MITO Y MÍTICA MILENARISTA

Julián Moral

Muchos de los aspectos de la religiosidad del ser humano se podrían enmarcar en el intento de apartar la irreversibilidad de la muerte y, en su caso, retrasar el trance o, aún más, conseguir la inmortalidad. Pensamos que el ser humano primitivo no tiene una idea muy clara de la linealidad del tiempo y le desconcierta y desasosiega la certeza de la muerte y, en su perplejidad, busca y anhela la regeneración vital, tratando de mimetizarse a los ritmos vitales de la naturaleza en una larga etapa mágica y cosmogónica y ya, en una etapa posterior –menos naturalista y más teogónica-teológica – aspirando a la posibilidad de la vida eterna.

El deseo del ser humano de regeneración y pervivencia hay que buscarlo en su génesis, remontándose a la lógica de las concepciones del mundo animista-arcaico, condensadas en ese ingente trasfondo protohistórico, prehistórico e, incluso, histórico de tabúes, mitos y leyendas, irreductibles en gran medida al pensamiento racional y producto de una concepción prelógica cuyas categorías mentales diferían, muchas veces de forma radical, de las del ser humano actual.

Mircea Eliade, el gran estudioso de los mitos y religiones, reitera una y otra vez la idea de que el ser humano de las sociedades animistas-arcaicas tenía una acusada tendencia a vivir en lo sagrado (objetos, lugares, días, tiempo, etc., consagrados). Lo sagrado, señala M. Eliade, implicaba para este ser humano continuidad en el tiempo eterno recreado en los rituales cosmogónicos de creación-recreación y regeneración vitales de un tiempo cíclico que trataba de abolir el tiempo lineal profano y engañar a la muerte. Es esta visión mágica, sagrada o religiosa de la vida, la que está en la base de las ideas de destrucción-recreación, de corrupción-regeneración, de muerte-resurrección, en fin, de mistificación milenarista periódica y de inmortalidad y vida eterna.

La teoría de la creación y destrucción cíclica del Mundo está presente en diferentes y múltiples culturas; es una idea con visos de universalidad. El comienzo orgánicamente ligado al fin que lo precede; el fin de la misma naturaleza que el caos anterior a la creación. En conclusión, el fin es necesario a todo comienzo o renovación. Renacer de la muerte era uno de los misterios del mito Deméter-Perséfone y los rituales de Eleusis entroncados con la renovación del año agrícola, la renovación cíclica de la Gran Madre Tierra, la fecundidad, etc., con la puesta en escena de éxtasis visionarios (seguramente con ciertas drogas) que los iniciados del santuario de Eleusis experimentaban a través de ciertos rituales. En su obra Las profecías del Anticristo en la Edad Media, José Guadalajara nos aproxima a este respecto con el siguiente comentario de la cosmovisión sumeria: “El dios sumerio Dumuzi, por ejemplo, representaba, junto con la madre Inanna, el drama anual del cese de la vida con su viaje al país de la oscuridad y de la muerte. Su retorno, con la llegada de la primavera, constituía una de las celebraciones más importantes del pueblo sumerio…”

Reactualizar periódicamente el caos primordial y los acontecimientos primordiales, poner al ser humano en relación con el cosmos, volver al principio, tratar de dar significación y continuidad a la existencia, son las claves que hacen converger el mito y la mística milenarista. El pensamiento apocalíptico y la escatología milenarista son deudores de los viejos mitos cosmogónicos y, lo mismo que en las cosmogonías, la escatología apocalíptica milenarista tiene una visión paralela del esquema corrupción-destrucción-renovación y, en ambos casos, subyacen los mismos dualismos: orden-caos, muerte-resurrección, bien-mal, virtud-pecado, héroes-monstruos abisales, Cristo-Anticristo.

