LA PAPISA JUANA

Julián Moral

La leyenda de la papisa Juana surge en los siglos XII y XIII y crece y se extingue en función de los debates que genera a través de los avatares históricos en los que se ve involucrada la Iglesia y la doctrina católica: luchas de las Investiduras, Gran Cisma, Reforma Luterana, etc. La primera referencia documental de la leyenda aparece en la Crónica Universal de Juan de Mailly, escrita en un convento de Metz hacia 1250. A partir de Mailly (seguimos a Alain Boreau, La papisa Juana. La mujer que fue papa; Edaf, Madrid 1989) la historia de Juana pasa a variedad de textos sin que se cuestione su veracidad por la Iglesia hasta el siglo XV. Así pues, del rumor se pasa a los textos, pero, como señala Boreau, sin verificación de fuentes. Posteriormente, Esteban de Borbón, Martín el Polaco, Jacobo de Voragine… continúan enriqueciendo la leyenda.

“Una mujer ilustrada y sabia en el arte de redactar se vistió con ropas masculinas y se hizo pasar por hombre; vino a Roma; se recibió bien su cultura y su energía; fue nombrada notaria de la curia y luego, por mediación del diablo, cardenal y después papa”. Esto dice Esteban de Borbón hacia 1260 en un Tratado de ejemplos doctrinales y morales que, en lo referente a la papisa (sigo a A. Boreau), bebía en las fuentes del mentado J. de Mailly de la Orden de los Predicadores.

El dominico Martín el Polaco en su Crónica de los papas y emperadores, de la que hay conservados varios centenares de manuscritos, no incluye la historia de Juana hasta la tercera y última edición (hacia 1277) y dice: “Después de este León (= León IV), Juan, inglés de nacionalidad y oriundo de Maguncia, ocupó la sede durante dos años, siete meses y cuatro días (…) Según cuentan fue una mujer (…) No ha quedado inscrito en el catálogo de los santos pontífices dada la inconformidad que el sexo femenino implica en este asunto”. Ahora bien, conviene señalar ya de principio, como lo hace A. Boreau, que “no podemos saber de dónde saca Martín estas precisiones”, (nombre, fechas, lugares, etc.) “indispensables para que la vida de Juana perdure en el ámbito de lo imaginario”.

Desde Martín el Polaco, el supuesto pasado de Juana se data en el año 855 (entre León IV y Benito III) y su texto alcanza gran difusión entre 1280–1500 en diferentes recopilaciones y autores. Tolomeo de Lucca, discípulo de Tomás de Aquino, en su Historia Eclesiástica (sobre 1312) le da a la papisa el título de Juan VIII atribuyéndole el lugar 107 en la línea de sucesión papal. En La Historia de los papas de Platina (1472) aparece, en cambio, como Juan VII. Pero ya en 1361 y de la pluma de Boccaccio: Mujeres deslumbrantes, la papisa Juana comenzaba a salir del ámbito de las crónicas y la preocupación eclesial y se instalaba en la literatura: “Juana la inglesa, papa. Juan hombre por su nombre, fue, sin embargo, mujer por su sexo”; (tomada de A. Boreau). A partir de este momento, infinidad de textos y autores (Lutero, Stendhal, E. Royidis, Bertolt Brecht) recrean la leyenda adaptando sus intencionados discursos a la religiosidad o irreligiosidad, moralidad o inmoralidad, modas y estilos literarios de cada momento. Se podría decir que las primeras creaciones sobre la papisa representan un intento de acercamiento al conocimiento histórico; las papisas literarias comportan ya un entramado cultural al servicio de intereses ideológico-religiosos, burlesco-propagandísticos, anticlericales y también, como no, estéticos.

Las diferentes crónicas y recreaciones literarias señalan variaciones de nombre, lugar de nacimiento, filiación paterno-materna, etc., pero todas coinciden en la gran capacidad intelectual de Juana, su disfraz de hombre, su corazón apasionado, su ascenso al papado, su preñez y su trágico final después de alumbrar en la procesión de las Rogativas en un punto de Roma entre el Coliseo y la Iglesia de San Clemente. También se da coincidencia en señalar el cambio de recorrido posterior en la procesión de la fiesta de la coronación de los nuevos papas, a fin de evitar el lugar del alumbramiento, amén del ritual de comprobación de la virilidad del elegido.

Platina en 1472 relata la vida de la papisa en la crónica encargada por Sixto IV, pero se exculpa de que su exposición de los hechos y los datos que los garanticen “sean inciertos y oscuros” y continúa afirmando estar “expuesto a equivocarme con el vulgo acerca de este asunto”.

“¿Pero existió realmente este papado?” ―se pregunta A. Boreau en la obra que nos sirve de guía y referencia, contestándose taxativo: “Desde luego que no”. Para Boreau se puede decir que no existe una mínima coherencia documental que acredite una ligera consistencia histórica. No obstante, sugiere una triple vía configuradora de la leyenda: I) las parodias carnavalescas romanas de los siglos XII–XIII; II) el debate dominico-franciscano sobre el verdadero-falso papado (1260–1280), y III) la transposición de la leyenda al terreno de la herejía cuyo núcleo es lo femenino (1250– 1300).

I) Las parodias carnavalescas podrían ser, en opinión de A. Boreau, un festejo de inversión de papeles, una suerte de liturgia paralela en la que el papa se transformaba en papisa. La parodia nos aproxima a un escenario de burla y relajación moral entroncado con los antiguos ritos festivos paganos. No olvidemos el fuerte influjo que para el sincretismo religioso cristiano tenían las festividades paganas que se reflejaba en el dualismo y pervivencia de las fechas y celebraciones.

