PALABRAS DE MIERDA

Gonzalo J. Sánchez Jiménez

Todo ser, y cada una de sus partes, concepto o fenómeno necesita una denominación. Cada hueso, cada músculo, cada órgano de nuestro cuerpo tiene un nombre y un nombre tienen también las funciones que realizan. Una de las funciones fisiológicas es la evacuación de residuos. El conjunto de vocablos referentes a esta función vital y a sus escatológicos resultados podría constituir un subdiccionario específico compuesto tanto por los términos que explican los procesos biológicos de modo diáfano como por el cúmulo de expresiones eufemísticas utilizadas para evitar el uso de los primeros. Pero no es nuestra intención destripar ese “diccionario de mierda”, sino analizar algunas situaciones que propician o justifican la utilización de su contenido.

Toda necesidad orgánica exige una satisfacción. Para lograrla, el organismo envía señales, mensajes, a veces acuciantes, que mueven nuestra conducta hacia tal fin. Así, cuando nuestro cuerpo necesita imperiosamente aporte de líquido lo comunica mediante unos avisos que identificamos como sed y actuamos en consecuencia. Lo mismo sucede con la necesidad de ingerir alimento. Si, por la razón que sea, no atendemos su reparación, los síntomas, como la sed o el hambre, se vuelven paulatinamente más molestos, dolorosos y hasta insufribles. Consecuentemente, el proceso contrario, el de la satisfacción de la necesidad, alivia las sensaciones desagradables y produce un efecto placentero. En realidad, muchos de eso que llamamos los placeres de la vida son, en esencia, necesidades biológicas satisfechas o muy bien satisfechas. ¿Qué son, si no, la eliminación de residuos de la ingesta y el placer sexual? Pues eso, necesidades orgánicas bien cubiertas. En una ocasión presencié un breve debate entre dos conocidos sobre el grado de placer que se podía experimentar con una buena deposición y con un coito. Después de un rato de valoraciones, uno de ellos se decantó abiertamente por la deposición, pues para él el grado de placer y relajación posterior era muy similar al del acto sexual y no necesitaba permanecer media hora abrazado a la taza del inodoro diciéndole cuánto la amaba.

Como cualquier otra necesidad, la evacuación intestinal puede ocasionar graves molestias si no es atendida convenientemente. Mientras todo se desarrolle en circunstancias idóneas no pasará nada. Los problemas surgirán cuando por algún motivo se altere alguna condición o intervengan causas ajenas al proceso. Un susto repentino o el pánico hacia algo o hacia alguien pueden ser causa de que «nos caguemos de miedo». Un buen chiste o una situación cómica pueden hacer que «nos meemos de la risa». Una alimentación inadecuada puede originar graves daños en el tramo final del tubo digestivo, que no pasaron desapercibidos, ya entonces, para la pluma de don Francisco de Quevedo, a quien se le atribuye la siguiente redondilla:

Quien vaya al cagatorio

y lleve dura la masa

bien puede decir que pasa

las penas del purgatorio.

Cuando circunstancias de tiempo, espacio u otras impiden el proceso de evacuación se crea una sensación de sufrimiento tan desagradable que la asociamos con paradigmas de torturas, como practicarle a alguien una operación sin anestesia o quemarlo o despellejarlo vivo, y lo expresamos en los mismos términos que el suplicio: «Me estoy cagando vivo».

Tan desagradable es querer y no poder como poder y no querer. Encontramos el caso contrario al anterior cuando no controlamos esfínteres y «nos cagamos la pata abajo», dicho que da idea de la magnitud de materia evacuada así como de lo explosivo del acto, pues no sugiere unas fumarolas aisladas, sino la súbita erupción del volcán abriendo al máximo el cráter y vomitando de golpe el torrente de lava, que se extenderá por toda la ladera.

Pero, aparte de las realidades biológicas, es en la lengua soez, en las maldiciones, donde las expresiones escatológicas alcanzan su pleno desarrollo, dirigiéndose por lo común a asuntos relacionados con la religión, el sexo o la familia. No hay país que no tenga sus palabrotas, sus sonoridades rotundas; pero quizá en ninguno se produzcan con tanta gratuidad como en España. Los ingleses incluyen «shit!» en varios giros; los franceses hacen lo propio con «merde!»; también aquí fluye con facilidad la «¡mierda!». La empleamos sola o combinada: «puta mierda»; «película de mierda»; y, siempre con la sana intención de dar un consejo orientador, la más frecuente: «vete a la mierda». Pero mientras ellos se conforman con eso, nosotros damos un paso más allá; de Pirineos hacia abajo somos más precavidos y contundentes: para disponer siempre de materia prima que poder repartir a discreción la fabricamos en un santiamén. Y así, desde las profundidades abisales con un «me cago en la mar», hasta las alturas celestiales con un no lo digo, poniendo la nota de color con un «me cago en la leche», nos cagamos en todo lo que se menea, incluidos los muertos de la vecina de abajo y la puta madre del vecino de arriba, y hasta en sus muelas.

