LA ENIGMÁTICA DUALIDAD DE LA SERPIENTE

Candela Arevalillo

1º inmaculada-concepcion-tiepolo-L-Ylh8teA lo largo de los siglos, y dentro del bestiario iconográfico de las Escrituras bíblicas, la imagen simbólica de la serpiente ha estado siempre asociada al Mal, al Príncipe de las tinieblas y toda su hueste, sin que nadie se atreviera a argumentar lo contrario.

Símbolo por antonomasia del pecado y del demonio, la encontramos, por ejemplo, en el Génesis, en los versículos dedicados al Pecado Original. Este escurridizo ofidio, astuto y maléfico, se presenta capaz de cometer el acto más degradante de desobediencia hacia su Creador, corroborando, con ello, las cualidades negativas que se le atribuyen.

Desde los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia, entre ellos San Efrén de Siria, proclamado doctor de la Iglesia por Benedicto XV en 1920, ante el carácter universal del Pecado Original, sugirió la necesidad de liberar a María de esta pesada carga genética que estaba arrastrando la Humanidad.

No fue hasta 1854, cuando, a través de la Bula Ineffabilis Deus, Pio IX proclama el dogma de la Inmaculada Concepción, estableciendo que María fue concebida sin mancha de pecado. Sin embargo, hasta que esto sucedió, hay constancia de que en el s. XII se desarrolló una importante controversia entre dominicos y franciscanos. Y, mientras se intentaba dar forma iconográfica a esta creencia, durante la Edad Media hizo su aparición una imagen híbrida en la que se incluían, también, aspectos apocalípticos. De esta forma, surgieron elementos iconográficos en torno a la Inmaculada con los que se representó el triunfo de María sobre el pecado, en el Final de los tiempos; un pecado con forma de serpiente bajo sus pies, como símbolo del mal y sinónimo bíblico de Satanás. De una forma contrastada, mientras la iglesia católica adoptaba el símbolo de la serpiente en su aspecto más negativo, otras culturas la veneraban.      

Admirada y temida; adorada y rechazada desde tiempos remotos, capaz de desprenderse de su piel y de renacer cada primavera, fue siempre objeto de fábulas y leyendas. Al presentar un atractivo proceso cíclico de muerte y resurrección se convirtió en un valioso objeto de interés iconológico  por su carácter metafórico.

De esta forma, las propiedades que se le atribuyeron a la serpiente de renovación, rejuvenecimiento y salud se materializaron en la famosa Vara de Esculapio, dios de la medicina; un emblema compuesto, básicamente, por una bastón de mando y una serpiente en ascenso, que se difundió en tiempos de Homero unos 800 años a. de C. Sin embargo, este culto a la serpiente presenta su máximo exponente en el Caduceo de Mercurio: emblema de paz que en la antigua Grecia llevaban los heraldos y embajadores como señal de inviolabilidad personal. El simbolismo que se le atribuye de neutralidad procede del equilibrio entre dos polos o aspectos: positivo y negativo, representados por dos serpientes que ascienden por un eje central. Fue especialmente divulgado en la etapa greco-romana, pero sus orígenes hay que buscarlos en las civilizaciones asiria, caldea y egipcia.

Hasta aquí, y a grandes rasgos, hemos dado a conocer la existencia de una polifacética serpiente que tiene mucho que ofrecer iconológicamente, porque asociada tradicionalmente, en nuestra cultura religiosa, con el principio del Mal, también se nos presenta cargada de conceptos y valores de elevada trascendencia. Ello se debe a que no puede existir sin ser inmune al principio universal de Polaridad o Dualidad: una de las enseñanzas configuradas por el mismo Hermes griego, o Mercurio romano, a través del simbolismo del mencionado caduceo.

2ª ilustración  caduceusPero, ¿quién fue Hermes Mercurius Trismegistus “El tres veces grande”? A pesar de sus remotos orígenes localizados en la era pre-faraónica, como mítico sacerdote o rey egipcio, y de su procedencia pagana al emparentarse, posteriormente, con el dios griego Hermes, sus enseñanzas se difundieron a lo largo de los siglos convirtiéndose en mensajero de sabiduría en cualquier cultura, como bien comprobamos en una representación de Hermes Mercurius Trismegistus, datada en el año 1488, que podemos encontrar en la catedral gótica de Siena. Entre las obras que se le atribuyen están: “Corpus Herméticum”, “El Kybalion” y “La Tabla Esmeralda” o “Tabula Smaragdina”, estudiada por filósofos y alquimistas en lengua latina hasta que Isaac Newton la tradujo en el s. XVII.