La idea del fin del mundo y del tiempo, deudora de las míticas ideas del eterno retorno y el tiempo cíclico, se encuentra esencialmente en el pensamiento profético y mesiánico judío y es asimilada por la posterior mística y exégesis cristiana. Pero ya la tendencia es pensar en un tiempo histórico, en una regeneración única con la introducción de la idea de culpa con premio o castigo. La especial idiosincrasia y experiencia histórico-religiosa y geográfica del pueblo hebreo propició una singular visión cosmogónica –muy influida por el misticismo mesiánico-profético- en la que encajaban perfectamente las profecías bíblicas escatológicas del fin de los tiempos. Claude Carozzi, Visiones apocalípticas en la Edad Media, señala que los profetas tienen una misión paralela a los esquemas apocalípticos a la de los héroes míticos: lucha entre el orden y el caos, entre el héroe y el monstruo, entre el bien y el mal, o entre Cristo y la Bestia-Anticristo. Misión, que, por otro lado, no está exenta de un carácter de prueba iniciática de valor, pureza, espiritualidad y fe.

Pero el trasfondo profético-bíblico es también catastrófico con dimensiones cósmicas: “el sol se oscurecerá y la luna no brillará, las estrellas caerán del cielo y las potencias del cielo serán conmovidas” (Mateo 24-29). San Juan en el Apocalipsis describe un drama cósmico: un pandemónium lleno de referencias simbólicas (siete sellos, siete trompetas, siete esferas), destrucciones, batallas con la “bestia que sube del abismo”, alianzas de la Bestia con Gog y Magog, resurrección y Juicio Final con la Jerusalén Celeste como metáfora del Paraíso Celestial. El paralelismo con las construcciones cosmogónicas más antiguas o arcaicas es evidente.

Centrándonos ya en el fenómeno milenarista, podríamos decir que los milenarismos asocian los períodos de mil años (no necesariamente coincidentes con el milenio) con el fin de una época o bien con el fin del mundo. Como vemos, son dos tendencias escatológicas que se mueven en horizontes temporales diferentes. La creencia milenarista asociada al final de un ciclo o una época se enmarca en el corto plazo y en la esperanza de una nueva “edad dorada”, paraíso de la tierra, Jerusalén terrenal, etc., antes de la destrucción definitiva del Mundo. Es, evidentemente, una visión místico-profética (y en muchos casos herética para la Iglesia) que entronca más directamente con los viejos mitos cósmicos de regeneración cíclica. El milenarismo asociado al fin del mundo, Inicio, Final y esperanza de Vida Eterna –más teológico o menos herético- pone en un primer plano el mensaje cristiano, apoyado en la confrontación del viejo dualismo: bien-mal, virtud-pecado, Cristo-Anticristo, que aplaza “sine die” la llegada del tiempo final, o el tiempo eterno o, lo que es lo mismo, la ausencia de tiempo.

Así pues, el Milenarismo podría ser la esperanza del comienzo de un milenio (MILLENIUM) paradisíaco después de una gran devastación o el reino de los mil años tras la segunda venida de Cristo o, también, la especulación sobre el final del mundo y los plazos, etapas, signos, profetas y falsos profetas que señalan el fin de los tiempos. Para San Agustín, los mil años de que habla el Apocalipsis de San Juan significan “la plenitud de los tiempos”. No hay, pues, una correlación absolutamente estrecha y ligada entre milenarismo y principio y final de un milenio de calendario o de un siglo que termina o empieza. Pero, a pesar de opiniones y escritos de los primeros exégetas cristianos (Ireneo, Tertuliano, Justiniano, etc…), de las opiniones de los padres de la Iglesia (Agustín, Gregorio Magno, Isidoro, Veda) y de las palabras recogidas en los Evangelios de San Mateo y San Marcos: “de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mateo 24-36), numerosos visionarios se lanzaron, sobre todo en el medievo, a la especulación milenarista y escatológica del final de los tiempos, haciendo mil cábalas y cálculos que llevaban a fechas más o menos precisas de “los días de la desolación”, la venida del Anticristo, el milenio de igualdad, el Juicio Final…, y es que, como señala José Guadalajara, el milenarismo tiene un fuerte apoyo profético-mesiánico de partida en ciertos pasajes bíblicos (Daniel, Apocalipsis, Apocalipsis sinópticos, cartas de San Juan, segunda carta de San Pablo a los tesalonicenses) desde el principio del cristianismo. El fin del mundo, el Juicio Final, la Vida Eterna, la expiación de las culpas… son construcciones que responden ya a una visión religiosa transcendente y teológica, trasladadas por los milenaristas y sus profetas visionarios a unos marcos históricos muy concretos, no exentos, en cualquier caso, de condiciones sociales de clara incertidumbre y desasosiego, donde el sustrato mítico-arcaico se conjugaba con el sustrato profético-mesiánico judeo-cristiano, e incluso islámico, de los textos sagrados.

