RECORRIDO POR LA EDAD MEDIA HISPÁNICA A TRAVÉS DE LA NOVELA HISTÓRICA (III)

Sabino Fernández

musulmanes invaden españaEl dominio musulmán de la península ibérica empieza, cómo no, con la conquista en 711 de un decadente reino visigodo enfrascado en unas luchas fratricidas que dieron en llamarse el “morbo visigodo”. Por el estrecho de Gibraltar y con la colaboración, mítica o real, del conde don Julián, gobernador de Ceuta, entra en Andalucía un ejército mandado por Tariq principalmente formado por berberiscos. Tariq es retratado en la novela histórica como hombre ambicioso y aventurero, pero poco disciplinado para con su jefe Muza, por entonces gobernador de todo el norte africano. A Muza se le retrata no menos ambicioso y se le añade el defecto de la crueldad. Tan pronto como Tariq conquista fácilmente una gran parte de la España visigoda, Muza acude, cual ave de rapiña, a recoger lo conquistado y hacerse con el mando de una expedición que en principio no había patrocinado o apoyado al ciento por ciento. Es cuando Tariq es maltratado por Muza, incluso físicamente (a latigazos) y éste recurre a la treta de esconder una pata de la Mesa del Rey Salomón para luego mostrarle al califa la rapacidad de Muza y su crueldad. Todos estos episodios son repetidos por los distintos novelistas desde Edward Rosset hasta Patrick Girard.

El siguiente personaje musulmán con cierta representación novelística es el propio hijo de Muza, Abd al-Aziz, que queda como gobernador de la Hispania conquistada y casi como rey independiente, llegando a casarse con la propia Egilona, viuda de Don Rodrigo. La mayoría de los novelistas lo retratan como amante de los lujos y alejado del fanatismo de los bereberes, que eran mayoría entre los conquistadores musulmanes. Esto, junto con su política de pactos con los visigodos, como, por ejemplo, con Teodomiro en Orihuela, lo hacen odioso para la mayoría bereber y lleva a su asesinato. Novelistas como los antes citados hacen este retrato de Abd al-Aziz, probablemente cercano a la realidad histórica, puesto que el hijo de Muza era de la élite árabe, lo cual creaba odios que luego se traducirían en numerosas guerras civiles en la península ibérica, de las que apenas dan cuenta los novelistas.

La figura que continúa el devenir musulmán en la novela histórica es Abderramán I, retratado siempre como un luchador con éxito y un gran gobernante. No hay que olvidar que el después emir independiente de Al-Ándalus se ve inmerso en la matanza de toda su familia, la omeya, por el nuevo califato abasí. Él mismo logra salvarse de milagro cruzando un río mientras asiste al asesinato de su hermano. Siempre ayudado por su fiel sirviente Badr, huye de Damasco al norte de África, donde se organizan una serie de partidarios del partido omeya y consigue pasar a la península ibérica donde es proclamado califa por una población musulmana en continuos enfrentamientos. Es entonces cuando se declara emir independiente del califato abasí y se le retrata como el gobernante que sabe aglutinar la amalgama de razas y estirpes que componen la España musulmana. Así es retratado por novelistas como Anthony Fon Eisen o Miguel Aragües.

La corte poco a poco se va refinando. Llegan músicos bagdadíes, bailarinas exóticas, poetas reputados y amantes de la estética. Toda esta magnífica corte tiene su esplendor con Abderramán II. El emir es señalado por la novela histórica como fácilmente influenciable por su entorno, tanto de eunucos, mujeres o poetas, pero gran amante de la cultura, escritor él mismo de poemas, amante de las mujeres y el vino, y bondadoso monarca, en contraposición con su antecesor Alhakén I, mucho más estricto y cruel, retratado magistralmente por Sánchez Adalid. Novelistas como Jesús Greus, Serafín Linares o César Vidal retratan ese carácter del emir y, sobre todo, ese ambiente festivo y cultivado de su corte con músicos como Ziryab o su concubina Tarub.

75666504Es Abderramán III el mayor inspirador de novela histórica del periodo musulmán en España. El luego proclamado primer califa de España lleva al esplendor cultural y territorial a Al-Ándalus. Aparece en numerosas novelas, aunque cabe señalar a Magdalena Lasala como una de las novelistas que mejor lo retratan. El nuevo califa es magnánimo dentro de su enorme poder y sabe equilibrar el rigor con la diplomacia, por lo que se le tiene como modelo de gobernante musulmán. Generoso y altanero, supo elevar a Córdoba a una de las capitales culturales y políticas del mundo. Sin embargo, no hay que obviar el aspecto cruel de su personalidad que muchos novelistas suprimen. Fue capaz de ejecutar a su propio hijo Abdallah, no privándose de observarlo con sus propios ojos en presencia de toda la corte, castigaba a eunucos y mujeres del harén con castigos muy crueles y bebía en exceso con demasiada frecuencia. Todos estos aspectos negativos son muy olvidados por lo general en la novela histórica.

Hixem II marca la decadencia del poder califal. Es retratado en la novela como débil, enfermizo, afeminado y, por supuesto, dominado por la figura histórica de su época: Almanzor. Es este último un caudillo tremendamente eficaz en sus cualidades militares, pero intransigente, ambicioso hasta la saciedad y cruel; se le atribuye la desintegración del califato al traer a mercenarios sólo fieles a su persona. Los novelistas se dividen entre los que lo retratan como un gran gobernante y los que lo hacen como un pernicioso cáncer para la comunidad musulmana. Magdalena Lasala o Francisco Javier Simonet son de los primeros, mientras que Luis Molina o Juan Kresdez son más partidarios de la segunda opción. No hay que negar que en el aspecto militar el califato arrolla los reinos cristianos, pero evidentemente se pierde el carácter cultivado y de centro cultural que la cultura musulmana había adquirido con los últimos Abderramanes y marca el inicio de la caída.

De los reyes de taifas que surgieron tras la desaparición del califato es Al-Mutamid de Sevilla quizá el rey más destacado en la novela histórica. Este rey supo reproducir el esplendor de los mejores tiempos del califato de Córdoba en la Sevilla de la época, llenando de poetas, ambiente cultivado y arte la capital andaluza. Como un buen rey y buen diplomático es retratado en las novelas sobre su reinado como, por ejemplo, hace Frank Baer.

Otros reyes de taifas aparecen muy relacionados con novelas sobre reyes cristianos o personajes como El Cid, puesto que es en esta época cuando más relaciones existen entre cristianos y musulmanes, tanto de vasallaje y pagos por protección, como de alianzas varias, no siempre en consonancia con la religión de cada cual. Novelistas como Felipe Romero, Warren Silver, José Manuel García Marín o Severino Gómez retratan magníficamente este ambiente de pseudotolerancia mutua.

La Granada nazarí es el último coletazo del dominio musulmán de la península. Antonio Gala retrata de forma muy acertada a los últimos reyes granadinos y luego numerosos novelistas tratan del rey Boabdil, último rey de Granada. Se le retrata generalmente como melancólico, débil y poco capaz, y no se dejan de citar las recriminaciones de su madre al abandonar Granada. Lawrence Vidal, Tania Kinkel o Magdalena Lasala inciden en este carácter del joven rey, para mí injusto históricamente. Boabdil, que era un rey sin salida posible, sin tropas y sin poder de cambiar su destino, se plantea como imposible otra solución al conflicto granadino sin una matanza musulmana de por medio.

Aquí termino un recorrido que empezó con los reyes de Asturias y León, continuó con los de Castilla, Aragón y Cataluña y termina con el dominio musulmán de la península.