EL BIÓOGO FILOSOFAL MANIFIESTA SU AMOR A LAS DEHESAS

Julián Moral

En la actualidad la palabra dehesa tiene el significado de “monte aclarado; encinar, alcornocal o robledal de baja densidad con suelo relativamente limpio de matorral donde crece la hierba y el pasto”. Desde el punto de vista económico, es una unidad básica de explotación agropecuaria que pervive en el siempre difícil equilibrio histórico entre prados, bosques y tierras de labor y que está inmersa históricamente en el eterno conflicto entre agricultura y ganadería.

Pero ésta no deja de ser una definición de manual que puede ser más o menos ajustada y que utilizo como preámbulo para analizar –más a través de deducciones más o menos lógicas que comprobaciones empíricas- la combinación de elementos que históricamente se conjugaron para llegar a este ecosistema que actualmente disfrutamos, a pesar de las cada vez mayores dificultades de permanencia por su menor interés funcional desde una perspectiva económica.

Concuerdan los historiadores en que los humanos del Paleolítico y Neolítico peninsular aclararon grandes extensiones boscosas utilizando el fuego para obtener alimento de la caza de animales salvajes. Pero los romanos, si seguimos al geógrafo griego Estrabon, se encontraron una península en la que la masa arbórea era impresionante y en la que los pueblos asentados practicaban ya un sistema de explotación pecuaria basado en la trashumancia.

Si seguimos a Fernando García Cortázar y José Manuel González Vesga en su Breve Historia de España vemos que en la última etapa del Imperio romano se produce un claro desplazamiento del poder urbano patricio hacia zonas rurales. En la Península Ibérica de la Roma Imperial, este desplazamiento de aristócratas y terratenientes de las ciudades al campo convierte a los latifundios en pieza clave del nuevo orden socio-económico. Las villae (villas romanas) se multiplican con sus fortines defensivos y auténticos ejércitos privados para garantizar la defensa y tranquilidad de sus habitantes y de los pequeños propietarios que, paulatinamente, buscan su protección y apoyo. El aclarado del bosque que rodeaba estas villae no sólo era una exigencia desde el punto de vista agropecuario, sino una estrategia defensiva que facilitaba la visualización de posibles enemigos para privarlos de la posibilidad de ocultamiento y defensa natural que permitiría la espesura boscosa. Desde su origen latino la palabra dehesa está asociada a una función de defensa y protección (defensio); preservación de los animales del frío y del calor: (defensio frigus solsticium) y protección de los pastos contra animales ajenos o salvajes: (defensio pastuum).

Seguramente, serán varias y complejas las causas que expliquen el adehesamiento de extensas áreas de la Península Ibérica, sobre todo en su parte más meridional y occidental; pero la mayoría de los estudiosos del tema coinciden en que el modelo de paisaje agrario en grandes zonas peninsulares quedó marcado por la confluencia de varios factores: I) la trashumancia ganadera que imponía la propia conformación física del suelo y clima peninsular; II) la reconquista de los territorios ocupados por la invasión árabe que determinó mecanismos de propiedad agraria y modos de explotación; III) la propia dinámica fuertemente conservadora y tradicionalista de las instituciones que fueron naciendo y que jugaron a favor de un desarrollo agropecuario que basculó de forma predominante, hasta bien entrada la Edad Moderna, a favor de la ganadería, casi absolutamente controlada por el Honrado Concejo de la Mesta, cuya primera carta de privilegio otorgada por Alfonso X el Sabio en 1273 le dotó de contenido institucional.

La trashumancia era practicada en la península Ibérica desde tiempos prehistóricos en un ir y venir de los pastores con sus ganados de agostaderos a invernaderos y viceversa: celtíberos, hispanos romanizados, visigodos, pastores bereberes… Las juntas de pastores semestrales para disponer de los animales descarriados fueron el germen del posterior institucionalizado Concejo mesteño. El Fuero Juzgo, de inspiración visigótica, ya prescribía aspectos relacionados con el ganado trashumante. Seguramente ya en época visigótica las rutas arbitrarias que el ganado trashumante seguía, a veces a campo traviesa por montes y baldíos, fuera de rutas más tradicionales y definidas (cañadas) impulsó la defensa (adehesamiento) de importantes extensiones de los grandes propietarios hispano-romanos-visigóticos.

Tras la caída del poder visigótico, vastas extensiones de terreno quedaron en manos de los conquistadores musulmanes, que se las repartieron con criterios étnico-políticos: la minoría dirigente árabe se quedó con fértiles campos del valle del Guadalquivir y extensos territorios de la actual Extremadura, en tanto que los bereberes nómadas hubieron de conformarse u optaron por terrenos más adecuados a sus tradicionales actividades ganaderas.

