MAYO Y LA FIESTA DE LA PRIMAVERA

Juan Carlos García Santos

En el ecuador de la estación de la primavera, al empezar el mes de mayo, es común en toda Europa reconocer la vitalidad que refleja el medio natural por medio de la celebración de diferentes festejos. Dichos festejos se pueden identificar con la colocación de un gran árbol en un lugar céntrico, el nombramiento de una joven como reina o la festividad cristiana que, de forma sincrética, reúne estas celebraciones en la llamada “Cruz de mayo”.

El primero de ellos suele consistir en la corta de un gran árbol por los mozos de la población que se coloca en la plaza más céntrica de la localidad. Este símbolo de adoración totémica puede derivar en la competencia entre los jóvenes para gatear y conseguir un trofeo situado en lo más alto y en la decoración de su corteza con diferentes símbolos como círculos y cruces; en algunos casos, se trata de competir con las poblaciones vecinas colocando el tronco más alto o intentando robar el del pueblo cercano, como sucede, por ejemplo, en centro-Europa. Junto con la colocación de estos mayos, se producen otras actividades como las danzas alrededor de ellos o el regalo de ramas, o mayos pequeños, a las jóvenes de la localidad.

Otra de las celebraciones de este día está relacionada precisamente con las mujeres jóvenes y el nombramiento de la reina de la fiesta. Así, en Francia, se nombraba reina de mayo a una virgen a la que se agasajaba durante todo el evento. La adoración totémica a la fertilidad de la tierra pasa de este modo a tener un sentido humano y social, el de la renovación de la comunidad, el de la fertilidad de la mujer que entronca con el de la primavera.

Por último, voy a reflejar cómo el cristianismo presenta aquí un ejemplo más del sincretismo de muchas de sus fiestas; se trata de la referida cruz de Mayo. A la ancestral creencia basada en la fertilidad propia de la primavera, el cristianismo le dio su sentido particular relacionándola con el hallazgo de la cruz de Cristo por Santa Elena en siglo IV de nuestra era. De un lado permanece la madera del poste que se coloca en las plazas de los pueblos y que ahora es la madera sagrada del Lignum Crucis; de otro ese simple tronco de árbol se convierte en una cruz, ya símbolo sagrado del cristianismo, decorada con flores propias de esta estación del año como expresión de la fertilidad del momento.

Normalmente la celebración suele coincidir con el primer día del mes de mayo, aunque hay algunos lugares donde el árbol del mayo pasa a ser el Árbol de San Juan en el solsticio de verano. Las características principales de la misma se mantienen: reflejan la floración de las plantas, se produce en torno a un gran tronco de árbol y está relacionada con la juventud de la población. El ámbito geográfico donde encontramos esta festividad es muy amplio: en la Península ibérica se ha celebrado en todo el centro y occidente con denominaciones comunes a otros lugares de Europa; así se habla de plantar el mayo la zona centro de España. En Europa este árbol también tiene su denominación particular, como el Maypole que se planta el May Day en Gran Bretaña, o el Maybaum de Alemania.

Aunque se han detectado varios puntos de origen para esta festividad, en mi opinión debemos ser cautos con la interpretación meramente difusionista y creer que aparece en un solo lugar. Cierto es que las celebraciones relacionadas con este día se encuentra entre los fenicios y los persas e incluso hasta en Siri Lanka. Pero a pesar de que tienen todas ellas características comunes, como la fecha en cada contexto, vamos a encontrar sus rasgos distintivos.

En Europa occidental, y en particular en España, la fiesta de los Mayos y de la Cruz de Mayo que conocemos actualmente ha pasado por el tamiz de la historia y diferentes influencias culturales que han configurado sus rasgos propios. Hay datos sobre este tipo de fiesta en lo que se ha identificado con el ámbito de lenguas indoeuropeas y célticas como la festividad de Beltaine y esto mismo ocurre en la Hispania prerromana. De hecho, esta fiesta en la Península ibérica es propia del área donde se identificaron lenguas de raíz indoeuropea, como es todo el cuadrante noroeste y centro, lo que ha llevado a realizar investigaciones sobre esta relación de tipo antropológico que indagan desde el propio festejo a la iconografía representada en la corteza de los Mayos. Frazer, en su célebre La rama dorada, recoge estas tradiciones y la significación que tenía el tronco de árbol para las comunidades europeas del pasado. Según este autor, ese tronco o Mayo dejaba de ser el mero cuerpo del árbol para convertirse en el hogar de su espíritu.

No obstante, tanto en Europa como en España la costumbre de celebrar la llegada del mes de mayo rebasa claramente ese ámbito territorial y eso mismo ocurre con las posibles influencias culturales que lo afectan. También hay que considerar el significado pastoril que tiene este momento, puesto que en muchos lugares, sobre todo de montaña, éste es el instante en el que se sube a los pastos de verano, lo que da lugar a la llamada “transterminancia”, que se desarrolla en las montañas de Europa occidental. En el mundo clásico encontramos de nuevo un claro reflejo de las características de esta fiesta tanto entre los griegos como entre los latinos: la Mayumea.

Es en época clásica cuando el cristianismo se convierte en la religión oficial del imperio y,  a partir de este momento, tanto las tradiciones romanas como prerromanas, se cristianizan. Así permanecen rasgos originales de la celebración, como la colocación del tronco de árbol, pero se tiende a uniformizar la misma como acontece con otras festividades marcadas por la cultura cristiana del occidente europeo. En España, no obstante, esta coyuntura se manifiesta con la celebración de la Cruz de Mayo, relacionada con Santa Elena y el Lignum Crucis.

Se puede concluir que el significado de esta festividad parte de la propia idea de fertilidad que representa la floración del medio natural cuando llega el mes de mayo, que influye en las comunidades humanas desde el pasado en varios sentidos. En primer lugar, porque el entorno es ya productivo; es el momento en que los animales salen de su letargo y las flores germinan para más tarde fructificar. En las áreas de montaña las nieves dejan libres los ricos pastos de altura y en los valles y llanuras los trabajos agrícolas ven recompensada su siembra mostrando el cereal ya crecido y las hortalizas florecidas.

En segundo lugar, esa idea de fertilidad se asocia con la propia organización social de la comunidad humana. Toma así protagonismo el nombramiento de una joven como reina de la fiesta y los regalos de los mozos a las muchachas del lugar. Así mismo, los jóvenes deben ser los encargados de arrancar, custodiar y decorar el gran tronco para plantarlo en el centro del pueblo, son metafóricamente los encargados de mantener la fertilidad de la población en el futuro y de protegerla. En tercer lugar, ese tronco, que debe ser lo más alto posible, expresa desde la antigüedad un culto totémico a la fertilidad de la tierra reflejado gráficamente en la figura de un gran árbol que es fruto de la capacidad de la misma para crear riqueza. Una vez unidos todos estos significados, se plasma la fiesta y se baila entorno al mayo, como reflejó Francisco de Goya y Lucientes ya hace más de dos siglos.