TIERRAS SORIANAS

Luis Moratilla

En esta segunda crónica sobre Soria toca volver al presente o, mejor dicho, a un pasado más cercano y, por lo tanto, mejor recordado. Nuestro segundo viaje a Soria se realizó el pasado mes de mayo, y lo organizó una amiga, soriana de nacimiento y querencia, y que deseaba que conociéramos sus tierras. Mi mujer y yo, ávidos por recorrerlas, decidimos salir un día antes para dedicarlo a visitar lo que el camino hasta la capital nos presentara.

El viaje, como siempre, se inició en Madrid; desde aquí a Medinaceli sin novedad y también sin parada. Tampoco en Medinaceli, ya que, como mis lectores sabéis por haber leído la correspondiente crónica, lo visitamos hace no mucho tiempo.

Poco después de pasar Medinaceli, en la salida 154, abandonamos la nacional II y tomamos un desvío que nos coloca en la antigua nacional, atravesando el valle del Jalón por un estrecho desfiladero, encajonados entre farallones de roca, con apenas espacio para el río, la carretera y el ferrocarril, pero que es digno de admirar y donde es posible que avistemos, con el ojo que, en lugar de mirar a la carretera, admira el paisaje, algún buitre en su majestuoso vuelo a la búsqueda de comida.

La primera parada, Somaén, precioso pueblo, venido a más, y es que, aunque no tiene censados más de 100 habitantes, cuenta con una de las posadas rurales posiblemente más caras de España. No os la puedo aconsejar, ya que no nos alojamos en ella, pero sí afirmar que exteriormente su aspecto es fantástico, por vistas, por cuidados y por alrededores, pudiendo alojarte tanto en la propia posada como en el castillo anexo. Sus datos son: www.posadasantaquiteria.com. Tfno 975 32 03 93 y tarifas no inferiores a los 180 euros hab./noche, aunque con algún descuento según ciertas condiciones de la reserva.

Y es que Somaén es un pueblo pequeño, coqueto, custodiado por los roquedales que cierran el desfiladero del río Jalón, y donde es un placer pasear por sus calles estrechas, entre sus casas rojizas, en madera, ladrillo de tejar y piedra,  por cuestas empinadas, todo perfectamente rehabilitado.

Nuestro paseo, tranquilo y sin prisas, solo alterado por el tren que cruza el pueblo sin que se lo vea, escondido en el interior de un túnel del que sale unos cientos de metros más adelante, duró una mañana entera. Y sólo terminó porque había que comer y aún no habíamos decidido dónde y porque queríamos visitar otro pueblo, aún más pequeño y más perdido, tanto en el espacio como en el tiempo.

Como ya sabéis que soy previsor (y si no, ahora os lo digo), en mis notas tenía apuntado un mesón, de nombre San Bernardo y situado en Santa María de Huerta, llamé, reservé y dirigimos el coche hacia Chaorna, a 18 km. de Somaén y donde aún no ha llegado, para unos afortunadamente, para otros no tanto, la fiebre rehabilitadora.

Chaorna tiene sólo 22 habitantes, está situado a la entrada de una hoz de tierras calizas y en sus casas, muchas de ellas abandonadas, abunda la piedra y la teja. Está tan rodeado de sabinas que dicen que allí se encuentra el mayor sabinar de España. Sus callejas también son estrechas y empinadas y su pequeña iglesia, toda piedra, cuenta con espadaña, reloj y soportal. Destaca junto a ella el torreón, residuo de una fortaleza que perteneció a los Duques de Medinaceli.

A mi mujer le impresionó tanto este paisaje de piedra, tristeza y abandono, que quería volver al coche y dejar el pueblo cuanto antes, parecía que los fantasmas de sus antiguos habitantes nos vigilaban desde sus casas derruidas (influida sin duda por Iker Jiménez y su Cuarto milenio). Las nubes oscuras amenazaban lluvia y pena. Yo me negaba; lo que para ella era abandono, para mí era historia. El pueblo mostraba como el tiempo y el llamado progreso cambian nuestro entorno rural, y eso era lo bonito, lo auténtico. Conseguí convencerla para que me siguiera, pero, cuando al final del pueblo, junto a su curiosa fuente, una serpiente -que para algunos (ella) medía más de tres metros y para otros (yo) apenas pasaba de uno- cerró nuestro paso, retrocedió a la carrera hacia el coche, donde me esperó hasta que terminé tranquilamente mi paseo.

Cuando estábamos a punto de irnos, vimos a una aldeana de no menos de 70 años, cargando el peso de maderas y agua, y con ella entablamos una amigable conversación. Nos contó el pasado y el presente del pueblo, nos habló de la marcha de sus hijos y nietos, de la gente de ciudad que les visita en verano y que hasta ha comprado casas, y también nos contó que tienen miedo, no a los fantasmas, sino a los ladrones, que hasta allí han viajado para robarles, no joyas ni dineros, sino tesoros y recuerdos, sus aperos de labranza: trillos, horcas, rastrillos, alambiques o fuelles, todo aquello que los habitantes de ciudad compramos en un vano intento de buscar nuestras raíces mientras por debajo de nuestra ventana pasan autobuses, coches o camiones.

