La llamada

José Guadalajara

Blueshade (CC BY-SA 2.5)Una tarde me dijo Maatkara Hatshepsut que por qué no cogía un jet y me acercaba a verla.

Es cierto que andaba yo entonces un poco lejos de las tierras del Nilo –allá por los confines de las antípodas, planificando una urbanización de viviendas unifamiliares–, pero su llamada acentuó en mí una antigua picazón histórica hacia la civilización egipcia que llevaba ya mucho tiempo padeciendo. Y no es que no me hubiera aliviado muchas veces este genuino prurito ancestral, pues, desde mis años de estudiante de Arquitectura en Nueva York, me devanaba los sesos con el estudio de la escritura jeroglífica y hacía lo posible por descifrar papiros e inscripciones. Sentía entonces un noble placer egipciaco sobre mi piel de aprendiz de erudito.

La voz de Hatshepsut me llegó aquella tarde de primavera con un retraso de casi mil cuatrocientos cincuenta y siete años antes de Cristo, que, sumados a los dos mil veintiuno transcurridos desde el día de su supuesto nacimiento en Belén, daban un monto aproximado de tres mil cuatrocientos setenta y ocho años desde que los embalsamadores de la reina-faraón habían mandado su ka y su ba a tomar viento fresco al Salón de Maat para que Anubis pesara su corazón en la balanza. Pero, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena, así que cogí presuroso un jet y me planté enseguida en Tebas.

Yo, como arquitecto, siempre me había interesado por las colosales estructuras piramidales de la meseta de Guiza y por los soberbios templos de Karnak y Luxor, aunque nunca me había dado por indagar en esta singular hija de Tutmosis I. Cierto que hubo antes otras mujeres faraones, como Merneith o Khentkaus I, pero ninguna con la fuerza de voluntad, inteligencia, capacidad de gobierno y maniobra para abrirse paso en un mundo de hombres. Ciñó la corona de las Dos Tierras durante casi veintidós años.

Me quedé fascinado cuando, arrodillado sobre las losas del salón real, la vi sentada enfrente de mí sobre un suntuoso trono de oro laminado que refulgía como cien estrellas. Me impresionó esa teatralidad suya de la postura y los gestos, y la mirada serena con la que, como una resucitada, me observaba desde lo alto. La luz cenital que penetraba por una abertura del techo le confería un majestuoso aspecto de diosa encarnada, porque, en realidad, era hija del dios Amón gracias al desvelo del sumo sacerdote Hapusened, al que había colmado de honores y riquezas. Lo mismo que a su arquitecto Sennenmut, que, al parecer, era algo más que su arquitecto.

Sin embargo, no parecía una mujer, sino un hombre, porque, aun siendo mujer, vestía –curiosa paradoja– como hombre, con barba postiza y los símbolos exclusivos del faraón: el ureo y el buitre, enmarcados por el nemes. Un faraón, como yo mismo sabía de sobra por mis estudios de la sociedad egipcia, solo podía ser un hombre. Pero Hatshepsut era una mujer: una pionera excepcional que reinó en Egipto como muchos cientos de años después lo haría Cleopatra.

–Me alegro mucho de verte, arquitecto –me dijo con familiaridad, recreándose sobre todo en la última palabra.

–Ha sido un largo y fatigoso vuelo, mi faraón. He tardado tres mil cuatrocientas setenta y ocho horas… perdón, quise decir años, en llegar, pero aquí me tienes a tu servicio.

Dudaba si tutearla o llamarla de usted o de vos, pero, como vi que me tenía querencia, opté por lo primero.

Maatkara Hatshepsut me sonrió. Y fue entonces cuando me contó para qué me había llamado.

Dos días después, tras haber sido colmado de atenciones y privilegios en su palacio, retorné a mis antípodas con una obsesiva idea clavada en el cerebro.

Consulté mil documentos, visité bibliotecas y me leí los libros y artículos de los más reputados egiptólogos sobre Hatshepsut y su tiempo.

Y di con la clave.

Dos años más tarde, sin ningún proyecto arquitectónico a la vista, me encontraba de nuevo en Tebas.

–¿Por qué? –me interpeló la momia de la reina-faraón desde su sarcófago, ubicado en un sepulcro en el Valle de los Reyes.

–¿Por qué? –repetí, a la vez que deslizaba la vista por el vendaje de lino que apretaba su cuerpo.

Había fallecido poco después de mi primera visita, abandonada de todos para que Tutmosis III –hijo de su esposo y hermanastro Tutmosis II con otra mujer– ocupara el trono de las Dos Tierras.

–Dime, arquitecto, ¿por qué me quisieron borrar de la Historia?

Sentí en el corazón el profundo latido del tiempo.

Después  incliné la cabeza sobre la vitrina que preserva su momia en el Museo Egipcio de El Cairo y la miré con admiración y ternura.

–Eras una mujer –le respondí–. Esa fue la clave.

–Sí, pero hija legítima del dios Amón –proclamó con orgullo, pues esto le permitía justificar su título de faraón como cualquier hombre.

De nada le sirvió, porque sus sucesores destrozaron sus estatuas, retiraron su nombre de los obeliscos y monumentos y la eliminaron de las listas reales.

Regresé a mi casa al otro lado del mundo.

Cuando llegué, Hatshepsut me estaba esperando con la puerta abierta y una sonrisa en los labios.