LOS RUIDOS DE LAS PALABRAS

José Guadalajara

Replica El gritoTanto como un avión rozándome los oídos me dañan también los tímpanos determinadas expresiones usuales en el habla. Se me dirá que exagero y que la comparación no es pertinente. O bien que soy un lingüista cascarrabias. Quizá sea cierto. Pero he de confesar que un ruidillo molesto de fondo se me queda arraigado en los tuétanos cuando las escucho.

A veces es el sonido molesto de simples palabras, cual el zumbido de un mosquito nocturno haciéndome pasadas y acrobacias junto a la oreja; en otras ocasiones, son toscas frases hechas que, como pesadísimas y enojosas moscas, pugnan por no abandonar jamás el mundo de los hablantes. De algunos de estos insectos quiero dar cuenta en este breve artículo.

De última generación es, por ejemplo, la expresión que se le aplica a un individuo para referirse a él como persona íntegra o de confianza. Así, ¡cuántas veces oímos a diario decir de Pedro que es buena gente! De Pedro o de Juana, metidos ya en harina de nombres, seres individuales a los que se les da un tratamiento plural al aplicarles el sustantivo genérico “gente”: Esa amiga tuya es buena gente, en lugar de es buena persona.

De verdad que el ruido que me produce la dichosa expresión, tan arraigada en los últimos años, me provoca ya un daño acústico considerable. No me gusta nada esa dislocación semántica cuando alguien la usa casi de modo paternal. La expresión alcanza ya hasta las altas esferas celestes. Por eso no deja de ser curioso el título de un libro publicado este mismo año: Dios es buena gente.

Pero vengamos ahora a caer en otro ruido de palabras que me resulta también incómodo. ¡Qué gozada!, dicen algunos en situaciones cotidianas de distensión y recreo; otros se refieren a un libro que les gusta exclamando casi en alarde místico: ¡Es una gozada! O bien: ¡Esa película es una auténtica gozada! Las fiestas han sido este año una verdadera gozada o similares.

Confieso que no me seduce nada el uso de la tal palabra y que su audición me produce cierta repelencia. Se trata de un empleo coloquial que, en este caso, me parece sembrado de cursilería y empalago.

¿Y qué decir de otro “ruido lingüístico” que también me empacha y me aturde? Es el caso del vulgar empleo del sustantivo “pedazo” en frases como  ¡qué pedazo de jugador o de artista! Es expresión usual de presentadores de televisión y locutores de radio. Yo debo ser de otro planeta en mis gustos y sensibilidad, porque ese pedazo así empleado, tan toscamente, me cae bastante gordo.

oposiciones-bomberosPor otro lado, si de frases hechas se trata, hay dos que me resultan insufribles. Una de ellas es la repetidísima y vulgarísima -usada a manera de broma insulsa- de atribuir a la acción del tradicional butanero ciertos deslices femeninos. ¡Será del butanero!,  dicen algunos… y se quedan tan anchos. Dejo aquí constancia de que lo que me enoja en tal expresión es el hartazgo de haberla escuchado mil veces. Lo que en su origen fue una broma, ahora resulta de mal tono y escasa originalidad.

También con los oficios se relaciona la frase ¡tienes cosas de bombero! para referirse a la supuesta falta de tacto, necedad o despropósito de alguien que acaba de cometer o decir una tontería. En este caso, además de la irracionalidad de tal atribución, la expresión en sí misma me produce un particular rechazo. ¡Sin duda, porque alguna vez me la han soltado a la cara!

Otras muchas expresiones y frases hechas, ya por su falta de oportunidad o incorrección, me llenan la cabeza de ruidos, esos ruidos molestos que muchas veces se gastan las palabras con nosotros. Quizá vuelva a hablar de ellos en otro artículo.