PEDRO I LLAMADO EL CRUEL: UNA DUDA HISTÓRICA

Julián Moral

Du Guesclin IIILa imagen que transmiten crónicas y escritos coetáneos sobre Pedro I de Castilla, 1323 –1369, es, en general, la imagen histórica vista desde la óptica de los vencedores. Pero la figura de Pedro I, llamado por unos el Cruel y por otros el Justiciero (fue Felipe II quien primero le dio este título), ha sido objeto de disputa a través del tiempo hasta la actualidad desde el mismo momento de su nacimiento,  posterior subida al trono de Castilla, 1350, y en su trágico final a manos de su hermanastro Enrique, conde de Trastamara: fratricidio de Montiel, 1369.

Para algunos,  Pedro I habría sido el rey justiciero: un monarca comprometido con el pueblo, enemigo de abusos del estamento nobiliario. Para otros habría sido un rey cruel; un psicópata dominado por un complejo de manía persecutoria que convirtió su reinado en un baño de sangre, del que la alta nobleza y el alto clero fueron las principales víctimas.

Algunos historiadores siguen opinando que resulta arriesgado aceptar rigurosamente el conjunto de afirmaciones de Pero López de Ayala en sus Crónicas, aunque son, quizá, la mejor fuente de información de que el historiador dispone. Parece evidente que el Canciller –a hechos pasados y ya en la parcialidad de Enrique  II-  con un fuerte contenido propagandístico, da a su escritura apariencia de autenticidad presentando los hechos de una manera ambigua. Algunos historiadores y eruditos llaman a Ayala “hábil mantenedor de su propio provecho”. Por ello, la mayoría de ellos, a la hora de valorar el reinado de Pedro I, conscientes de la transcendencia de la crisis bajo-medieval que planeaba sobre Europa y de los hechos dramáticos que se desarrollaban en el mundo hispánico y en concreto en Castilla, no dudan en afirmar que fue un reinado frustrado en su proyección y que esto determinó, en buena medida, la evolución histórica de España. Y lo hacen basándose, en general coincidencia, en primer lugar, en el análisis histórico de los documentos político-jurídicos que nos han llegado del reinado; en segundo lugar, de la información que transmiten los escritos literarios: crónicas y romances, y en tercer lugar en un esfuerzo de estudio psicológico que trata de ajustar a la realidad histórica, la visión médico-biológica que tachaba a Pedro I de “paralítico cerebral infantil” (Dr. Gonzalo Moya).

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Palacio de Pedro I, Astudillo (Palencia)

La línea  de conducta de Pedro I de fortalecimiento del poder regio, continuadora de la de su padre Alfonso XI, chocó desde el principio con un escollo que habría de resultar insalvable: la oposición de los magnates del estamento nobiliario y clerical. Del análisis de los textos político-jurídicos del reinado de Pedro I: 1350–1369, se observa este conflicto y se desprende una imagen del monarca muy diferente a la proyectada por la historiografía en general, posiblemente condicionada ésta por la propaganda trastamarista.

El profesor Luis Vicente Díaz Martín reúne en un impresionante trabajo millar y medio de documentos del reinado: Colección documental de Pedro I de Castilla (1358 – 1369), un tercio de los cuales emanan de las Cortes de Valladolid (1351). Provisiones, cartas de privilegio, privilegios rodados, cartas plomadas, ordenamientos, albalaes…  De todo ello se deduce que Pedro I es un monarca que escucha, atiende y se pliega a las peticiones de concejos y cabildos; que trata con cautela e imparcialidad los asuntos de querellas jurisdiccionales; que respeta y confirma, si se atienen a derecho o fuero, los privilegios otorgados por su padre y reyes anteriores. Pedro I toma partido en múltiples ocasiones por los menos favorecidos, no dudando en enfrentarse con el alto clero o la alta nobleza; da autonomía a los concejos, libera de tributos testamentarios a los familiares de fallecidos por la peste negra en Écija; concede amparo a los tenderos de León contra magnates poderosos; combate el cohecho: provisión de 1352 al concejo y alcaldes de Murcia; pone freno a sus adelantados y merinos para que no interfieran en las deliberaciones de los concejos; concede privilegios a los pobladores de usufructo de montes, pastos y ríos de realengo… 

