EL IDEAL DE BELLEZA: LA MUJER SOÑADA (II)

Julián Moral

rubens_las_tres_gracias_03En los albores de la Época Moderna, el gusto  y sensibilidad del Barroco resuelven el conflicto naturaleza-humanismo-espiritualidad por la vía de la ostentación que difumina y, en casos, desintegra estas sensibilidades. La eclosión de una rica burguesía y la riqueza y posición social marcan cánones y modelos¸ la belleza inherente a la mujer (digamos desnuda de adornos) da paso a una belleza con encantos accesorios. El adorno y el vestido –pletóricos de pompa- además de signos externos de posición social, son vehículos de la pasión y la sensualidad.

La belleza así, es, en buena medida,  asfixiada por lo externo y accesorio en un claro predominio de la apariencia, del continente imponiéndose sobre la pura belleza natural. Por ello las formas naturales tienden a recargarse como más deseables resaltando su rotundidad, en busca de una simbiosis perfecta y acabada entre la teatralidad del adorno y la lujuria de la curva. De cualquier forma y diferenciando los distintos momentos, Contrarreforma, Clásico, Barroco y Rococó, la nueva estética exalta la alegría de vivir a pesar de la Contrarreforma. La época expresa culto a una vida si cabe más optimista que la del Renacimiento; una sensibilidad abierta a los placeres en la que lo sensual supera de nuevo a lo espiritual a pesar de la Iglesia y el poder político. La “mujer soñada” se viste de oropel pero también de carnalidad y sensualidad, cambiando el código convencional anterior de la belleza en la literatura (La lozana andaluza, por ejemplo) y en el desnudo: Las tres gracias, Rubens (1638-1640) o la Venus del espejo, Velázquez (anterior a 1648), ésta de una belleza y rotundidad erótica difícil de igualar. Nuevamente la relación gestión-sensualidad-cultura estética establece variación en el canon de belleza femenina: la mujer madre de carne blonda, esponjosa, opulenta, sensual pasional…, en cuyo modelo se encierra un cierto equilibrio entre los tres factores.

La percepción de la belleza y del desnudo femenino exaltado por la Antigüedad Clásica son nuevamente retomados en el Neoclasicismo. Pero esta corriente, desde el punto de vista de las artes plásticas, no tuvo tan largo e intenso recorrido como otros movimientos, y así, por ejemplo, I.A.D. Ingres (1780-1867) en su cuadro La fuente nos ofrece ya un clasicismo cargado de melancolía que anuncia la corriente romántica, a la búsqueda, una vez más, del bello ideal de espiritualidad.

525fd9e4f2El Romanticismo bebe su inspiración en el apasionamiento y fantasía medievales y en la exaltación del ideal de libertad. En esa vivificación de lo pasional, la estética de la belleza-amor-mujer deviene muchas veces en delirio, en comunión con la naturaleza y de nuevo un fuerte impulso espiritualista lo envuelve todo con un regusto melancólico y nostálgico que sitúa el ideal de belleza femenina en modelos anteriores, pero con claros matices. Porque el hombre romántico gusta y busca un ideal de mujer abierta a todas las emociones puras y nobles, pero a la vez pasional en el goce compartido; en armonía sus dotes físicas y morales con las intelectuales. Las cualidades intelectuales se incorporan ya con fuerza en algunos modelos; pero en esa dependencia del pasado, en esa vuelta a la idealización y espiritualización  de la mujer sobre modelos ya superados está el germen de esa angustia  espiritual, casi patógena, tan característica del Romanticismo: doliente actitud, tierna melancolía.

Sensibles, apasionadas, de una palidez mística y con un dulce desasosiego en el alma, es la imagen literaria de la “mujer soñada” más repetida, junto con una concepción del cuerpo y las formas que se aleja de las rotundidades barrocas pero más cerca de ellas que de la preponderancia de la línea recta neoclásica. A la moderación y el equilibrio espiritual neoclásicos, el Romanticismo opone la agitación del alma, la identificación una vez más con la naturaleza y el paisaje. La “mujer soñada” de rosada epidermis, de ojos claros y dulces se difumina en la sensibilidad romántica como un “rayo de luz”: “Allá muy  lejos, como luz del cielo,/ una hermosa ilusión encantadora/ soñando vislumbré”. Sensualidad y espiritualidad se complementan y anulan mutuamente en el dulce e inquietante desasosiego de la sensibilidad romántica.

El periodo realista-naturalista impone en la expresión plástica y literaria el tema social: la revolución industrial, las reformas y crisis sociales y políticas operan un cambio en la sensibilidad de los creadores de la representación artística. En la representación pictórica y escultórica del eterno femenino, siempre se ofrece el encanto de la forma bella, la atracción irresistible de lo sensual, por ejemplo en Rodin y en Gustave Courbet.  La imagen literaria nos habla de una mujer carnal y sexual, sujeta a las pasiones y dispuesta a ofrecerse como víctima propiciatoria en el altar de los Eros: Madame Bobary, Ana Karenina, La Regenta…

Si el Realismo y el Naturalismo pone el acento en la existencia, el Modernismo y sobre todo la corriente Impresionista se basa más en la apariencia, la impresión, en la búsqueda de la sensación intensa y refinada, en la plasmación del momento y la emoción. En el Modernismo –con su clara vocación de renovación estética en toda la multiplicidad, variedad y complejidad de corrientes: simbolistas, prerrafaelistas, decadentistas, impresionistas…- se inicia la “larga marcha” de la independencia de la mujer en todos los terrenos.

