradición milenaria, ésta, como vemos, evoluciona en función del tiempo histórico, las creencias dominantes, la sensibilidad social y la mayor o menor crudeza que exige el espectáculo, y, desde el punto de vista intrínseco, la lidia del toro bravo se moldea y evoluciona desde sus orígenes en un proceso que asimila necesidades inherentes a la supervivencia humana (caza, domesticación, cría, desplazamientos; actividades deportivo-venatorias; espectáculo circense; entretenimiento-lucimiento caballeresco y, envolviéndolo todo, un sentir festivo-popular (no exento de atavismos bárbaros y gamberradas elevadas a tradición cultural) arraigado en las emociones y el riesgo voluntariamente asumido, el alarde de valor y el morbo de presenciar lo auténtico y practicarlo.

Pero, actualmente, y después de años de poca evolución de la tauromaquia, gran parte del ambiente cultural y sociológico (y en casos dentro del llamado mundo del toro) empieza a cuestionar algunos de sus cánones estéticos. La prohibición en Cataluña de las corridas generó una reacción general del mundo del toro y, en particular, de los toreros de más relumbrón: el llamado G-10 que, en líneas generales, conscientes de la realidad del mundo actual, coincidían, en defensa del toro, en que habría que retocar, limar, pulir, cambiar los significados más crudos; suavizar los llamados “lujos crueles”; eliminar del vocabulario palabras como “sometimiento y castigo”; desconectarse de patriotismos exacerbados; reinterpretar la imagen del torero. En fin, un toreo menos agresivo, áspero, agreste; más dulcificado y adaptado a las necesidades ético-estéticas del mundo actual: evolucionar o morir.