Como señala Díaz Martín en su introducción: “Al margen de su crueldad o justicia, de los enfrentamientos nobiliarios o de las repercusiones internacionales de la presión trastamarista, existe un rey muy pendiente de su reino, capaz de introducir las novedades administrativas y de gobierno que el reino necesita y que los tiempos reclaman apuntando hacia la modernidad”. Por su parte, el historiador del siglo XIX, Manuel Colmeneiro, señalaba las “altas prendas de legislador” de Pedro I: catastro recogido en el Becerro de la behetrías (l352); ordenamiento de precios y salarios para evitar la escalada de ambos en perjuicio de los más desfavorecidos: Ordenamientos de menestrales y posturas (Cortes de Valladolid 1351). Desde la perspectiva administrativa de la hacienda pública, Pedro I combatió la gran inflación generada por la peste negra de 1348, con inteligentes medidas económicas: la creación del real de plata dio fuerza y estabilidad a la moneda.

La información que transmiten los escritos literarios: crónicas y romances son una fuente de aproximación a la figura de Pedro I que nos perfila una imagen en buena medida contradictoria, según se trate de unas o de otros. Porque, en no pocos de estos últimos,  de un origen más popular, Pedro I encarna muchas aspiraciones de la gente llana del tercer estado. Señalan los eruditos literarios que los romances judeo-cristianos tratan favorablemente la figura de D. Pedro y que algunos de estos romances confirman, en su descripción de los hechos de armas, sublevaciones, sucesos truculentos, etc., que existía un fuerte sentimiento popular que concertaba con la figura y parcialidad de Pedro I.  Sensibilidad y sentimiento seguramente recogido con igual o mayor veracidad que en la Crónica del Canciller Pero López de Ayala, que no tuvo ningún empacho en cambiar de parcialidad cuando vio que los acontecimientos inclinaban la balanza a favor de Enrique.

duguesclin_brestAlgunos críticos e historiadores sugieren presiones para que el Canciller reescribiese la Crónica dando una imagen diferente y favorable a Enrique y perversa de su hermanastro. Las dos versiones de las Crónicas (vulgar y abreviada) y la ampliación por un lado y supresión por otro (en la vulgar) de frases y expresiones: “algunas cosas que estando ya fundada la sucesión del Reyno, parecía que podían ofender” (señala Jerónimo Zurita, siglo XVI) pueden interpretarse como un claro recurso propagandístico que después de una contienda siempre es a favor de los vencedores. Por ello existen serias dudas sobre si López de Ayala trató de dar una visión positiva de Enrique y negativa de Pedro para congratularse con el bastardo, lavar su imagen de tantos años en la parcialidad de Pedro (fue su doncel ya en 1353 a la edad de veintiún años) y contribuir a la afirmación de la paz de Castilla y al triunfo de la nobleza. No olvidemos, por otro lado, que la Crónica se termina en 1384, ya consolidada la nueva dinastía. El cronista francés y coetáneo Jean Froissart, menos permeable a la propaganda trastamarista vertida en los campamentos de mercenarios franceses e ingleses, trata con más equilibrio  la figura de Pedro I y, según  su Crónica, es el vizconde de Rocabertí, y no Bertrand du Guesclin, como escribe López de Ayala, quien ayuda al bastardo poniendo a Pedro a merced de su puñal.