La belleza en general, y la de la mujer en particular, se sitúa fuera de la moral en una búsqueda y exaltación de la sensualidad del yo, del placer y del cuerpo. En 1896, Rubén Darío afirmaba que “los cánones del arte moderno no nos señalan más derroteros que el amor absoluto a la belleza”. Pío Baroja en 1899 también nos habla de la nueva sensibilidad en la revista Vida literaria: “El arte actualmente camina más que nunca a la inconsciencia, a la sensualidad”. En esta etapa encontramos una gran variedad de modelos femeninos; hay tantos como tendencias, y algunos estereotipos, como la figura de la mujer representada en un trasfondo ideal, vestida de blanco con muselinas vaporosas, fue una coincidencia plástica en pintores como Sorolla, Monet, Casas y Ruiseñol y en poetas como Verlaine, Mallarmé o Juan Ramón Jiménez…

auguste-renoir-grandes-bac3b1istas-museos-y-pinturas-juan-carlos-boveriPero esta imagen que parece que entra en contradicción con la mujer libre, independiente, sujeto de emociones y pasiones, era ya un último intento de proyectar un modelo de mujer incorpórea, mística y virginal que se contraponía con la nueva mujer que ya anunciaba la igualdad de sexos y su imparable proyección social, acentuando así la contradicción de la mujer idealizada durante siglos como engendradora  de vida y sujeto de sentimientos y emociones, pero ahora ya también, como sujeto y objeto de sensualidad.

En el tratamiento de la belleza femenina, impresionistas, postimpresionistas y neo-impresionistas, apelan a una representación de lo cotidiano, a la rotundidad del desnudo y la insinuación erótica sin el artificio mitológico o religioso, por ejemplo: Las bañistas de Filadelfia, Pierre-Auguste Renoir (1888), Las odaliscas de Matisse (1921-23); o apelando a la alegría de vivir en los ambientes y evocaciones de la Belle epoque de Toulouse-Lautrec. Pero Gustav Klint y Egon Schiele son, quizá, quienes mejor definen el triunfo de la sensualidad-sexualidad en la concepción del canon de belleza  que desde el Modernismo y Postmodernismo desplazan el eje del modelo soñado hacia el erotismo. En ellos se condensa la crudeza de la representación de la sexualidad, el alto contenido erótico, la omnipresencia del eterno femenino. A partir de los impresionistas nos encontramos con la imagen de la mujer sexualmente liberada; en la concepción de la “mujer soñada” el erotismo y la sexualidad desplazan (¿definitivamente?) a la espiritualidad-idealidad de modelos anteriores.

La ruptura de los cánones y formas tradicionales es una constante de la vida contemporánea y por ello en la producción artístico-literaria de los siglos XX y XXI todo se ha intentado, todo se ha probado, todo está en continua renovación y movimiento. La belleza también es un poco la lección del momento y, en el caso del eterno femenino, nos encontramos ya con un fenómeno determinante en la conformación del modelo. La aparición del cine, la televisión y las tecnologías digitales no cabe duda que revolucionan y desplazan la relevancia de las formas de expresión estética, digamos, tradicionales. En el siglo XX y en la actualidad, el canon de belleza femenino penetra en nuestra sensibilidad, principalmente, a través de la imagen de las pantallas: cine, televisión y ordenador. Un modelo muchas veces estereotipado (Marilyn, Noemi Campbell y tantas diosas de la pasarela) pero siempre encarnando un ideal de belleza de estilo estudiado que trata de activar las infinitas posibilidades y complejidades del deseo físico.

Tips-para-lucir-más-hermosaPor otro lado, asistimos a un absoluto dominio de las técnicas de control de la natalidad y a una determinante disociación entre procreación y sexo (al menos en el llamado primer mundo). Por ello, el concepto de belleza aplicado a lo erótico, que vemos que varía constantemente a lo largo de la historia, toma su mayor relevancia en la actualidad,  donde predomina la somática carnal sobre la psiquis, digamos, espiritual.  La idea de que el sexo mueve el mundo activa su búsqueda como uno de los valores más deseados, como objeto de consumo con resultados muchas veces vulgarizadores de la relación carnal. Esa constante búsqueda del placer y activismo sexual rompe normas (sexo como provocación: “follamos más y follamos mejor” es un slogan del orgullo Queer) y en buena medida produce una cierta falta de identidad sexual y multiplicidad de modelos soñados. No obstante y en este contexto, el eterno femenino tiene su mayor predicación en un modelo en que la esencia de la feminidad tiene su plasmación en una inquietante androginia: flacas, descarnadas, caderas estrechas, piernas y brazos con un cierto aire atlético…,  pero siempre con un claro incentivo de sexualidad-sensualidad.

Contra el éxtasis de la espiritualidad el éxtasis de la voluptuosidad. “Brindo por ti: diosa de corazones,/ brindo a la luminaria de tus ojos,/ brindo por la aureola de tus pezones,/ brindo a tu flor secreta labios rojos”.