BERTOLUCCI (DON BERNARDO)

Juan Angulo Serrano

 

Fue una agradable sorpresa cuando vi al maestro pasear por la alfombra roja del pasado Festival de Cannes para presentar su última película: Lo et toi, después de diez años de silencio por sus problemas físicos. Hasta creí que había fallecido. Pero no era así. Iba sentado sobre una silla de ruedas, pero lleno de vitalidad. Me acordé de John Huston que, pilotando un similar artilugio, rodó su última obra maestra: Dublineses.

Desconozco si llegará a verse en España y cuándo, pero no me la perderé. Creo que es el último de los grandes realizadores italianos que llevaron el cine de esa península a las máximas cotas, y sin los que hoy el cine universal no sería lo que es  (De Sica, Antonioni, Pasolini, Visconti, Rosellini, Ettore Escola, Germi, etc.). Por desgracia, Don Bernardo es el único que queda.

 Casi siempre polémico y comprometido, sobre todo políticamente. Suya es esta sentencia: “De toda película puede decirse que es política, porque aceptar o rechazar una interpretación de la realidad es un gesto político”.

Tras una fructífera etapa, que se inicia en 1962 con La comare secca, guión de Pasolini, su maestro junto con Godard, rueda la mundialmente famosa y reconocida El último tango en París (1972). Su éxito, económico y artístico, le permite abordar, cuatro años más tarde, su primera cinta de contenido histórico: Novecento. Generó una gran controversia, por su atrevimiento al plantear una oda al comunismo italiano, abordando a la vez la formación y destrucción del fascismo en ese país. También por sus 314 minutos de duración, algo impensable entonces y mal acogido por parte de la crítica y por los distribuidores ¿quién iba a aguantar sentado más de cinco horas en una sala? (Creo que esa misma circunstancia es la que impide que se pueda ver regularmente en televisión, a pesar de ser una obra maestra total).

Espectacular la relación de intérpretes, encabezada por Robert de Niro y Gerard Depardieu, no tan famosos entonces, secundados por actores de la talla de Donald Sutherland como Attila, dirigente fascista que es linchado por el pueblo, en clara alusión al final de Mussolini. Igualmente participa Burt Lancaster, años después de haber colaborado en Italia con Visconti en El Gatopardo y Confidencias.

Pero su definitiva consagración mundial le llegó con El último Emperador (1987), detallada biografía del último emperador de China, Aisin Yoro Pu Yi. Ganó, además de múltiples premios, nueve Oscar, entre ellos el de película, dirección y guión. Para la elaboración de éste, contó con la colaboración del hermano mayor de Pu Yi, Puchieh, coautor a su vez del libro autobiográfico del protagonista en la que se basa. Todo ello, además de la autorización del gobierno chino para permitir rodar por primera vez una película histórica en la Ciudad Prohibida y darle su visto bueno, consigue que sea muy fiel a los hechos históricos. Hace meses, en el canal Historia de la televisión, pude disfrutar de un estupendo documental sobre la vida de este hombre, y me parecía estar viendo la película. El parecido del actor que le interpreta, Jhon Lone, es muy notable.

Una de las bazas importantes con las que contó Bertolucci fue la dirección de fotografía, llevada a cabo por uno de los más grandes: Vitorio Storaro, que también participó en Novecento y en muchas más. Ha rodado con nuestro Carlos Saura todas sus últimas películas sobre música y baile.

Igualmente, colaboró en otra de sus cintas pseudo-históricas: El pequeño Buda, una fábula sobre la búsqueda del niño sucesor del Dalai Lama, que aborda igualmente parte de la vida de Buda, interpretado por Keanu Reeves.

Aunque sin contenido histórico, destacaría en su filmografía Belleza robada (1996), primer trabajo de Liv Tyler, una de las actrices más bellas de la actualidad, La luna o Los soñadores (2003), sobre el mayo francés del 68, visto por unos adolescentes.

       ¡Larga vida y grandes películas, Don Bernardo!