EL REY QUE FUE EMPLAZADO

José Guadalajara

1410 - Jean Foissart - Alfonso_XI, of Leon and CastileHay enigmas históricos que arrastran realidades y otros que se hunden entre las brumas de las leyendas. El que voy a abordar en este artículo data del siglo XIV y se refiere a un rey que ha pasado a la Historia, en relación precisamente con este enigma, con el apodo de El Emplazado. Se trata de Fernando IV, nieto de Alfonso X el Sabio, hijo, por lo tanto, de Sancho IV y de María de Molina. Su reinado comenzó en el año 1295 y se prolongó hasta el 1312.

El punto de partida de esta historia arranca de una muerte. Son varias las crónicas que transmiten el hecho, aunque no todos los detalles. La más antigua de todas es la propia Crónica de Fernando IV, en donde se recoge que un tal Juan Alonso de Benavides murió a manos de dos caballeros cuyas identidades, sin embargo, no se desvelan. Esta crónica, compuesta en 1340, es muy poco posterior a los hechos acaecidos en 1312. El texto cronístico prosigue para referir enseguida el episodio que ha dado pie a la formación de la leyenda: la supuesta maldición proferida, poco antes de morir, por esos dos caballeros contra Fernando IV, a quien emplazan a comparecer ante Dios en el tiempo de un mes, ya que se han sentido injustamente acusados y sentenciados. De este modo, satisfacían su particular venganza contra el rey.

A nadie se le escapará que este hecho recuerda una más célebre maldición también pronunciada en trance desesperado: la maldición que el Gran Maestre del Temple, Jacques de Molay, lanzó, a punto de ser quemado en la hoguera, contra el rey francés Felipe IV. Sucedió dos años después de la de Fernando IV, es decir, en 1314:

Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.” “Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!… A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año…

Regresando a Castilla, nos enteramos gracias a un cronista del siglo XV, Diego Rodríguez de Almela, de los nombres de los caballeros cruelmente ajusticiados por orden de Fernando IV: Juan Alfonso de Carvajal y Pedro de Carvajal, pertenecientes a la orden de Calatrava y conocidos como los Carvajales. Así refiere la crónica la orden imperiosa del monarca:

El rey Don Fernando, usando de rigurosa justicia, fizo prender a ambos hermanos, y despeñar de la Peña de Martos.

Si bien las crónicas antiguas recogen el suceso, ¿puede tenerse por histórico tal como aparece relatado o ha sido objeto de una transformación?  La difusión del mismo, tras las crónicas -¡quién sabe si incluso antes!-, corrió sobre todo a cargo de los romances. Precisamente, la existencia de uno de estos romances (recogido mucho más tarde en el Cancionero sin año del impresor antuerpiense Martín Nuncio) ha dado pie para formular la hipótesis de que composiciones de este género se hubieran ya originado a principios del siglo XIV. Por otra parte, lo cierto es que en el romance citado –se desconoce cuándo pudo ser compuesto, aunque algunos han señalado su posible contemporaneidad con los hechos narrados- se recrea la extrema crueldad de Fernando IV contra los Carvajales, una crueldad, por otro lado, que no se registra en las crónicas. ¿Realidad o leyenda efectista?

Mándales cortar los pies,

mándales cortar las manos

y mándalos despeñar

de aquella peña de Martos…

lapeñaOtras versiones conservadas, incluso, se muestran aún más sanguinarias, como la que añade que “les sacasen sus ojos, los sus ojos entrambos”. Tanto la ejecución de los Carvajales, como su legendaria maldición fueron objeto del interés de literatos posteriores, como Lope de Vega, Tirso de Molina, Telesforo de Trueba, Bretón de los Herreros o Isabel Camps, ésta en un romance de 1862 que incluye un motivo que no se halla en los testimonios originales más antiguos y que ha pasado a formar parte de la leyenda: los Carvajales, antes de ser arrojados al precipicio de Martos, son introducidos en “jaulas de hierro espesas”. He comprobado cómo este detalle adorna también la leyenda en versiones más actuales sin que me conste su procedencia. Al menos, no se encuentra en las crónicas –tampoco en los romances, aunque su aparición no suponga necesariamente historicidad- por lo que su base real es dudosa y, tal vez, el producto de una elucubración.

Sin embargo, ¿no será acaso producto de otra elucubración la célebre maldición de los Carvajales sobre el rey Fernando IV? ¿Pudo ya el autor de la crónica de 1340 introducir este elemento profético y prodigioso veintiocho años después de haber muerto el rey simplemente como un motivo truculento que añadir a la historia? En este punto es necesario hacer constar que Fernando IV murió justo un mes después de la ejecución de los dos hermanos, un 7 de septiembre de 1312.

E estos caballeros, quando el rey los mandó matar, veyendo (viendo) que los matavan en tuerto (injustamente), dixeron que emplasavan al rey que paresciesse ante Dios con ellos a juicio sobre esta muerte que él les mandava dar con tuerto de aquel día en que ellos morían a treinta días.

Treinta días. ¿Efecto de la maldición? ¿Casualidad? Me inclino por esta segunda opción, aunque no descarte, en relación con esto último, dada la inmediata muerte del rey tras la desaparición dramática de los Carvajales, un intento de buscarle motivaciones propagandísticas a un hecho que pudo provocar entonces un hondo impacto. En este sentido, se hace imprescindible recordar ahora el mal carácter que se le atribuye a Fernando IV, explicado a veces como consecuencia de su enfermedad –hemoptisis-, y la cruel eliminación de muchos de sus enemigos políticos. ¿Tendría que ver esa maldición con este último supuesto?

Un enigma histórico. Uno más. Lo cierto es que el truculento relato de los Carvajales ha servido para que alguien, en un momento desconocido, comenzara a utilizar el apodo de El Emplazado con el que este rey es recordado en las páginas de la Historia.