La mujer muerta

José Guadalajara

 

Verde claro, descapotable, casi no pasaba de noventa. A través de la ventanilla, apretado en el reducido espacio de la parte trasera del vehículo, la visión de aquel contorno montañoso me producía siempre un escalofrío.

Era el momento del atardecer invernal, del regreso a casa tras la mañana de domingo en la Boca del Asno, con un recuerdo gélido en las manos y un sabor de merienda a pan y chocolate con leche. Las sensaciones que experimentaba durante el trayecto de vuelta a Madrid las vivía en blanco y negro, como la televisión de entonces, como en aquel popular concurso de Cesta y Puntos en el que el presentador Daniel Vindel, con sus labios de gelatina y voz de empalago, encestaba con sus preguntas a los alumnos de Bachillerato.

Casi no pasaba de noventa, pero aquella gigantesca crestería mortuoria, a la velocidad del seiscientos descapotable que conducía mi padre, se convertía en una figura tocada por un cierto movimiento cinematográfico. Tenía diez años recién cumplidos cuando escuché su nombre por vez primera en la excursión que, un día de octubre, hicimos a la sierra del Guadarrama. También venía mi hermana Alicia con nosotros. Ella, once años mayor que yo, ocupaba casi toda la extensión del asiento, y su volumen corporal hacía que viajáramos en unas apreturas inverosímiles. «¿A qué no sabéis el nombre de esas montañas?» ─nos preguntó, con aire de marisabidilla, como si fuéramos  en ese momento unos concursantes de Cesta y Puntos. «¡Anda, parece una estatua tumbada!» ─exclamé, sorprendido por aquel caprichoso trazado rocoso en cuyas pendientes, como supe después, yacían prehistóricos canchales y pedreras. Con voz pausada, realzando el adjetivo, sentenció mi hermana con contundencia enigmática: «Es la Mujer Muerta».

Ya no se me olvidó.

A ciento veinte kilómetros por hora, volví a cruzar, treinta años después, frente a aquel perfil delineado en las alturas. Conducía yo el coche. Detrás iban mis hijos. Alicia ya no estaba: desapareció una mañana de viernes, un viernes de pesadilla, y no volvimos a saber nada de ella. Tras un par de años de búsquedas infructuosas y desesperación, se celebró una misa oficial y se la dio por muerta.

Era otra vez la hora violeta del atardecer y las cumbres de La Pinareja, la Peña del Oso y el Pico de Pasapán volvían a transformarse en aquella mujer de piedra que, desde la acción glaciar del Cuaternario, reposa indiferente en una cápsula del tiempo. Escogí una de las varias leyendas que se transmiten sobre ella y, cuando terminé de contarla con el misterio prendido en la voz para hacerla más emocionante, me llovieron las preguntas ingenuas: «Papá, ¿por qué la mató el pastor?». «¿No la enterraron en el cementerio?». «¿Cómo pudo transformarse en montaña?». Papá, «¿y por qué hubo un terremoto y una espantosa tormenta?».

Inevitablemente, estas preguntas de mis hijos se impregnaron de recuerdos y voces atrasadas. Pensé en mi hermana, tan joven entonces, tan atractiva y llena de vitalidad, apenas iniciada su actividad laboral como maestra. Pensé en ella, que siempre, tras la muerte de mamá, había sido para mí una segunda madre. ¿También la habría asesinado un pastor? Su repentina desaparición había enturbiado mi vida. Dolía el dolor impaciente del desconocimiento, la ácida incertidumbre de la ausencia. Ella, que me había revelado el nombre de aquellas montañas, se había convertido también en una mujer muerta.

Llovía y aminoré la velocidad del coche. El pausado movimiento del limpiaparabrisas trazaba dos semicírculos perfectos sobre los cristales cubiertos de polvo y excrementos de palomas. Las gotas de agua, como culebrillas vertiginosas, iban desfigurando poco a poco aquel espontáneo dibujo esférico. Sentí entonces la mirada oblicua de Paula que iba en el asiento contiguo. «¿Te has acordado de ella, verdad?».

Mi hermana Alicia vivía por aquel entonces en la sierra. Recuerdo bien la plaza ajardinada donde se encuentra la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, en Manzanares El Real, cerca de su casa. Y recuerdo la intensa búsqueda que se hizo por todos los parajes circundantes, sobre todo en el embalse de Santillana y La Pedriza. Ninguna pista, ningún testigo, nada. Nunca apareció su cuerpo. Dos años después se archivó el caso. El cura ofició una misa muy emotiva y las lágrimas se cuajaron de pena e impotencia. Todos quedamos marcados por aquel trágico enigma.

La vida se consumió en preguntas. A veces, en mis excursiones, he paseado junto a las orillas del embalse, en las cercanías del castillo de los Mendoza, tratando de reconstruir con la imaginación una historia inconclusa mientras escuchaba todavía aquellas misteriosas palabras de mi hermana Alicia en el seiscientos descapotable de mi padre.

Han transcurrido casi cuarenta años desde entonces. Mis hijos han crecido y emprendido su vuelo solitario. En la primavera de 2012, mi mujer y yo abandonamos la ciudad ruidosa y las prisas innecesarias para instalarnos en esta casa de Collado Villalba.

