HACIA CANTABRIA

Luis Moratilla

En esta ocasión os voy a contar un viaje que pudo no existir, que los medios de comunicación, con sus falsas verdades, hicieron, sin querer queriendo, todo lo posible por impedir.

Y es que el viaje lo programamos para el Puente de Todos los Santos de hace ahora poco más de un año. Era, y fue, un viaje a Cantabria, a la comarca de Campoo, zona próxima a Reinosa.

Ese año, la ola de frío polar se adelantó, y con ella llegaron nevadas, no escasas, pero sí poco importantes, sólo localizadas en zonas altas de nuestra geografía. Pero la televisión, con sus programas de tarde, falsos telediarios que tan sólo son crónicas de sucesos, se encargó de exagerarlo todo: autopistas cortadas, pueblos incomunicados, hielo en las carreteras, riesgo de graves accidentes…

Éramos 10 personas las que íbamos a realizar el viaje, pero, poco a poco, casi todos se fueron dando de baja con argumentos de lo más variopinto: un coche que no aguantaba el frío, un resfriado inoportuno, una visita imprevista al médico…

Afortunadamente, mi querido Juan, ese gran cinéfilo que ya conocéis, fue valiente y dijo que él se iba, y con él nos fuimos mi hijo y yo. Sólo tres personas íbamos a convivir en una casa grande, amplia, con cuatro habitaciones, y que ya habíamos reservado y medio pagado hacía varias semanas.

Y es que es muy fácil dejarnos engañar por la televisión cuando nos presentan imágenes suficientemente espectaculares. De nada sirvió que el telediario anunciara mejoría para el fin de semana, que afirmara que sólo estaban cortados puertos de montaña que en ningún momento habíamos previsto visitar, que el propietario de la casa asegurase que se podía llegar hasta en triciclo. La mentira suele tener más poder que la verdad y el miedo nos impide distinguir programas de espectáculos, informativos o de sucesos.

Nuestro destino era Suano, como os decía, pueblo muy próximo a Reinosa, sólo una larga recta de 10 km. separa ambos municipios. Suano apenas llega a los cien habitantes, tiene iglesia parroquial, varias fuentes y una espléndida casa rural.

La casa, llamada La Cova, cuenta con cocina,  cuatro dormitorios y dos baños, así como un amplio salón donde echamos de menos las tertulias que amenizaron viajes pasados. También cuenta con un amplio jardín exterior con barbacoa y bancos de madera, que apenas pisamos por el frío de esos días, y un propietario muy amable que, además de aconsejarnos rutas y lugares, nos regaló un buen libro de los que muestran en detalle todo lo que hay que ver en los alrededores. Los datos de esta casa, en la que os aconsejo alojaros son: www.casarurallacova.com y los teléfonos: 942752897, 630490578, 639418657.

La mañana del primer día la dedicamos a recorrer uno de los hayedos próximos a Suano. Aunque se puede llegar andando desde la casa, nos acercamos a su base en el coqueto 4×4 de Juan. Desde allí iniciamos la ruta, pequeñas manchas de nieve y un camino apenas visible por estar alfombrado de hojas entre el rojo y el cobre y que nos adentraba en un espeso bosque. Según ascendíamos, sólo acompañados por el sonido de nuestras pisadas, las manchas de nieve, esas que la televisión decía que cubrían toda España, se hacían más numerosas. Era un bosque joven, pero con algunos ejemplares voluminosos de robles y hayas que ni juntando nuestros brazos podíamos abarcar. En sus límites, cuando ya estábamos a una altitud próxima a los 1.400 metros, encontramos esa nieve tan anunciada que ahora sí nos impedía seguir avanzando, nuestros pies se hundían en ella sin saber lo que pisábamos. A lo lejos, un solitario caballo nos contemplaba con curiosidad, seguro de que seríamos incapaces de llegar a sus dominios.