II) El debate sobre verdadero-falso papado de finales del siglo XIII utiliza a la figura de la papisa como soporte argumental y arma arrojadiza (posteriormente lo harán los luteranos) entre los pobres espirituales franciscanos y los acomodados y conservadores dominicos.

III) Finalmente, la construcción de la herejía en la que el eje principal es la condición femenina de la papisa de leyenda y la papisa hereje (a finales del siglo XIII se dio el hecho de la papisa milanesa Manfreda, proclamada por la mística Guillerma de Bohemia, condenada a la hoguera por la Inquisición) nos aproxima ya a un escenario en el que se plantea la aspiración de la mujer por ejercer un papel principal o relevante en el mundo cristiano y su liturgia, que supondría una inversión del orden masculino en femenino. Señala también A. Boreau que la leyenda de la papisa es esencialmente de origen germánico y que la intensa producción literaria de origen antipapal que se produjo en el reinado de Federico I Barbarroja a costa, entre otros, del único papa inglés, Adriano IV (1154- 1159), imputado de mil pecados, rarezas y perversiones, podría ser una “hipótesis –aunque débil-“de la historia de la papisa, cuya nacionalidad atribuida por Martín el Polaco, como señalábamos, era inglesa. Por otro lado, conviene tener en cuenta que la fábula de una mujer que oculta su sexo y llega al solio pontificio posiblemente reaviva, a su vez, la fábula de la verificación de la masculinidad; en buena medida ambos supuestos se apoyan mutuamente, aunque no existe un texto normativo que corrobore la ceremonia de verificación. De este posible rito en el contexto de una investidura habla Jacobo de Angelo en el siglo XV: funerales de Inocencio VII y coronación de Gregorio XII en 1406. También, hacia 1435, la Cronica Novella de Hermam Korner cuenta que el cortejo, tras la elección de un nuevo papa, se desvía del lugar del supuesto alumbramiento y se toman precauciones para averiguar su sexo, haciendo alusión a los asientos de pórfido perforados donde se sienta el nuevo pontífice para que un diácono efectúe la verificación. Se asocia así este supuesto ritual al recuerdo del drama de la papisa. Pero la realidad, como señala Boreau, es que nadie ha manifestado haber visto directamente el acto de la verificación y se toman prestadas las versiones de las diferentes tradiciones. También Jacobo de Vorágine: Crónica de Génova, 1297, habla de una estatua de mármol de la papisa que señalaba el lugar del trágico suceso, y otros autores de una supuesta inscripción lapidaria en seis letras (P) iniciales: Papa, Pater, Patrum, Papisee, Pandito, Partum.

A partir de mediados del siglo XV, la Iglesia se aparta de la tolerancia hacia el tema papisa. En el siglo XVI, y tras el movimiento de reforma luterano y la controversia antirromana, que utiliza la historia de Juana como arma arrojadiza, se produce ya un rechazo sistemático de la autenticidad de Juana por la Iglesia.

Hasta aquí hemos situado la leyenda en su ámbito histórico; trataremos brevemente de situarla ahora en un ámbito moral y teológico y también en lo litúrgico-ritual. Para ello conviene tener en cuenta, como señala Boreau, que los comentarios morales de la mayoría de autores del tema papisa no ocultan una patente y potente actitud misógina común. Hay que tener en cuenta también que en la tradición exegética judeo-cristiana, la menstruación es considerada impura y lo impuro subvierte lo sagrado. Aquí el argumento esencial de la exclusión de la mujer de lo ritual-litúrgico, no recogido en ninguna disposición pontifical, se basa en una lectura del Génesis 1.17 que apoya el argumento de la impureza. También existía una fuerte tradición romana de segregación jurídica de la mujer, pero no hay un apoyo teológico fundamentado para la exclusión. Sólo tardíamente se encuentra una mención explícita en el derecho canónico en relación con la exclusión de la mujer del sumo pontificado: Domingo Giacobazzi, siglo XVI, en su tratado del Concilio, apunta los casos de anulación, uno de los cuales sería si el elegido “es convicto de ser mujer”.

Desde una perspectiva doctrinal, la leyenda de la papisa está, entre otros temas, en el corazón del debate de la infalibilidad papal y en la distinción entre la prevalencia del hecho o la prevalencia de la doctrina. Guillermo de Ockam (s. XIV) en su redacción de La obra de los noventa días justifica la infalibilidad desde una posición realmente hábil: “En el ámbito de la fe y de las costumbres, la Iglesia no puede equivocarse; pero, en el ámbito del hecho, la Iglesia militante puede errar y ser engañada. Es así que se equivocó venerando a una mujer como papa”. Por ello la figura de Juana aparece en muchos de los escritos que giran en torno al Gran Cisma de Aviñón (1378–1415).

Como vemos, la historia de Juana se mueve en un contexto equívoco donde se mezclan lo cierto, lo falso y lo hipotético y de donde es fácil pasar de un nebuloso recuerdo a una leyenda con fondo literario que, en buena medida, crea historia o, cuando menos, es un fenómeno cultural importante. Por ello, termino trayendo una cita de un novelista griego del siglo XIX sobre el tema papisa Juana. La novela aporta un meritorio equilibrio de erudición mitológica clásica y taumaturgia cristiana. Como otras novelas sobre el tema, está llena de ironía e irreverencia ingeniosa. La cita, que prácticamente cierra el relato, dice así: “Estos milagros, querido lector, no aparecen reunidos de los relatos de cuatro pescadores sino que provienen de cuatrocientos venerados y concienzudos cronistas; en presencia de tal asamblea de augustos testigos sólo podemos inclinar la cabeza y murmurar como Tertuliano: “Creo en estas cosas porque son increíbles”. (La papisa Juana, Emmanuel Royidid; Edhasa, Barcelona (2000).