En el Kybalión, y a través del mencionado principio de polaridad, concepto que visualizamos gráficamente en las dos serpientes del caduceo, se establece que todo es dual, todo tiene su par de opuestos; idénticos en naturaleza y esencia, pero diferentes en grado. Los opuestos se “tocan”: todas las verdades y paradojas, pueden reconciliarse.

Esta ideología, igualmente la encontramos en el conocido símbolo taoísta del Yin y el Yang, s.VI a.C., en donde los opuestos se integran; encontrando siempre el aspecto contrario de una forma latente.

Aplicando de una forma generalizada el principio de polaridad, todos los símbolos, incluido el de la serpiente, pueden llegar a tener dos interpretaciones totalmente opuestas dependiendo del contexto en el que se encuentren. Debido a esta dualidad interpretativa, entre la serpiente pisada por la Inmaculada en un acto de victoria, y la que contemplamos en la escena bíblica de Adán y Eva en torno al Pecado Original, hay un importante matiz implícito que las diferencia, transmitiéndonos un significado distinto.

Las Antiguas Escrituras, como cualquier otro texto sagrado, tienen varias lecturas de interpretación dentro de su complejo lenguaje simbólico. El mismo planteamiento lo podemos aplicar en esta miniatura del Codex Aemilianensis del año 994. La primera lectura que obtenemos corrobora la maldad de Lucifer al rebelarse contra el orden establecido por Dios, tentando a Adán y Eva a cometer un grave error.

Pero, ¿por qué Dios, que todo lo sabe y puede, permitió que Lucifer cometiera un acto tan aberrante? Y, ¿por qué se le adjudica un nombre tan hermoso y sugerente a este Príncipe de los demonios?  Desde un punto de vista etimológico, si traducimos del latín la palabra lux-“luz”- y el verbo “fero” – “llevar”- obtenemos el sugerente nombre de El portador de la Luz; un apelativo aplicado a un importante personaje que, tras un acto de rebeldía hacia Dios, acaba “cayendo” a la tierra. ¿De qué Luz estaríamos hablando?

“Y mandó Yahvé Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:16,17)

4ª ilustración Codex_AemilianensisSegún este texto, es evidente que estaríamos hablando de la luz que “cae” sobre la mente humana proporcionando la posibilidad de adquirir conocimiento, discernimiento y libre albedrío; una verdadera tentación que nos permite acercarnos un poco más a Dios y convertirnos en pequeños dioses en potencia. Retrocediendo en la historia bíblica, una vez que la sexualidad del ser humano se bipolarizó en dos sexos diferentes – Adán y Eva-, comienza un proceso evolutivo imparable. Hay que señalar que con el ascenso a este nuevo peldaño al que nos estamos refiriendo, dentro de una escala de superación y perfeccionamiento, lógicamente, estos prototipos humanos experimentan la “muerte” de su anterior e “inocente” etapa, física y psicológicamente hablando.

Como polos opuestos que son de una misma energía, la serpiente, en su más rastrera condición, será el mejor representante simbólico del Mal, mientras que, mediante una transformación en ascenso y con dirección hacia el polo opuesto, se convertirá en la portadora de Bienes dentro del desarrollo evolutivo del ser humano.

Podemos completar esta exposición con un interesante relieve babilónico, del British Museum, en el que se representa la tentación de la primera pareja humana ante el árbol de la vida, junto a una serpiente en ascenso,- arte sumerio-acadio del año 2200 a.C.- En él se nos ofrece una imagen muy significativa que nos obliga a pensar y replantearnos la veracidad de mucha información recibida en el pasado.

Con este relieve, no sólo es evidente que existió una estrecha relación entre las tradiciones iranias y babilónicas y el relato del Génesis que nos obliga a pensar en quién plagió a quién, sino que, también, comprobamos que repite el mismo esquema reflejado en el Caduceo de Mercurio: un Árbol de la Vida como Eje Central, y dos seres de energía opuesta, pero complementaria.  Y es que, a través de la leyenda, la mitología y las crencias religiosas, desde tiempos remotos se fueron inculcando principios cósmicos, procesos evolutivos de los individuos, a través del mensaje que, a nivel subconsciente, transmiten las imágenes que ilustran las historias creadas por el ser humano.