Paula, sentada ahora en el sofá, con una revista abierta entre las manos, ha llamado mi atención con un hecho asombroso. Me quedo perplejo, sin atinar palabra, como un pasmarote incrédulo. ¡No es posible!  Me siento junto a ella y mis ojos recorren apresurados las gruesas letras rojas del titular. Nos miramos. Siento que los latidos se me aceleran. Leo deprisa, intentando encajar datos, estableciendo relaciones, buscando una explicación. Todo parece tener un sentido cabal. Todo, sin embargo, podría ser una sorprendente coincidencia. Volvemos a leer despacio la información, que reproduce también un fragmento de una entrevista aparecida en un periódico de Buenos Aires. Paula, inquieta y emocionada, reacciona enseguida: «¿No tenías una fotografía suya?». Cierro los ojos, tratando de recordar dónde la he guardado: «¡Sí, claro, una que nos hicieron en la vieja presa de Santillana, frente a la torre! Pero, ¿servirá de algo?».

El rostro de la mujer de la revista no me dice nada. No descubro ninguna asociación, ninguna marca llamativa que la relacione con mi hermana. Mientras camino nervioso hacia el despacho, bajo la luz matinal del mes de junio que entra por los balcones, en mi mente se vuelve a reproducir, en cambio, el asombroso titular de la revista: ¡Yo soy la mujer muerta!

Al volver con la fotografía y comparar las imágenes, resulta muy difícil detectar posibles semejanzas entre una joven de veintisiete años y una mujer de setenta y uno. La vida nos va despojando de identidades y difumina o hace desaparecer por completo los rasgos físicos que nos caracterizaron, sobre todo cuando la biografía, como la que reproduce la revista, ha estado marcada por una trayectoria de alcohol y miseria.

«¿Crees que es ella?», me pregunta Paula.

La mujer, una pobre vagabunda que malvive en las calles de Buenos Aires, se llama Alicia Rodríguez y, entre sus confidencias al periodista, asegura que se marchó de España hace muchos años. Su historia ha salido a la luz porque, días atrás, evitó un secuestro en el barrio de la Feria de Mataderos al interponerse entre los gritos de auxilio de una niña de pocos años y un anónimo pederasta buscado por la policía. Como consecuencia de su valiente intervención, recibió varias cuchilladas en la cara y los brazos. Al parecer, esto sucedió hace varias semanas. Ha estado reponiéndose en un hospital.

Rodríguez Conti eran los apellidos de mi hermana. De la anciana argentina solo se menciona el primero, pero hay unas cuantas referencias que encajan a la perfección con Alicia: como ella, estudió en Madrid, aunque, tras concluir la carrera de Filosofía y Letras y ejercer en Manzanares El Real, su vida experimentó un cambio absoluto. Todo fue consecuencia de «una fatal utopía» que, en contra de lo esperado, la condujo a una muerte en vida, expresión que la anciana repite varias veces en la entrevista, pero que no aclara a qué se refiere realmente. En el artículo lo han destacado con ese titular sensacionalista que, para mí, está lleno de trágicas resonancias.

Paula me mira y exclama eufórica: «¡Es ella! ¡Tiene que ser ella! Todo coincide».

«Eso es imposible: mi hermana Alicia está muerta», le respondo, aunque una chispa de esperanza me reverbera por dentro. La incredulidad y la evidencia combaten en mi pensamiento a partes iguales.

No queda más remedio que ponerse en contacto con la prensa, indagar sin descanso, rastrear pistas, disipar dudas y hacer germinar las certezas. Esta misma tarde comienzo la investigación.

Después de varios días intentándolo, los responsables de la revista con los que  he contactado no me han ofrecido nada concluyente. Me remiten al diario bonaerense donde apareció la entrevista, a la agencia Efe, al hospital, a la policía… Poco a poco he ido obteniendo algunos resultados. Pero mi cabeza es un hervidero incesante, y una idea obsesiva me conmueve y aturde. Adopta la forma de tres misteriosas palabras que me enredan y persiguen a cada paso: «Una fatal utopía», como dijo ella, sí, como dijo ella.

Duermo mal, me levanto a destiempo, voy de un lado a otro de la casa, me asomo al balcón, cojo el teléfono, discuto con Paula, he perdido las ganas de comer, sigo asomándome al balcón. No sé por qué. «Una fatal utopía». Y después, me remata el titular: ¡Yo soy la mujer muerta!

Quizá deba ir a Buenos Aires.

A los tres días recibo una llamada telefónica. Es del periodista argentino que la entrevistó en el hospital. Siento un súbito vacío en el estómago. De pie, junto a la ventana, escucho su voz cadenciosa en el auricular: «La he localizado en las afueras, pidiendo limosna. Me asegura que no es la Alicia que buscás y me insiste en que aquella mujer duerme desde hace muchos años sobre una montaña».

Al día siguiente, persiguiendo una utopía, cruzo emocionado el Atlántico.

 

Publicado en Sierra de Guadarrama.