EL CRÁNEO DEL PAPA LUNA

Sergio Guadalajara

Benedicto XIII de Avignon

Benedicto XIII de Avignon

Aún hoy en día, transcurridos más de seiscientos años de la muerte del Papa Luna, su cabeza no sigue dando más que problemas. Si bien antes, mientras vivía, esos problemas estaban relacionados con la Santa Sede y el Cisma de Occidente, actualmente tienen más que ver con la conservación y el paradero de la calavera pontificia, que no ha descansado tranquila hasta hace relativamente poco tiempo.

El Papa Luna o Benedicto XIII, cuyo nombre real es Pedro Martínez de Luna, fue uno de los principales implicados en el Cisma de Occidente de los siglos XIV y XV, que comenzó tras la muerte de Gregorio XI en el año 1378. Este Papa había trasladado la sede pontificia de Aviñón (Francia) a Roma poco antes de expirar. El Cónclave se reunió en Roma para decidir a su sucesor, pero no todos los cardenales estaban presentes, pues únicamente dieciséis de los veintiuno se encontraban allí para elegir al nuevo Papa. Los romanos, entretanto, presionaban para que el nuevo pontífice fuera italiano y así perpetuar la estancia de la santa Sede en Roma. La presión fue tal que se llegó incluso a irrumpir en la reunión para exigir esa elección. Finalmente, un cardenal italiano fue nombrado Papa con el nombre de Urbano VI.

Al poco tiempo, varios cardenales, entre los que se encontraban algunos de los que no estuvieron presentes, exigieron a Urbano VI que abdicara al haber sido elegido bajo presión. Se negó, por lo que los cardenales eligieron como nuevo papa a Clemente VII. En ese momento, la Iglesia y Europa estaban divididas en dos obediencias.

Cuando estos dos Papas murieron, fueron nombrados sus dos sucesores: Bonifacio IX sucedió a Urbano VI, y Clemente VII fue sucedido por el hombre que protagoniza este artículo, es decir, Benedicto XIII o el Papa Luna. A su vez, a la muerte de Bonifacio IX fue nombrado papa Inocencio VII, que duró poco en el papado y que fue relevado por Gregorio XII.

Aumentó la tensión y Francia, hasta ahora leal al Papa Luna en Aviñón, promovió junto a otras naciones que se convocara un concilio en el que solucionar la bicefalia papal. Ese concilio se reunió en Pisa y en él los dos Papas, Gregorio XII y Benedicto XIII, fueron suspendidos de su cargo y los veintitrés cardenales escogieron a un humanista y profesor de Oxford como nuevo Papa. Ese nuevo pontífice tomó el nombre de Alejandro V.

Esta nueva elección no sirvió para nada más que acrecentar la división, pues se pasó de dos Papas a tres. Además, muchos no reconocieron a Alejandro V, pues no consideraban al concilio con poderes suficientes para derribar a dos Papas y luego nombrar a otro. Sin embargo, Alejandro V murió y se designó a Juan XXIII, militar de dudosa reputación, como su sucesor. Ante esta nueva situación, el Emperador Segismundo convocó un nuevo concilio. Juan XXIII intentó huir, pero fue hecho prisionero y destituido. Finalmente, Gregorio XII abdicó. Por su parte, el Concilio nombró a Otón Colonna como Papa y recibió el nombre de Martín V.

Al Papa Luna, refugiado en Castilla, se le arrebataron todos sus poderes y se le consideró un hereje. Sin embargo, él mantuvo que era el auténtico Papa y trasladó la sede pontificia al castilllo de Peñíscola, en donde se mantuvo hasta que murió con noventa y cinco años de edad (de esta terquedad de Benedicto XIII procede la expresión española “mantenerse en sus trece”).

Una vez muerto el Papa Luna, se pudo dar por finalizado el Gran Cisma de Occidente, aunque hay quien establece su final con la abdicación de su “sucesor”, que había sido escogido en un pequeño cónclave, en 1429. Sus restos mortales fueron embalsamados y conservados durante siete años hasta 1430, año en el que fueron sacados de la capilla del castillo de Peñíscola y mostrados a la población. Algunas de sus pertenencias quedaron en diversas ciudades peninsulares (todavía no son españolas) en memoria a su persona, pues era un hombre muy querido por el pueblo.

