LOS GUSTOS EN LA NOVELA HISTÓRICA

José Guadalajara

novela historica ubedaEl mundo es diverso. La novela histórica también lo es.

Las estanterías de las librerías y de las secciones literarias de los grandes centros comerciales están repletas de novelas históricas. Es la moda. Bajo este rótulo se inscriben infinidad de especies y subespecies que responden a distintos criterios y variadas formas de abordar el binomio Historia-Ficción.

A nuestros ojos saltan desde las mesas o desde los montones y montañas que ascienden desde el suelo, como torres fantásticas o literas de letras, las cubiertas vociferantes con el nombre recrecido del autor –si es un grande- o el rótulo de la obra impreso a mayor tamaño –si es menos grande, aunque sea más grande que el otro.

Los títulos nos sorprenden o nos llaman a voces –a veces no dicen nada o pasan desapercibidos-, nos acercamos y ojeamos los reclamos, leemos a vuela pluma las solapas y las frases proverbiales -o quizá nos entretenemos y nos demoramos con deleite-, aspiramos el perfume volátil del papel, hacemos resbalar las hojas entre los dedos, letra demasiado pequeña o excesiva, muchas o pocas páginas, contenido sugerente u otra vez escribir sobre lo mismo… En su polvillo de hadas se nos pega el misterio, la clave, el enigma, el código, la ecuación, la magia… Sopesamos el valor del dinero y, según el fiel de la balanza o la impulsiva necesidad del libro, salimos con Egipto y con un faraón de la primera dinastía bajo el brazo, con un emperador de Roma grabado en la memoria o con un estandarte o gonfalón drapeando sobre una solitaria almena en Antioquía.

Pero no todos nos llevamos lo mismo. Unos buscan entretenimiento y ligereza, estilo ágil y contenido con enganche; otros abominan de los grandes titulares y de la vulgaridad de los enredos; éstos ponderan la fidelidad a la Historia; ésos elogian las situaciones inverosímiles; aquéllos se enamoran de las palabras y de la Filosofía.

¿Novela histórica? El hombre, desde siempre, ha sentido fascinación por el pasado. Homero recreó viejas guerras entre griegos micénicos y troyanos muchos siglos después de que el legendario Aquiles matara a Héctor tras dar primero tres vueltas alrededor de las murallas de Troya. Alguien, en el siglo XIII, rememoró en un cantar de gesta al héroe de Castilla que había muerto en el año 1099: era Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Walter Scott, desde el siglo XIX, elevó la altura de Ivanhoe y su amor a Lady Rowena en un relato que situó en el siglo XII, cuando Ricardo Corazón de León regresaba de las Cruzadas. Fray Guillermo de Baskerville se escapó de su laberíntica abadía un día lejano de 1327 para introducirse en la erudita imaginación de Umberto Eco, allá por 1979.

Nosotros mismos, cuando retornamos a los tiempos brumosos de nuestra vida, a esos años que nos dejaron su polvo y su pátina sobre la memoria, nos conmovemos y nos ponemos melancólicos o alegres tratando de reconstruir, para la añoranza o para el olvido, el hilo de nuestra existencia. Pero si caminamos aún más lejos, ya fuera de nosotros y de nuestros contornos, nos emocionamos al tocar el viejo sillar de una iglesia románica, al descender los peldaños de una oscura cripta, al deslizar la yema de los dedos por la superficie rugosa de un pergamino, al observar la antigua cama en donde durmió y soñó una reina, al imaginar las pupilas de Leonardo da Vinci sobre los mismos colores y formas que nosotros contemplamos ahora sobre el muro del museo.

castillo-de-saumurLa Historia está llena de huecos, de escondrijos, de palabras y miradas perdidas. El pasado nos hechiza y, a falta aún de la máquina de regresión en el Tiempo, tenemos la novela histórica. La Historia nos regala la información, los datos; la Literatura nos otorga el don de hacernos viajeros por otros mundos.

Quizá por eso nos seduce la novela histórica. Simplemente porque es novela y porque es historia. Al adentrarnos en sus páginas percibimos otra vida, descubrimos otra civilización, otras costumbres, otros ideales. También nos damos cuenta de que, al pulsar aquella tecla del pasado, suena a veces una música que nos produce sensaciones demasiado cercanas. Pero… no a todos complace la misma música; por eso, hay novelas históricas y novelistas históricos diferentes. Por eso hay lectores…

Novelistas que escriben de lo que saben o novelistas que buscan filones y vetas de mineral precioso bajo la tierra, con el estilo que gustan ellos mismos o el que les pide la audiencia o la editorial, novelas históricas distintas en las que la proporción entre la imaginación y la Historia delimita la dirección de la trama. Los gustos son laberintos donde la razón se pierde.

Desde Walter Scott la novela histórica ha caminado –permítaseme la metáfora- a través de bosques diferentes. En España, por ejemplo, a la novela histórico romántica del segundo tercio del siglo XIX, en la que el protagonista era el centro del relato, sucedió la novela histórica de aventuras, en donde la peripecia encontró un fecundo campo para desarrollarse.

Ahora (octubre de 2007) que la novela histórica atraviesa un bosque exuberante, el género se adentra también por variadas espesuras en donde la novela de “verdad histórica” convive con otras modalidades de diferentes hechuras y calidades a las que dedicaré una próxima entrega en esta sección. En nada se parecen, por ejemplo, en cuanto a su tratamiento del pasado y las dosis de ficción, El nombre de la rosa de Umberto Eco y Bomarzo de Mújica Laínez, ya antiguas novelas, pero siempre actuales; en nada coinciden Los pilares de la tierra de Ken Follet con Alexandros de Massimo Manfredi o El último judío de Noah Gordon y Q de Luther Blissett. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta rozar la confusión, pues sucede con frecuencia que, bajo capa de novela histórica, se presentan hoy en día novelas que solo tienen de histórico las ligeras pinceladas ambientales de la supuesta época en las que el autor desarrolla la trama.

Esto hace, unas veces, que la novela histórica se convierta en novela de aventuras o incluso que vaya más allá de la propia Historia al tratar el novelista de reinterpretar el pasado. Son las inversiones históricas o ucronías, en las que el escritor imagina y fabula, por ejemplo, cómo hubiera sido el mundo si, en vez de ganar la guerra los aliados, la hubieran ganado los alemanes.

La cocina del autor de novelas históricas es un habitáculo espacioso atestado de almireces, trébedes, sartenes, ollas, cacerolas, platos, cucharones y otros utensilios dispuestos para cocer, freír, asar, flambear, condimentar y sazonar los alimentos conservados en el frío blanco de la nevera, unos alimentos que cada chef prepara a su gusto, y según su profesionalidad, y que reposarán sobre los manteles de los salones palaciegos, de las fondas, de las tabernas o restaurantes a los que ávidos comensales habrán acudido para elegir y paladear lo que en los fogones otras manos dispusieron para ellos.