Volvía a nevar, por lo que decidimos regresar al pueblo. Tocaba nutrirse, aunque Juan ya nos había buscado un lugar, en la cercana Matamorosa, donde comimos bien y barato (es un pequeño bar restaurante en la calle Real) y donde conocimos a Kael, una curiosa persona, solitaria, pero muy querida en el pueblo, experto micólogo y artesano de primorosas escobas de esparto, una de las cuales recibió Juan como obsequio de este nuevo amigo.

Tras la comida, no había tiempo para siestas, así que dirigimos nuestros pasos hacia Villacantid y su iglesia de Santa María la Mayor, pequeña iglesia románica de una sola nave construida a finales del siglo XII. Dos enormes pero mansos perros acompañaron nuestra inspección externa a la iglesia. El húmedo césped del exterior atravesó mis, en teoría, impermeables botas, con lo que una desagradable sensación de humedad y frío recorrió mi cuerpo. Sugerí marcharnos, ya que no podíamos visitar su interior.

La siguiente visita era el Castillo de Argueso. Construido entre los siglos XII y XIV, fue emblema y fortaleza del señorío de los Mendoza en la zona. Está formado por dos torreones unidos por un cuerpo central y protegido por una muralla. En su interior pudimos guarecernos del frío y también admirar los trabajos en madera que estaban ejecutando para su restauración un grupo de artesanos locales. Nos acordamos de nuestra amiga Charo, que conoce cuando un trabajo de ebanistería tiene calidad, ya que desde muy joven admiró las tallas de su padre y que habría disfrutado enormemente con estos trabajos, pero como antes comentaba, a ella fue un inoportuno resfriado lo que la impidió viajar.

Volvimos a la carretera, que se internaba en Campoo. Yo quería conocer Mazandrero, y es que cuando comencé a preparar este viaje, había leído que, junto a este pueblo, se encuentran grandes y apenas explorados bosques de robles, hayas y abedules que la nieve caída iba a impedir visitar. En el pueblo nos comentaron que sin nieve tampoco podríamos habernos aventurado por allí, ya que una de las osas que por allí habitan había parido oseznos, y su sentido protector hacia muy peligroso aventurarse por aquellos bosques.

Tras un pequeño paseo por el pueblo, volvimos hacia Reinosa, un lugar que me trae muchos recuerdos, recuerdos de mi juventud, cuando en mi primera escapada al norte con un amigo, pero sin un duro, pasamos la primera noche durmiendo en mi coche, con un frío que calaba huesos y entrañas pese a ser mediados de julio, y recuerdos más maduros de un viaje al cercano valle de Saja, donde, a la vuelta, mi coche, otro coche, dijo basta, y tuvo que ser reparado de urgencia en un taller de la localidad.

Pero Reinosa es un gran pueblo, es decir, mucho más que un pueblo grande, con lugares de interés y grandes mansiones edificadas entre los siglos XVIII y XIX, como el edificio de “La Casona” o la casa de los Cossío, con recia fachada y escudo nobiliario.

Sobresalen también la iglesia de San Sebastián (una de las mejores muestras de arquitectura barroca, siglos XVI- XVIII, en Campoo y uno de las iglesias más notables de Cantabria) así como el convento de San Francisco (es el edificio más antiguo de Reinosa, comenzado en 1518 y reformado a finales del siglo XVI).

Pero mi recorrido favorito se inicia paseando bajo los soportales de la calle Mayor hasta la Plaza de España, amplia plaza donde se sitúa el Ayuntamiento, y adosados al mismo, ocupando el ángulo noroeste de la plaza, los torreones de Navamuel y Manrique, edificaciones del siglo XVI, de tres y cuatro alturas.

Nuestro primer día acabó aquí, y es que faltaban nuestros compañeros de tertulia y nuestras parejas de alcoba, por lo que, tras una rápida visita a un comercio cercano para procurarnos los víveres con los que despedir el día e iniciar el siguiente, retornamos a la casa, al calor de la lumbre y la monotonía del televisor, mientras repasábamos nuestras notas y planeábamos las excursiones que os contaré en mi próxima crónica… y que os aseguro ninguna nieve impidió…