EN BUSCA DEL ASÓN POR LA BUREVA Y VALDIVIELSO (I)

Luis Moratilla

Inicio aquí mi tercera crónica y, aunque mi amigo José Guadalajara me pidió que intentara hablar más del destino y menos del itinerario de los viajes, ya que los muchos lectores de esta Página tenéis procedencias muy variadas, lo que seguramente implique que mi ruta no coincida con la vuestra, este es un viaje que debe incluir muchos comentarios sobre el camino recorrido.

No puedo hablar de la cascada del río Asón sin mencionar también el magnífico chuletón que ingerí en 0ña o describir la Colegiata de Santa María de Castañeda ignorando la preciosa iglesia de San Pedro de Tejada, así que espero que José me disculpe y, dado que él también fue partícipe de este viaje, acepte mi enfoque y dejemos para otra ocasión sus sugerencias.

Nuestro destino era el cántabro valle del Río Asón, a unos 20 km. de Laredo, y la ruta que os voy a describir discurrió por las merindades burgalesas y los valles cántabros de Asón y Pas.

El viaje se desarrolló entre el 1 y el 4 de noviembre. La fecha en los viajes es siempre muy importante, ya que el color de los campos difiere mucho, como todos sabemos, en función de las estaciones. ¡Cuántas veces nos hemos sentido defraudados no por el lugar visitado, sino por haber elegido mal el momento! Me viene ahora a la memoria una excursión realizada al madrileño hayedo de Montejo una Semana Santa de hace ya muchos años. La primavera no se había iniciado y el invierno había sido frío, por lo que los árboles estaban totalmente desnudos sin sus, en otros momentos, vistosas hojas. Seguro que nuestras sensaciones habrían sido muy diferentes si esa visita la hubiéramos realizado a finales de un otoño cualquiera.

Aunque era ya noviembre, más parecía otoño recién iniciado por el color todavía verde de los árboles y la sequedad que mostraron algunas zonas, pese a encontrarse en el norte de España.

Comenzamos el trayecto muy de mañana, al menos para mí, que eso de levantarme a las siete un día no laborable me parece pecado casi mortal, pero había que evitar la luego inexistente caravana.

Nuestra primera parada -omito el desayuno, muy enriquecedor para nuestro estómago, pero poco para el intelecto, ya que, aunque fue en el precioso pueblo de Lerma, los accesos a su enorme y siempre fría Plaza Mayor estaban cerrados- fue, siguiendo la sugerencia de nuestro querido José Guadalajara, en el monasterio de San Pedro de Cardeña, situado en Castrillo del Val, a sólo 14 km de Burgos, y muy ligado a la figura del Cid, ya que aquí quedó, según narra el famoso Cantar, doña Jimena con sus hijas al amparo de los monjes cuando él fue desterrado.

Renovado en los siglos XVII-XVIII, conserva algunos vestigios románicos. La iglesia conventual data del siglo XVI, posee tres naves y aneja a ella se sitúa la capilla del siglo XVIII, en cuyo recinto, en el que aún se encuentran los sepulcros, reposaron los restos del Cid y de su esposa, ahora en la catedral de Burgos. Asimismo, sobre las paredes laterales se sitúan 26 escudos de armas correspondientes a otros tantos personajes ilustres, muchos de ellos relacionados con el Cid. Una de sus partes más interesantes es su claustro de los Mártires, con restos románicos de finales del siglo XI, aunque sólo está permitido contemplarlo a través de cristales, pues no fue posible acceder al mismo.

Pese a lo anterior y la grandiosidad de la fachada principal del monasterio, de la que sobresale un original retablo barroco en piedra coloreada, tengo que decir, aunque alguno de mis acompañantes, empezando por la que comparte mi cama y terminando por José Guadalajara, que espero que no utilice la censura para modificar mis palabras, se enfaden, que a mi parecer la visita, o mejor dicho, el desvío, no merece la pena. Aquí quiero que entendáis que me estoy refiriendo a un viaje como el nuestro, en el que el tiempo del que disponíamos era escaso y los puntos a visitar eran variados, por lo que detenernos en este monasterio impidió que nos acercáramos, por ejemplo, al de Rodilla (entre Burgos y Briviesca) o a la iglesia de San Pantaleón de Losa, ya cerca de Cantabria. Si el viaje se hubiera planteado como una estancia en la capital burgalesa con visitas a distintos puntos de los alrededores, por supuesto, este monasterio sería una de mis paradas aconsejadas.

