EL GATOPARDO

Juan Angulo Serrano

Varias circunstancias se han concatenado, además de su indudable calidad, para decidirme a escribir sobre esta obra maestra y de culto, superproducción costeada entre Italia, Alemania y Francia.

Bernardo llevaba diez años sin filmar debido a un problema de salud que lo mantiene en silla de ruedas. A pesar de eso, ha estrenado recientemente TÚ Y YO (al revés en italiano). Estoy pendiente de verla, así que no puedo opinar, pero la crítica ha sido bastante positiva. He leído que es intimista y se ha realizado con un presupuesto limitado y actores desconocidos. Parece que nada tiene que ver con sus cintas más emblemáticas, espectaculares y grandiosas, como esta de la que voy a escribir.

 Por otro lado, ha presidido el último Festival de Venecia.

 Acabo de volver a verla en una versión blu-ray (que adquirí por unos 10€ en Mediamarkt). Dura 303 minutos. Creo que existe una versión aún más extendida. Esta excepcional duración, sobre todo para aquellos tiempos, tuvo una negativa influencia en su aceptación, tanto por el público como por la crítica, lo que afectó a su distribución. Ello coadyuvó también para que se haya visto pocas veces por televisión (la más reciente fue el pasado agosto en La Sexta 3, cadena que emite un cine de gran calidad). Me paré a pensar y resulta que muchas de las mejores cintas, sobre todo las históricas, tienen una larga duración: BEN-HUR, EL PADRINO, LAWRENCE DE ARABIA, CLEOPATRA, etc, y eso que los productores consiguieron acortarlas. Está estructurada dentro de un gran flash-back, que ocupa casi toda la película. Se inicia el 27 de enero de 1901, fecha de la muerte de Verdi y, a su vez, del nacimiento de sus dos protagonistas: Alfredo (Robert de Niro), nieto de un terrateniente, y Olmo (Gerard Depardieu), hijo bastardo de una campesina. A pesar de sus opuestas raíces y circunstancias, mantienen una extraña relación de amor-odio (¿homosexualidad?) que se prolonga hasta sus últimos años. Ésta dualidad impregna constantemente el argumento: ricos y pobres; fascistas y comunistas; comprometidos y desencantados; buenos y malos; ilustrados e incultos, sádicos y compasivos…

Transita sobre las cinco primeras décadas del pasado siglo y la acción transcurre en Italia, aunque puede extrapolarse perfectamente a casi toda Europa. Igual que ocurría con EL GATOPARDO, tema de mi anterior crónica, que abarcaba justamente la etapa anterior, se nos habla de un mundo que desaparece y otro que emerge con toda su fuerza. Me pregunté si a algún director italiano se le habría ocurrido seguir contándonos las épocas posteriores. Y, repentinamente, recordé que ya lo había hecho Marco Tullio Giordana, en una extraordinaria mini-serie de televisión de algo más de seis horas de duración (en Madrid y en Italia se proyectó en salas y obtuvo varios premios cinematográficos en su país y en el Festival de Cannes). La recomiendo encarecidamente: LA MEJOR JUVENTUD (2003).

Imaginaos ahora que se acercan los grises y melancólicos días del otoño y los oscuros y fríos del invierno, meterse en casita y, delante de una buena televisión, verse las tres seguidas. Por supuesto, a sorbos (¡unas quince horas!). Sería una estupenda lección de Historia pero no al uso, considerando los hechos, personajes y efemérides, sino asistiendo a la evolución de las personas y la sociedad del turbulento siglo XX.

Volvamos a NOVECENTO. Pocas veces se ha realizado un fresco tan íntimo sobre la gestación del fascismo en un ambiente rural (recuerdo LA CINTA BLANCA) y del comunismo.

Tiene una impresionante carga de dureza y de erotismo, no sólo para su época sino para cualquiera. Curiosamente, la escena más controvertida fue la de la matanza del cerdo (allí lo hacen de manera distinta a la nuestra, y no voy a entrar en detalles), pero hay otras mucho más terribles: el asesinato del niño Patricio; la muerte de su madre (una gran Alida Valli); el intento del viejo Berlinghieri (Burt Lancaster) pretendiendo violar a una adolescente; el prendimiento de Attila (Sutherland), jefe de los facciosos; los carros en procesión con los cuerpos carbonizados en el incendio de La Casa del Pueblo; como Attila mata a un gato para hacer entender a sus incultos camaradas el sentido del fascismo, etc.

