APUNTES BREVES SOBRE ERRORES LINGÜÍSTICOS COTIDIANOS

Elena Garcimartín 

Me llaman poderosamente la atención algunos errores que se cometen en nuestra lengua.

Algunos vienen de antiguo, como es la confusión en el uso de los adjetivos“honrado” y “honesto”. Con muchísima frecuencia, por no decir casi siempre, estos términos se confunden. La razón debe de ser la implicación que tenían en el siglo XVII. La honestidad es algo que se le requiere a la mujer, nunca al hombre, si bien, por no tener una mujer honesta, aquél podía quedar deshonrado, y ya sabemos que el empleo de este último adjetivo no es, en este caso, antónimo de honrado. Un hombre puede ser de lo más honrado y quedar, sin embargo, deshonrado por su mujer. Según la Real Academia Española, la palabra “honesto” significa “decente”, “recatado” o “pudoroso”; ambos significados se utilizaban como sinónimos, por lo que al final se ha añadido la acepción de hombre recto a lo que significaba casto. A pesar de ello, entiendo que el término debería seguir teniendo matices.

Otra de las muchas confusiones curiosas que presenta nuestra lengua es el adjetivo “nimio”. Si se le preguntara a cualquiera, tal vez nos diría que significa “cosa de poca importancia”. Nada más lejos de su primitivo significado, ya que es todo lo contrario: “excesivo”, “abundante”, “exagerado”. Como casi todo tiene su explicación, podríamos suponer que, precisamente, al escasear lo magnífico y lo grandioso en este mundo, el hablante ha optado por asociar la rareza con la escasez, alterando así el sentido originario del adjetivo “nimio” al aplicarlo a estos casos. Un ejemplo sería la posible existencia de un diamante de dimensiones colosales: no es frecuente; por lo tanto, es “nimio”, en el sentido de “diamante excesivo o exagerado”, pero también, como consecuencia del posterior desplazamiento semántico, con la acepción de “diamante escaso”. Desde aquí llegamos al sentido de “nimio” como “insignificante”.

Aunque no deja de ser una paradoja, estamos acostumbrados a escuchar: “Eso no tiene importancia, es una nimiedad” o “se trata de algo nimio”. La Academia, no obstante, debido a la generalización de este uso, ha admitido también esta acepción de la palabra.

Mucho más coloquial y extendido es el empleo de los posesivos “mío, tuyo y suyo” asociados con referencias para señalar una localización. Cada vez oigo más este tipo de expresiones y confieso que me chirría bastante el oído: “van detrás suyo”, “vienen delante mío”, obviando así el correcto uso: “van detrás de él” y “vienen delante de mí”.

Por último, con la integración de la mujer en la vida laboral, muchas palabras que antes se presentaban en masculino, aparecen ahora con artículo femenino, como, por ejemplo, “la médico” y otras afines. Se siguen usando así y me suenan, cuando las oigo, a provincianas o decimonónicas, a pesar de estar admitidas y ser cada vez más comunes. Con esto tampoco quiero caer en tópicos de última hora y hacer risible el lenguaje, incurriendo en la exageración de los géneros.