Es tanta la afición que tenemos a los dichos de cacas -¿qué diría Freud?- que los empleamos para expresar cosas que poco o nada tienen que ver con las necesidades orgánicas. Así «cagando leches» o «cagando calderilla» tienen el valor adverbial de “rápidamente, deprisa”; en mi tierra la expresión «vete a cagar a la vía» significa “lárgate de aquí, lejos”; «¡qué cagada!» o «cagarla de verde» aluden a algún error garrafal; «tiene un coche que te cagas» equivale a decir un coche impresionante.

Es curioso lo remilgados que nos ponemos cuando buscamos un retrete, palabra tabú para la cual utilizamos términos como aseos, servicio, “toilette”, escusado, váter, inodoro, cuarto de baño… y lo poco que nos contenemos para expresar lo que en él hacemos. Sólo delante de desconocidos, en ambientes poco familiares y, sobre todo, delante de niños es cuando intentamos suavizar los dichos alusivos a nuestras tripas con fórmulas, algunas de ellas, más que peculiares. Son frecuentes las expresiones «mecagüen» y «mecachis», o «me cago en diez», esta última en lugar de una blasfemia. Pero de todos los eufemismos me dejan perplejo los que empleamos con los críos cuando les oímos alguna frase grosera y les decimos algo así: «Mira, los niños no dicen eso; los niños tienen que decir “me cago en los perros chiquininos” o “me cago en los peces de colores”»; y los niños, que no son tontos, se ríen, “se parten el culo”; no sé si de nuestra imbecilidad o de la imaginación que deben de echar a lo que de circense tendría el espectáculo de bombardear a los perritos y a los peces; en definitiva, de nuestra imbecilidad. El caso es que sustituimos los objetivos de la deposición, pero no renunciamos a la actividad evacuativa, que, sea como sea, hay que mantenerla.

«Mojar la cama», «hacer pipí», «hacer popó»… La lista de eufemismos para reemplazar las palabras tabú es inmensa; los hay de todo tipo. Desde los clásicos, como «hacer de vientre», «tirar las bragas», «sentarse en el trono»…, hasta ecológicos: «siento la llamada de la naturaleza», «ir a plantar un pino», «voy a liberar a Willy»; sociales y políticos: «tengo reunión con el señor Roca», «voy a despedirme de un amigo del interior», «voy a liberar rehenes», «voy a echar al inquilino»; bélicos: «voy a bombardear Hiroshima»; geográficos: «voy a marcar territorio», «voy a ver Chicago»; informáticos: «voy a vaciar la papelera de reciclaje»; económicos: «voy a ver mi producto interior bruto». Respecto al verbo mear, encontramos otro inventario similar.

Un eufemismo que se utiliza a menudo de modo involuntario, porque casi nadie sabe lo que está diciendo, es la expresión «hacer aguas» en lugar de «hacer agua», dicho marinero que indica que en la embarcación se ha abierto una grieta por la que entra una vía de agua que la pone en peligro de zozobra; es decir, que algo no funciona o que corre el riesgo de desaparecer. Hacer aguas, menores o mayores, significa mear o cagar, respectivamente. Y parece mentira que todavía haya informadores que confunden ambas locuciones. Cuando dicen «El Real Madrid hace aguas en la defensa», no se lo crean. Por una diarrea colectiva, porque se hayan averiado todos los retretes del estadio, porque decidan practicar juego sucio…, no veo ni a los jugadores del Real Madrid ni a los de ningún otro equipo tirando de pantalones en las proximidades de la portería y acotando la zona con sus “pinitos”.

Sería menester algún estudio generalizado a la población, analizar el agua que bebemos, examinar detalladamente la alimentación que tomamos, revisar la medicación que nos prescriben, no sé…, algo; habría que hacer algo porque lo cierto es que con suavidad o sin ella la mierda está constantemente en nuestras bocas.