Ladrones de sueños, de tradiciones y costumbres, y que han obligado a estas personas, a nuestra querida y simpática abuela, a dormir con puertas y ventanas cerradas, con un ojo abierto y el miedo en el cuerpo, como si fueran cobardes habitantes de ciudad.

Sobra deciros que mi mujer cambió su opinión sobre el pueblo tras este encuentro, la sencillez de esta mujer era también la sencillez de un pueblo, triste sólo en la primera impresión.

El siguiente alto era la comida, y se realizó en el mesón San Bernardo 608820597,  situado en Santa María de Huerta, junto a las vías del tren y a escasa distancia del monasterio, lugar que visitaríamos a continuación. El mesón es coqueto, pequeño, pero suficiente, con madera en su techo; no comimos mal y la relación calidad precio es aceptable (en torno a 30 euros por persona).

Y ahora, hablemos del monasterio cisterciense, que presenta dos etapas constructivas: siglos XII y XIII  y siglos XVI y XVII. De su primera etapa destaca el claustro gótico, más atractivo que el herreriano de la segunda etapa. La iglesia conserva pinturas del siglo XVI y un retablo barroco del XVIII.

Pero lo que más me impresionó, además del rosetón que preside su fachada, fueron sus refectorios (comedores): el de los monjes, cuya construcción se inició en 1215, presenta una interesante bóveda, con unas dimensiones significativas  y en el que, empotrado en uno de sus lados, se encuentra un púlpito con escalera; y el de los conversos, más pequeño, es el lugar más antiguo del monasterio, siglo XI, presenta ventanas abocinadas y capiteles en su sus columnas centrales. Entre ambos, una cocina gótica, con una gran chimenea central y ocho tramos de bóveda de crucería.

Terminada la visita, marchamos hacia Monteagudo de las Vicarias, lugar donde habíamos reservado una habitación en la casa rural Las Vicarias, situada en la plaza mayor, frente al castillo y junto a la iglesia. Cuenta con amplias habitaciones, pero cometí el error de solicitar la más bonita según las imágenes de Internet, pero sin vistas a la plaza, por lo que la ventana solo nos mostraba un pequeño callejón si ningún atractivo. Así que os aviso: si reserváis, pedid una de las habitaciones que miran a la plaza.

La casa es muy acogedora, cuenta con 5 habitaciones, cada habitación con su baño. Su página es www.lasvicarias.com y su teléfono 695408653, y el precio, 500 euros fin de semana la casa completa o, si no es el caso, 50 euros habitación y noche, y aunque los comentarios de la gente, si visitamos nuestra página favorita: www.toprural.com, son muy positivos, nosotros nos sentimos un poquito abandonados, pues los propietarios no ofrecían, pese a indicar lo contrario en su página, la posibilidad de servirnos cenas. Tampoco fue posible alimentarnos en el bar del pueblo, por lo que tuvimos que volver a la carretera nacional, distante unos 8 km., a un hotel restaurante construido junto a ella donde comimos a precio y calidad de menú del día y donde pudimos también contemplar el segundo título que, a costa del At. Bilbao, conseguía el Barcelona en este su año de gloria. Eso sí, al día siguiente muy temprano, la dueña se acercó para que al levantarnos tuviéramos ya preparado un apetecible desayuno. La casa la recomiendo principalmente si se ocupa completa, ya que el salón es muy amplio, lo que permite celebrar reuniones de amigos al calor de la chimenea.

Para nuestra desgracia, ni el castillo-palacio de la Recompensa (datado en los siglos XV-XVI y de estilo gótico-renacentista) ni la iglesia de Nuestra Señora de la Muela (gótica y que consta de una única nave con tres tramos rectangulares y una capilla mayor con un pequeño ábside) eran visitables en esas fechas, por lo que sólo pudimos contemplar su fachada externa. Paseamos por el pueblo, rodeando el recinto medieval amurallado que lo protege y muestra  una amplia panorámica de la vega que rodea el pueblo. Atravesamos la puerta de la villa y callejeamos por sus calles y plazoletas, en la tranquilidad del visitante sin prisas. También, ya a la mañana siguiente, pudimos acercarnos a la cercana parroquia de Nuestra Señora de la Muela, a escasos kilómetros de Monteagudo, gótica del siglo XV y que en su interior, que tampoco pudimos ver, presenta un excelente retablo mayor, y desde donde se contemplan unas maravillosas vistas del pueblo y su muralla.

Abandonado Monteagudo, el viaje prosiguió rumbo a la capital, no sin antes parar en Morón y Almazán, pero eso lo dejamos para nuestra próxima crónica, que espero escribir acompañado por el frescor del cercano otoño y no por el calor que en este mes de julio, y pese a la hora crepuscular a la que estoy terminado estas letras, invade todos los rincones de mi cuarto, de mi casa y de mi ciudad.