Mi opinión también debe compartirla el monje que nos guió en nuestro recorrido, ya que se dedicó más a alabar los cuadros y demás ornamentos añadidos o reparados en fechas recientes, gracias a la capacidad artística de algunos de sus monjes o de los artesanos de los alrededores, que a relatar el valor histórico de las estancias visitadas.

No obstante, y como seguro que muchos dudaréis de mis palabras y querréis comprobarlo in situ, tengo que deciros que este monasterio es también hospedería mixta y que, si allí queréis alojaros, sus teléfonos son 947290033 y 677632886 en horario de lunes a viernes de 10 a 13 y de 16 a 18.

Acabada la visita, y tras una pequeña deliberación sobre la siguiente parada -el monasterio de Rodilla, Briviesca y Oña eran las opciones-, decidimos que el alto fuera en Oña. No sé si hubiéramos acertado si la decisión hubiera sido otra, pero de lo que sí estoy convencido es de que sí acertamos parando en Oña.

Algo había leído de su monasterio de San Salvador y su iglesia, aunque no sabía si estaban juntos o separados, en ruinas o rehabilitados.

Muy bonita es la plaza arbolada presidida por el monasterio, fundado en 1011 por el conde don Sancho García de Castilla. Desgraciadamente para el turista, es en la actualidad un hospital geriátrico, aunque alguien del pueblo nos explicó que existía la intención de convertirlo en Parador.

Nuestro paseo se inició a partir de la plaza, dejando a nuestra derecha el monasterio. Enseguida encontramos las majestuosas escaleras que nos llevaban a la iglesia. Eran las 14 horas, las puertas ya estaban cerradas y por la tarde las visitas guiadas, únicas permitidas, eran sólo dos, una a las 16 y otra a las 17 horas, así que decidimos buscar un sitio donde comer para que, cuando volvieran a abrir, fuéramos los primeros en poder entrar.subir imagenes

A esas horas, la búsqueda de un restaurante se hacía difícil, por lo que, después de andar varios minutos sin encontrar ninguno, nos decidimos a preguntar a unos lugareños, aunque ya José Guadalajara había dado con uno en una esquina y hacia él nos condujo a todos. La idea era la de hacer una comida rápida para salir de allí cuanto antes.

Nos encontramos, sin embargo, con un restaurante donde las prisas son el mayor error. Su nombre es Blanco y Negro y lo regenta una joven pareja: ella se encarga de atender las mesas y él, de la cocina. La dirección: c/del agua, 23, el teléfono 947300152 y el consejo es que reservéis antes de ir, porque, si mantienen la calidad de las materias primas y la exquisitez en su elaboración, las escasas mesas del local van a ser insuficientes para la demanda de sus clientes.

Sólo un detalle: tanta fue nuestra satisfacción que, al regreso del viaje, volvimos a parar allí; yo para zamparme el fabuloso entrecot que mi amigo Juan me dejó probar el primer día y que no me atreví a pedir por no llenar el estómago ante los muchos kilómetros de conducción que nos quedaban hasta llegar a Cantabria, y es que la carne tenía una calidad que no probaba desde que mi amigo Antonio cerró su puesto en el mercado de mi pueblo adoptivo de Alcorcón, y los niños para volver a pedir sus “alpargatas” o la “fondant” de chocolate Blanco y Negro con la que estuvieron soñando los días de estancia en Cantabria. Si esta Página la escribiera Juan, el cinéfilo, y no yo, también os hablaría del plato en que nos sirvieron las carnes, y que, por arte de magia o por la habilidad del cocinero, mantuvo la carne caliente todo el tiempo que duró el ágape. Durante la comida estuvimos también discutiendo sobre el origen del nombre del restaurante y, aunque creo que al final lo adivinamos, me gustaría que su propietaria, si alguna vez visita esta Página, nos lo cuente y resuelva las dudas que a alguno todavía le quedaron.

De allí no salimos hasta poco antes de las cinco, con lo que teníamos el tiempo justo para visitar el monasterio. Debo reconocer que nos surgieron dudas acerca de si merecía o no la pena recorrer su interior, ya que también habíamos planeado acercarnos a Puente Arenas o a San Pantaleón de Losa o, incluso, al valle de Mena, lugares todos ellos con hermosas iglesias románicas, y es que esta visita seguramente impediría las otras. Finalmente, José Guadalajara, con buen criterio, decidió por todos que era conveniente apuntarnos a la visita, y he de reconocer que acertó plenamente, ya que su interior nos entusiasmó a todos.