El proceso de reconquista del territorio ocupado por los musulmanes es, quizá, otra de las causas más significativas de las que se derive la extensión  de adehesamiento peninsular. Por un lado, a medida que la reconquista avanzaba se fortalecían los gobiernos de las ciudades y pueblas y sus privilegios en los territorios conquistados, desarrollándose, a su vez, una clase agrícola que estaba en conflicto con la ganadería, principalmente la trashumante. Por otro lado, el ganado lanar se convertía en un bien cada vez más seguro y estable y los fértiles y cálidos territorios del mediodía y poniente revalorizan su utilidad y explotación y, consecuentemente, su protección y mejora.

El resultado de este conflicto de intereses determina en buena medida el impulso de adehesamiento. Al progresar la reconquista, los reyes cristianos conceden privilegios a monasterios, órdenes militares, ciudades y pueblas, que si bien veían con buenos ojos  el beneficio que reportaban arrendamientos y estercolado de sus tierras al paso del ganado trashumante, fueron levantando cercas y cerrados apoyándose en fueros de diversa índole y ordenanzas concejiles: arbustum vitatum, la divisa, la defessa (dehesa). Surgen así áreas divididas, prohibidas o defendidas, reservadas a los rebaños estantes, animales de labranza, bueyes (dehesas boyales, yeguas y caballos de guerra de las órdenes, etc., y así mismo, como agostaderos y principalmente invernaderos arrendados a los pastores trashumantes. Defensa también contra la arraigada costumbre de los pastores de quemar árboles en otoño para conseguir mejores pastos en primavera.

Posteriormente, la apuesta decidida de los Reyes Católicos y los Austrias por la Mesta y sus tradicionales instituciones (Alcaldes Entregadores, Presidente de la Mesta en el Consejo de Castilla, etc.) lleva a la organización ganadera a una etapa de expansión pero a la vez impulsa la extensión de los acotamientos para las cabañas estantes, sobre todo a partir de las desamortizaciones llevadas a cabo por los primeros Austrias de algunos territorios de las Órdenes Militares cuya administración había pasado a controlar la Corona con los Reyes Católicos en 1499. Los esfuerzos de aquella por atenuar este proceso  de acotamiento (defessa) queda patente en las INSTRUCCIONES QUE RIGEN LA CONDUCTA DE LOS ENTREGADORES, PROMULGADAS POR CARLOS I, 12 ENERO 1529 (Arch. Mesta, C-3, Candeleda. “Iten, qualquier o qualesquier que hicieren dehesas sin nuestra licencia o mandado, que peche trezientos maravedís de la dicha moneda, e la dehesa deshecha…”.

En los siglos XVI y XVII, y sobre todo en el siglo XVIII, la Mesta alcanza su máxima expansión, pero el impulso de la ganadería estante era imparable así como el adehesamiento: los monjes jerónimos que regentaban Guadalupe siempre tuvieron, desde su fundación en 1389, una considerable cabaña que en 1780 alcanzó 26.663 cabezas lanares que pastaban en las dehesas extremeñas. En 1761, el Consejo de Castilla otorga a los Municipios el derecho a disponer de sus comunales y en 1813 se reconoce el derecho a acotarlos. En enero de 1836 es abolida la Mesta, que se transforma  en Asociación General de Ganaderos del Reino.

La desamortización eclesiástica de Mendizábal (1836-1851) y la posterior desamortización municipal de Madoz (comenzó en 1855 y duró hasta 1917) traspasan grandes extensiones de órdenes, conventos y bienes municipales (de propios y comunales) a particulares: banqueros, industriales, comerciantes, ricos hacendados locales, pequeños terratenientes, médicos, abogados, los propios municipios… No cabe duda que a partir de ese momento algo tuvo que cambiar, desde el punto de vista de la administración y aprovechamiento agropecuario, en estos extensos territorios escasamente poblados del mediodía y occidente peninsular. Desde entonces y hasta el proceso industrializador y migratorio de los años 60 del siglo pasado, el equilibrio entre tierra cultivada y suelo virgen, no cabe duda que, en buena medida, se produce en las grandes propiedades adehesadas.

Así pues, el sistema de adehesamiento permitió la pervivencia  de enclaves naturales en Sierra Morena, Montes de Toledo, Extremadura, Salamanca…, creando un valioso y bello ecosistema. Este ecosistema es obra de una suma de esfuerzos, conocimientos, experiencias, sacrificios y confrontación de intereses de los hombres y mujeres que lo crearon y conservaron a través del tiempo; de defensa de una cultura y forma de vida que, a través de los siglos, ha pervivido y debe pervivir en un futuro, aunque su funcionalidad –en los tiempos que corren- se diluya, modifique o diversifique: ecoturismo, aprovechamiento cinegético, reservas de la biosfera, etc.

Y deberá pervivir desde la voluntad de los hombres y mujeres que conocen y aman su medio. Y desde las voluntades políticas, administrativas, institucionales y sociales.