Desde el punto de vista erótico, que Bertolucci había elevado todavía a cotas más altas en su magnífica EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS, hay momentos intensos (algunos no recuerdo haberlos visto en su estreno, pues aún imperaba el franquismo, aunque sí recuerdo todos los violentos): el trío de Alberto y Olmo con una joven del pueblo, cómo Alberto masturba con un rifle a su prima Angélica, y alguna más que no quiero relataros, no vaya a ser que Bernardo, al menos por entonces, era un ferviente y declarado comunista (también Lucchino Visconti). Su padre era un poeta marxista, al igual que su mentor en este arte, Passolini, lo cual hace que, en varias partes de su metraje, asistamos a un panegírico de esta ideología que, vistas ahora, llegan a producir sonrojo. Hoy, cuando los partidos comunistas de España o Italia ya no se llaman así; cuando el eurocomunismo ha desaparecido; cuando en dicho país, con Enrico Berlinger como secretario general, estuvo a punto de formar parte del Gobierno; cuando Rusia y China practican un solapado capitalismo, a veces peor que el de los capitalistas de siempre…, chirrían y bordean el ridículo escenas como la declamación de Anita, hija de Olmo, subida en un carro de heno al llegar los partisanos o casi toda la escena del juicio popular a Alfredo, sobre todo el discurso de Olmo, lo mismo que la recepción que ofrecen los del pueblo a los campesinos que bajan de la montaña y algunas más. Exagera a veces su maniqueísmo. Es prácticamente el único “pero” que puedo poner a esta magistral y épica obra maestra.

En 1984, dirigió un documental sobre Berlinger. A su funeral acudieron más de un millón de italianos.

Técnicamente, es impecable. Podrá seguirse viendo igual que el primer día dentro de otros 50 años. Memorable la fotografía de Vittorio Storaro, uno de los mejores de todos los tiempos, sobre todo con el color. En la escena de los carros con los cadáveres calcinados de los campesinos, en la que cada persona lleva un distintivo rojo, es impresionante el tono que le da a ese color. Igual que la bandera, inmensa y roja también, zurcida con cientos de retales, que ondea en la plaza del pueblo el día de la liberación. Y la textura de los interiores. A Bertolucci le encanta destacar los objetos y los ambientes. Las estancias, como la taberna, la casa de Olmo, el palacio de Alfredo, o una simple botella o mesa, se convierten en personajes. Los barridos y los zoom suaves son marca de la casa. Su amor y cariño al filmar escenas de la naturaleza, sobre todo en la primera parte, añaden belleza y poesía a una historia dura y áspera.

 Baste decir que la música es de Ennio Morricone. Cercana y sobre todo popular.

 En este caso, y debido a que la historia transcurre durante varias décadas, el reparto es larguísimo. Pero hay que detenerse en los más destacados:

Donald Sutherland, como Attila, jefe de los facciosos. Ya me impresionó en su día, pero su adaptación a un personaje tan siniestro ha vuelto a conmoverme. Creo que es el mejor de todo el plantel, en una de las interpretaciones más importantes de su carrera, y mira que tiene. Me llamó la atención que, cuando lo caracterizan de viejo, consiguen darle una fisonomía bastante parecida a la suya actual.

 Robert de Niro, el patrón Alfredo, no me llega a convencer del todo. No explota los matices a los que nos tiene acostumbrados. Casi siempre con el mismo gesto, una sonrisa displicente y distante. Posiblemente no sea cosa suya, sino del director, pero es un papel en el que no está a su altura.

 Ada, la sofisticada e inquieta mujer de Alfredo, es encarnada por una bellísima e impresionante Dominique Sanda. No destaca sólo por su belleza, sino por la intensidad que da a su personaje, uno de los más complejos y poliédricos.

Gérad Depardieu, en sus inicios, da vida a Olmo, el joven revolucionario implicado totalmente con la causa comunista. Posiblemente, alter ego de Bertolucci. Da la talla.

 Hasta los títulos de crédito no supe reconocer a Sterling Hayden, como el abuelo de Olmo. ¡Qué actor! Al principio del cine negro, aquel en blanco y negro y de perdedores, interpretó como nadie a los gangsters fracasados que solían morir al final. Uno de sus últimos papeles, y por el que será recordado, era el del policía al que Al Pacino asesina en un restaurante en la primera parte de EL PADRINO. Y por JHONNY GUITAR.

Dejo para el final a mi admirado Burt Lancaster, en un papel con reminiscencias de EL GATOPARDO, aunque aquí más rústico, pues interpreta al patriarca de la familia Berlinghieri (¿no recuerda el apellido de su amigo Enrico?). La elegancia de aquel aristócrata es reemplazada por la brutalidad de un patrón inculto que se sabe dueño de personas y haciendas. Impresiona cómo gesticula, igual que un italiano.

Rotundamente: la escena final, con Alfredo y Olmo, ya ancianos, paseando y disputando cerca del río, es una transposición del cuadro DUELO A GARROTAZOS de las Pinturas Negras de Goya.

 En definitiva, ¡IMPRESCINDIBLE!

FILMOGRAFÍA RECOMENDADA: La comare seca (1962), Prima della rivoluzione (1964), El conformista (1970), El último tango en París (1972) prohibida en España durante años. (Fue tal el morbo que despertó por ello, que partían verdaderas caravanas para verla en francés, en Biarritz y Perpignan), La luna (1979), El último Emperador (1987), El cielo protector (1990), El pequeño Buda (1993) y Belleza robada (1996).