Poco después, el cuerpo salió de Peñíscola escoltado por una gran comitiva de religiosos, caballeros y villanos (no en el sentido de persona descortés o ruin, sino de habitante de una ciudad o villa) hasta llegar a su lugar de nacimiento, Illueca (Zaragoza), donde se encuentra el palacio de la familia Luna. Allí, en una de las habitaciones, se colocaron los restos del Papa dentro de una urna de cristal y madera para que todo aquel que quisiera pudiera ver lo que quedaba del famoso Papa Luna. Durante los siguientes años, sus restos mortales serían venerados por las gentes del lugar, que lo consideraban un auténtico santo. Ya pasado un tiempo del establecimiento del cadáver papal en Illueca, un extranjero procedente de la península itálica, enterado de la veneración hacia este “hereje”, decidió darle fin destrozando la urna que contenía el cadáver del Papa Luna. Afortunadamente para él, consiguió huir de las iras del pueblo de Illueca.

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Illueca

El arzobispo de Zaragoza se enteró del atentado contra los restos del Papa Luna y decidió tapiar la sala en donde se encontraban para evitar futuros intentos de destrucción del querido pontífice. De este modo, la urna y el cadáver pudieron descansar tranquilos durante dos siglos, es decir, hasta el siglo XVIII, cuando estalló la Guerra de Sucesión Española entre Felipe de Anjou (francés) y el Archiduque Carlos (austríaco). En este contexto, parte de las tropas francesas que sostenían al pretendiente Borbón llegaron a Illueca y entraron en el palacio de los Luna, que habían apoyado a su enemigo el Archiduque Carlos. Ya en el interior, buscaron cosas de valor que pudieran saquear: destrozaron todo lo que encontraron y descubrieron la estancia tapiada en la que reposaban los restos de Benedicto XIII. Al no hallar nada útil que llevarse, se desquitaron destrozando el cuerpo del Papa Luna a culatazos, separaron el cráneo del tronco  y tiraron todo por una ventana.

Unos días más tarde, unos labriegos que trabajaban para los Luna encontraron la calavera del desdichado Papa y se la entregaron a la familia. El resto de los huesos se había perdido. Unos años después, la familia Luna emparentó con otra también noble, los Muñoz de Pamplona, y trasladaron la calavera al palacio que los Muñoz poseían en Saviñán por considerarlo más seguro.

Ahí permaneció hasta el año 2000, concretamente hasta el día 7 de abril, cuando fue robada del palacio de Saviñán por un supuesto coleccionista. El ladrón mandó, ya en julio, una curiosa carta al alcalde haciendo saber que era él el que tenía la calavera. La carta, con una impresionante ortografía, que ruego que disculpen, y con un negativo adjunto, es la siguiente:

“HOLA SIQUEREIS LA CABEZA DEL PAPA LUNA REBELAR LAS FOTOS Y LA BEREIS YA ME PONDRE EN CONTAZTO COM BOSOTROS”.

Quince días más tarde, Juan Antonio, que así se hacía llamar el “culto coleccionista”, envió una segunda carta al alcalde de Illueca explicando sus exigencias. Incluso, amenazando, y de nuevo, hace un alarde ortográfico:

“ESIJO UN MIYON DE PESETAS QUE USTED DEPOSITARA EN EL PARQUE QUE HAY AL DETRAS DEL CAMPO DEL CARMEN DONDE JUEGA EL EBRO AKI EN ZARAGOZA LE AVISO QUE NO YAME A LA POLICIA NI TAMPOCO A ANTENA 3 YA QUE ESTOS SE HAN BURLADO DE MI FORMA DE ESCRIBIR

LE AVISO SI VEO POLICIA EL CRANEO IRA AL RIO SI NO LE INTERESA YA TENGO UN POSIBLE COMPRADOR DE ANTIGUEDADES”.

Creo que el uso indebido de la ortografía en estos mensajes no se debe al nivel cultural del sustractor, sino más bien a un intento de despiste hacia la policía o los grafólogos que, previsiblemente, analizarían su mensaje, porque una persona inculta ¿no diría más bien cabeza o, como mucho, calavera, en vez de “cráneo”? Por tanto, el ladrón solo trataba de ser minusvalorado o hacerse pasar por un ingenuo al que podrían atrapar fácilmente.

Avignon

Avignon

La oferta de recuperar el cráneo a cambio de un millón de pesetas no prosperó, porque el ladrón no se presentó en el lugar acordado. Finalmente, la Guardia Civil lo recuperó en noviembre del año 2000. Los autores del robo fueron dos jóvenes de 19 y 23 años.

Un par de años más tarde se le realiza al cráneo la prueba del carbono 14 para determinar su autenticidad. Se demostró que era de la época en que vivió Benedicto XIII y que, por su constitución, perteneció a un varón de avanzada edad.