Durante la Edad Media fue constante la presencia obsesiva de los movimientos milenaristas, asociados a la aparición del Anticristo y a todo un conjunto de fenómenos sociales, económicos, políticos y religiosos que daban cobertura a los viejos fantasmas y sueños de regeneración y renovación escondidos en los pliegues más profundos del inconsciente mítico colectivo, adaptados ahora, a una profunda religiosidad y misticismo que, en muchos casos, bordeaba, cuando no atravesaba, las fronteras teológicas de una Iglesia que, en buena medida, se alejaba en sus comportamientos del mensaje evangélico. Adso de Montier, Joaquín de Fiore, Fra Dulcino, Vicente Ferrer, Arnaldo de Vilanova… son figuras señeras del milenarismo medieval en las que no sólo latía el mensaje apocalíptico-escatológico sino que –como señala José Guadalajara en sus múltiples análisis sobre la figura del Anticristo y la escatología del final de los tiempos- se trataba, en muchos casos, de acentuar el “terror didáctico”, y como muestra, ahí están los famosos sermones de Vicente Ferrer.

Seguimos ahora a Mario Morales, Mito y realidad del fin de los tiempos, señalando que los movimientos milenaristas continuaron en el Renacimiento y en los siglos posteriores; por ejemplo, fueron muy potentes los milenarismos en el Brasil del siglo XIX y principios del XX, cruzados con variables místico-religiosas, digamos chamánico-animistas y cristianas. También se dieron movimientos milenaristas en el Congo Belga en 1700, y, en algunos casos, en la actualidad no muy lejana, conectan con sectas de las que recurren a suicidios colectivos: “El Templo del Pueblo” en la Guayana, 1978. También tienen mucho de mesiánicos los movimientos políticos que postulan la sociedad sin clases, previa destrucción (violenta o revolucionaria) de todo el sistema político-social anterior.

En fin, podemos decir que profetas del Inicio, Final o del fin de los tiempos precedidos de grandes señales apocalípticas se han multiplicado en el tiempo y lugares. Sobre la multiplicidad de variantes encuadradas en su momento y lugar histórico, se puede decir que todas tienen un denominador común: rechazo de una situación social que se aprecia o vivencia como degenerada, vieja, agotada y, a la vez, esperanza, después de la destrucción-renovación, de una nueva vida vitalizada, comunitaria, igualitaria…, y, ya en la exégesis escatológica cristiana más ortodoxa, una vida eterna en el Paraíso Celestial en la comunión de la contemplación divina. Pues, como decíamos anteriormente, los viejos mitos de regeneración y la mística escatológica milenarista son producto no sólo de unas condiciones humanas y sociales agotadas, injustas o intolerables, sino de un profundo deseo de darle sentido a la vida y a la muerte escondido en los pliegues del inconsciente individual y colectivo; deseo canalizado por una clase determinada de élites con un sentido muy potente de transcendencia, mesianismo, religiosidad, justicia social, sacralidad científico-histórica, etc.

Porque el ser humano, condenado a ser efímero, pero con el veneno de la transcendencia inoculado en su primitiva conformación mental, se reafirmará una y otra vez en su rechazo de lo cotidiano, lo profano, lo contaminado, lo degenerado y lo injusto para la muerte y nada más que para la muerte. Por ello, podemos señalar que, desde una perspectiva psicológica colectiva, las tensiones milenaristas –cargadas de mística religiosa y mística social- actuaron y actúan en determinados sectores sociales como válvulas de escape por las que soltaba presión la cargada caldera social sometida a tensiones insoportables.