LA IMPORTANCIA DEL LÉXICO: LOCALISMOS Y PALABRAS FAMILIARES

Carmen Calatayud

La obra maestra de don Miguel de Cervantes contiene un total de 378.591 palabras, de las que 22.800 están dichas una sola vez, dato que viene a demostrar la amplia cultura de nuestro querido autor. Frente a esto, una persona de nivel medio maneja actualmente unas 2.000 palabras y se entiende en su ámbito familiar con unas 300.

A pesar del contraste, no parece un número tan despreciable viendo hacia donde nos encaminamos, enfilados a convertirnos en fervientes adoradores de las palabras comodín o verba omnibus.

En un intento de reivindicar nuestro apreciado léxico, materia prima de algo tan esencial como es la comunicación, decidí indagar en ese pequeño conjunto de vocablos que parece resistirse a desaparecer de nuestro uso habitual y que, sin embargo, resulta ser desconocido para una gran mayoría. Es el caso de los localismos, términos que sólo tienen uso en un área restringida, pero que fácilmente pueden traspasar las fronteras e incorporarse al léxico común de otras zonas.

Como hablante residente en la capital desde hace varios años, debería conocer muchos términos propios de la zona, pero, quizá porque Madrid se ha vuelto una ciudad tan cosmopolita, está perdiendo esos localismos que daban un sabor especial a las conversaciones castizas y, tal vez, por el mismo motivo, cuando salimos de la región nos llama más la atención el habla de las demás comunidades.

En mi primer viaje a Mallorca descubrí que los baleares beben agua de un pichel, los fines de semana van de torrada y, si tienen que dar una excusa para no ir, lo hacen, pero por duplicado: “tampoco no puedo”. Esto, que para ellos es lo usual, despierta el interés del foráneo (en este caso foránea, no vayamos a tener problemas con el tema del género) cuando lo oye por primera vez.

Sobre todo hay que considerar que éste no es un fenómeno exclusivo de las áreas bilingües, pues, si viajamos a Andalucía, observaremos que las mujeres no usan pendientes, sino zarcillos o, mejor dicho, “sarsillos”; tampoco diademas, sino felpas, y no dicen tonterías, sino pegos y, en algunas ocasiones, también perigallos. En Extremadura utilizan calzonas en vez de mallas, y en Toledo, mi tierra, no somos tontos, sino bolos.

Esto es solo una pequeña muestra del amplio número de localismos que podemos escuchar habitualmente y que, con un poco de curiosidad, podemos encontrar incluso en diccionarios especializados. Pero, ¿qué ocurre entonces con esos términos que parecen haber desaparecido de los diccionarios de localismos, pero que seguimos escuchando en casa, en boca de nuestros predecesores?

Sin ir más lejos, en mi casa archiperres, arripárpados y capedengues han sido siempre palabras de uso cotidiano, pero, cuando se pronuncian fuera del ámbito familiar, parecen perder todo su valor y lo único que producen es extrañeza al que las escucha. Investigando un poco sobre ellas, veremos que los resultados son variados. Si bien el primero de los términos existe como localismo en varias regiones de España, los otros dos no parecen tener un origen concreto. Archiperres y arripárpados se utilizan para lo mismo que “chismes”, pero parecen más y más aparatosos si empleas estos vocablos. Por otro lado, capedengue tiene un significado totalmente diferente, pues es, simplemente, una prenda de vestir.

Por último, creo que hay que mencionar otro proceso que parece persistir en el vocabulario familiar: son las deformaciones de palabras ya existentes aunque poco conocidas. Es el caso de añurgarse (que existe como añusgarse) o murgaño, que aparece recogido en el DRAE como musgaño, pero con un significado algo diferente.

Toda la vida he escuchado a mi madre decir “bebe agua que te vas a añurgar” como sinónimo de atragantarse; o he visto a mi padre matando murgaños en la casa del pueblo, término que hace referencia a cualquier animalillo o insecto pequeño, aunque en realidad un musgaño sea un ratón silvestre de pequeño tamaño.

Estos y otros muchos términos que me vienen a la mente sin indagar demasiado (gumias, condurar, gachupeo…) demuestran la variedad léxica que podría conformar una especie de “familecto”, listo y dispuesto para usarse ampliando así nuestro vocabulario actual.

Por tanto, todos deberíamos rescatar esas palabras medio olvidadas en el baúl de los abuelos y compartirlas, pues cualquier forma de enriquecimiento lingüístico merece el  esfuerzo.