Desde la perspectiva y análisis de la compleja personalidad de Pedro I, se puede señalar que la mayoría de los historiadores y estudiosos de su figura suelen coincidir en que tenía una personalidad influenciable al consejo de sus privados: primero, Juan Alfonso de Alburquerque; después, Juan Fernández de Hinestrosa, tío de su amante María de Padilla, y al mismo tiempo desconfiada cuando éstos afirmaban su poder y valimiento. Fue una persona muy vitalista e incansable luchador con capacidad negociadora y gran entereza en los momentos críticos. Amigo de cacerías y de mujeres, poco ortodoxo a la hora de eliminar a sus enemigos, lo que convertía posibles actos de justicia regia (su reinado fue un forcejeo y conspiración permanentes de sus hermanastros y la alta nobleza) en simples actos de venganza. De cualquier forma, aquellos que le calificaban de “aquel malo tirano que se llamaba rey” cometieron excesos más execrables a lo largo de la pugna y guerra fratricida.  No obstante, al margen de los motivos que pueden aducirse en pro o en contra de la imagen de Pedro I, lo cierto es que en su reinado se produjeron muchas muertes de la nobleza y el clero por su orden o inducción. ¿Por crueldad, por ejemplar condición justiciera, por trastornos de conducta, por su carácter violento?

Me atrevo a pensar que, en buena medida, estos actos, injustificables desde nuestra perspectiva actual, no venían derivados de una maldad gratuita de Pedro I, en todo caso, eran propulsados por las continuas acechanzas y traiciones a las que se vio sometido su reinado. Es muy probable, además, que durante su infancia se viera sometido a una frustrante postergación propiciada por Leonor de Guzmán, amante de su padre, en beneficio de los hijos bastardos de ésta, lo que contribuiría notablemente a desequilibrar y endurecer su carácter.

Por otro lado, el comportamiento de Pedro I con respecto a sus enemigos políticos se enmarca en una actitud consustancial al momento histórico, a la sociedad feudal y a una forma de ejercer el poder que no dejaba muchas veces margen entre la aplicación de la justicia y la ejemplaridad del castigo (truculencias aparte). Monarcas y coetáneos hubo (su propio padre, su hermanastro Enrique II, Pedro IV de Aragón el Ceremonioso…), que también aplicaron con frecuencia la facultad regia: justicia-ejemplaridad versus crueldad. Hay en la Montiel_CampoDeMontiel_31 del Canciller un ejemplo de noble rebelde y levantisco que asume con entereza esta realidad. A la pregunta, a punto de ser ajusticiado, de por qué ha llevado tan lejos su rebeldía contesta: “Esta es Castilla, que hace a los hombres y los gasta”.  Palabras que López de Ayala pone en boca del magnate nobiliario Alfonso Fernández Coronel y son de lo más esclarecedor respecto de actitudes y comportamientos.

Pero conviene resaltar que Pedro I, sometido desde el principio a un continuo careo de su persona y su reino (en Toro fue virtual prisionero de la nobleza en 1354 y humillado y desautorizado por ésta) sólo toma justicia o venganza de los nobles y clero rebeldes y traidores a su soberanía; nunca toma represalias contra el pueblo llano. No se puede decir lo mismo de su hermanastro y matador Enrique, que también, cuando le conviene, incumple pleitesías; por ejemplo, tras la ocupación de Carmona en 1371 ejecuta a Martín López de Córdoba y Mateo Fernández, faltando a su palabra de concederles la vida. Y no le va a la zaga a Pedro I en cuanto a métodos expeditivos. Si seguimos a Froissart, en la batalla de Montiel, las tropas de Enrique tenían orden de no dejar prisioneros vivos, sobre todo judíos y musulmanes. Y esto sin olvidar otras muertes personales o colectivas inducidas por el bastardo que López de Ayala trata de disculpar o desviar (algo que no hace nunca con Pedro I) en un claro ejercicio de diplomacia o de cinismo como relata en la Crónica tras la matanza de la judería de Nájera en 1360: “Et esta muerte de los judíos fizo facer el Conde Don Enrique porque las gentes lo facían de buena voluntad”.