EL CÍRCULO QUE UNIFICA CULTURAS

Candela Arevalillo

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Swinside (Gran Bretaña)

Desde los albores de la Historia de la Humanidad es fácil encontrar extraordinarios y significativos vestigios de la importancia que ejercía la figura geométrica circular en los colectivos humanos. Buen ejemplo lo hallamos en los monumentos megalíticos datados entre los años 3500 al 2000 a.C., en especial durante la Edad del Bronce en Europa, en donde el típico crómlech prehistórico nos muestra cómo este diseño específico posee ya una fuerza invisible y potente que lo convierte en un objeto mágico muy especial.

¿En qué consistiría el misterio de su magia? ¿Qué características posee esta figura geométrica para presentarse ante el ser humano como poderosa imagen simbólica? Realizando un recorrido por las distintas civilizaciones, comprobamos que se sitúa en un lugar destacado dentro de la simbología de las diferentes culturas. Sin embargo, no hace falta alejarse demasiado en el tiempo y en el espacio para descubrir la repercusión que tiene este contenido simbólico también a nivel individual y personal. Basta con observar los incipientes trazos y garabatos infantiles, como un hecho inmediato y cercano que nos invita a reflexionar, porque los círculos, maltrechos y deformados por una mano aún no diestra en el dibujo, son los primeros en hacer acto de presencia. En la expresión plástica infantil podemos comprobar cómo inconscientemente surgen estas primeras formas orondas para delimitar gráficamente el espacio correspondiente al mundo interior del Yo y su individualidad; mientras que lo que está fuera del círculo trazado representaría todo lo demás: el mundo exterior que rodea a ese yo. De igual forma, desde un punto de vista grafológico, la vocal “o”, como círculo personalizado, representa al Yo y sus circunstancias, al Yo y sus vivencias: todo un microcosmos.

Y si viajamos hasta Oriente, nuestras expectativas se verán colmadas al contemplar las complejas y antiquísimas figuras mandálicas portadoras de un profundo significado, grabado en el inconsciente colectivo de esta civilización mediante este tipo de estructura. El mandala, que en sánscrito significa “círculo”, es una representación esquemática y simbólica del macrocosmos y microcosmos utilizado en el hinduismo, cuyos orígenes se encuentran en la India hace unos 3500 años, al igual que en el budismo: movimiento monástico del siglo V a.C. que surgió dentro de la tradición brahmánica.

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Saint Denis (rosetón de la catedral)

Estructuralmente, los mandalas están compuestos de figuras cuadradas sólidas, estables e inamovibles que hacen referencia a la densa materia y a los cuatro elementos, a la Tierra y al tiempo relativo junto a círculos que representan la esfera celeste y ese espíritu que todo lo engloba dinámicamente, que abarca el macrocosmos y el microcosmos. Para que esta concepción de lo creado sea perfecta, es imprescindible la presencia de un punto centralizado, un círculo o centro sagrado. A todo ello podríamos añadir que, por la Ley de correspondencia del legendario Hermes Trismegisto, cuyo conocido axioma dice: “como es arriba es abajo; como es en el macrocosmos, es en el microcosmos”, este centro podrá representar, indistintamente por analogía, el centro del universo (big-bang), o el centro del ser humano (el conocido “Sí Mismo” del psicólogo suizo C.G. Jung).

Estas configuraciones mandálicas, en versión occidental, podemos contemplarlas especialmente en los rosetones de piedra y vidrieras de catedrales, pero también este concepto lo vamos a ver materializado en las mandorlas típicas del Pantocrator del arte cristiano medieval, como resultado de la intersección de dos círculos, o en determinados laberintos situados en el pavimento de algunas catedrales góticas como la de Chartres, en donde simbólicamente se representa el camino que se ha de realizar en la vida hasta alcanzar la meta: el centro de nuestro ser o espíritu, entre otros ejemplos.

La fuerza de esta figura geométrica circular radica, principalmente, en su poder centralizador, ya que todos los puntos de la circunferencia son equidistantes respecto a su centro. Esta conexión con el centro crea un potente lenguaje armónico que sólo nuestro subconsciente puede escuchar: un lenguaje que habla de centralización y unificación de energías dentro de la diversidad, creando una cohesión y coherencia tanto a nivel universal como humano.

En consecuencia, esta representación gráfica de gran riqueza simbólica evoca un estado integrado de conciencia, un armónico equilibrio que todos, consciente o inconscientemente, buscamos ante el deseo de unificar y dar coherencia a los diferentes aspectos de nuestra personalidad; una toma de conciencia integral de sí mismo como la que puede estar realizando un niño en sus primeras expresiones gráficas. Podríamos incluso mencionar cómo, en determinadas culturas orientales, se convierte en una imagen holística utilizada para realizar ejercicios de meditación, como viene sucediendo de generación en generación en el caso de los mandalas budistas e hindúes.

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Calendario maya

Desde otro ángulo, también podemos añadir que esta enigmática imagen circular, cuando gira sobre sí misma, no tiene principio ni fin, creando una virtual y seductora eternidad: principio y fin, vida y muerte, dos conceptos en constante acecho y movimiento que se convierten en un eterno retorno propio de los ciclos de la naturaleza, como observamos en la tradición helenística a través de la serpiente-uróboro.

Anteriormente hemos señalado la importancia de un punto central dentro de esta composición, un punto capaz de ir más allá de lo real porque se permite el lujo de contener todo en potencia, pues éste puede ser el inicio de cualquier idea que proyectemos en el mundo de nuestra imaginación, incluso de cualquier teoría científica, como un big bang, por ejemplo. Posteriormente, este punto metafísico central acabará manifestándose a modo de ondas expansivas en forma de círculo o esfera: un poderoso diseño porque es el único capaz de abarcar al resto de las figuras geométricas. Ante características de esta índole que acabamos de exponer, esta configuración geométrica se convierte en un objeto “mágico”, como al comienzo se mencionaba. Esto se debe a que la imagen simbólica no requiere ningún lento proceso intelectual de comprensión, porque ésta va directa a los rincones más inaccesibles de la psique humana, siendo asimilada de una forma integral y profunda.

Y para finalizar, señalaré que la elección del título de este artículo está inspirada en una de sus valiosas y significativas cualidades que nos ha servido como hilo conductor, ya que, la figura geométrica circular, poderosa imagen evocadora de unidad en la diversidad, nos ha mostrado su capacidad para unificar culturas al compartir, en esencia, su significado simbólico.