LA MALDICIÓN DE ALFONSO X EL SABIO

José Guadalajara

ALFONSO X EL SABIO 1

Biblioteca Nacional (escalinatas de la puerta principal)

No es verdaderamente un enigma, sino una realidad constatada por los documentos. Aprovechando la reciente publicación de La maldición del rey Sabio, traigo a esta sección de esta Página un episodio histórico que me ha servido de inspiración para dar título a mi novela y para utilizarlo además como punto de partida de una trama que tiene su fundamento en la revuelta de Sancho contra su propio padre, es decir, Alfonso X.

El episodio referido se produjo en Sevilla el 9 de noviembre de 1282, después de que el rey de Castilla hubiera hecho testamento el día anterior. En el alcázar, ante la concurrencia de nobles y eclesiásticos, el rey fue desgranando las razones de la maldición lanzada contra su hijo.

Las palabras son contundentes:

Por cuyos enormes delitos y otros muchos que cometió irreverentemente contra nos, sin temor de Dios ni respeto a su padre, que serían muy largos de referir o asentar por escrito, le maldecimos como a merecedor de la maldición paterna, reprobado de Dios y digno de ser aborrecido con justa razón de los hombres, y le sujetamos en adelante a la maldición divina y humana, y como a hijo rebelde, inobediente y contumaz, ingrato y aún ingratísimo y degenerado, le desheredamos… 

Sujeto a la maldición divina y humana, conforme ha conservado el texto, Sancho quedaba degradado como persona e, incluso, en entredicho ante los ojos de Dios, sobrevolando sobre él una funesta amenaza. La densa religiosidad de la época nos sirve para situar en su contexto –hoy más difícil de valorar- el alcance de esta maldición paterna. La relación del hombre con Dios era entonces muy estrecha y nos permite comprender en su justa medida el significado de las palabras del rey Sabio.

La causa de esta terrible sentencia de maldición se encuentra en la usurpación del poder que Sancho había perpetrado unos meses antes contra su padre. Fue en Valladolid, el 20 de abril, en una magna asamblea en donde por boca del infante don Manuel, hermano del rey, se decidió incapacitar a Alfonso X, al que su propio hijo había declarado loco y leproso. Estos adjetivos, certificados por las crónicas, se los aplicó tomando como base la dolorosa enfermedad que padecía Alfonso X desde hacía ya unos cuantos años, pero, sobre todo, como consecuencia de una codicia desenfrenada por hacerse con la corona. El rostro del rey, deformado y con el globo ocular izquierdo salido de su órbita, la pérdida de uñas en pies y manos y las piernas hinchadas a causa de la hidropesía ofrecían una imagen regia nada favorable. Sancho se ensañó con su padre.

La maldición del 9 de noviembre trataba de contrarrestar “el golpe de Estado” de Valladolid y, a la luz de las palabras empleadas en la sentencia, rebajar en todo lo posible la legitimidad de su hijo. Desde entonces quedó desheredado. La corona pasaba al infante Alfonso de la Cerda, su nieto, si bien el rey Sabio lo expresaba de un modo genérico en su testamento al escribir que el reino quedaría “después de nuestros días –su muerte- en nuestros nietos, fijos de don Fernando”. Don Fernando había sido su primer hijo, muerto en Ciudad Real en el año 1275.

Así pues, la maldición fue un hecho real, no una fabulación o leyenda, con el que tuvo que cargar Sancho durante toda su vida. Según parece, le dejó su huella en el ánimo y, tal vez, un poso de remordimiento. Ya en el lecho de muerte, cuando su primo, el escritor don Juan Manuel, le solicitó la bendición, le respondió que no podía dársela porque él no la había recibido de su padre. Así lo expresaba don Juan Manuel en el Libro de las armas, una de sus muchas obras: “Non es muerte de dolençia, mas es muerte que me dan míos pecados et señaladamente por la maldiçión que me dieron mío padre por los muchos mereçimientos que yo mereçí”.