POLUCIÓN DEMOGRÁFICA

Julián Moral

Prestigiosos demógrafos y organismos cualificados a nivel mundial en el estudio de la población y su evolución predicen  -de persistir el ritmo de crecimiento demográfico- para un futuro relativamente cercano “un colapso total”.

A finales del año 2011 la población mundial alcanzará los 7.000 millones de habitantes; en apenas cien años se ha pasado de 1.100 millones a la cifra señalada después de milenios sin cambios sustanciales en la población mundial. La mayoría de los demógrafos señalan como factor determinante, entre otros, la explosión demográfica del llamado Tercer Mundo, en el que el descenso de mortalidad sin un retroceso suficiente de la natalidad ha generado un preocupante desequilibrio. Por ello, para la mayoría de los demógrafos y estudiosos de la población este crecimiento actual es más una consecuencia de la pericia del ser humano en el control de la mortalidad, que de su pericia en la forma de reproducirse. Igualmente existe un consenso -afortunadamente generalizado, aunque no generalmente asumido-  de que si el crecimiento demográfico es una consecuencia del saber tecnológico del ser humano, el remedio (si fuese necesario) contra la polución poblacional tiene que partir de sus capacidades intelectuales y tecnológicas.     

La idea de que el crecimiento demográfico incontrolado es una de las causas más importantes de la destrucción del planeta es un tema que está en el debate ecológico actual. La escasez de agua, aire limpio, materias primas, recursos alimenticios… terminan imponiendo sus límites a una población en continua expansión. Los riesgos de contaminación y deterioro de la Tierra y su atmósfera crecen  con la densidad de población. Como señala John  Passmore: “no puede el hombre seguir multiplicándose al ritmo presente, ya que si lo hiciese, quedaría, incluso desde el más laso punto de vista, atestado el mundo, no encontraría el hombre sitio en qué yacer ni cosa con qué alimentarse”.

De la necesidad de que la población se reduzca o adecue a los medios de subsistencia ya hablaba Malthus en su Primer ensayo sobre la población, señalando la necesidad de investigar los medios de conseguir este equilibrio, ya que, lo contrario, era el “principal obstáculo en el camino de todo progreso importante en la sociedad”; no dudando tampoco en afirmar “que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor  que la capacidad de la Tierra para producir alimentos para el hombre”. La superioridad de la fuerza de crecimiento de la población sobre los medios de subsistencia nos ha dejado ejemplos a través de la historia de migraciones incontroladas que alteraron muchos de los presupuestos y esquemas sociales de los pueblos receptores. Pero, en general, una disminución en el ritmo de crecimiento demográfico de una población sin recursos era una consecuencia natural e histórica que generalmente se producía hasta la impresionante reducción de los índices de mortalidad de los últimos tiempos; diminución aquella que, si no necesariamente solucionaba los problemas de una población determinada, al menos no los agudizaba.

Los seres vivos (plantas y animales y, entre éstos, los humanos) son impulsados por un poderoso instinto a multiplicar su especie. En el ser humano, si seguimos al prestigioso antropólogo Marvin Harris, sólo la voz de la razón detiene ese proceso impulsivo en una compleja interacción con el proceso civilizador. La civilización se fundamenta en modificar, alterar, corregir, enmendar… los procesos naturales. Ese corregir, enmendar, etc., tendrá, para una misma acción, una valoración diferente según las costumbres, la moral, la religión y la ética del momento y del lugar.

Si el ser humano en el pasado (y en algunos casos y lugares, en el presente) reguló la población por medios bárbaros, influyó en la naturaleza para preservar la especie de forma natural como cualquier animal (cainismo, etc.). Si después su organización social rechazó esos métodos, una vez más estaba actuando de forma natural sobre tendencias naturales –aunque bárbaras- y en esto no se diferencia de cualquier animal que actúa en función de las posibilidades de alimentar su progenie. El asunto determinante es que el ser humano, en este ir y venir en busca del equilibrio poblacional, incorpora la inteligencia y la técnica y tiene que tener en cuenta el bagaje cultural y ético-moral-social a la hora de arbitrar mecanismos que regulen la población. El adelanto tecnológico tiene que ser una herramienta que evite métodos actualmente reprobables.

Por otro lado, es innegable que cualquier política de regulación de la población suscita problemas éticos, religiosos, culturales, sociales… y que en muchas culturas existen bastantes presiones sociales que empujan a procrear. Si nos centramos, por ejemplo, en el mensaje religioso que predomina en nuestra cultura occidental: crecer y multiplicarse fue el primer mandamiento de Dios al crear el Universo. Este pasaje en el que Yavé provoca la muerte de Onán por verter el semen sobre la tierra, es un argumento mayoritariamente  esgrimido por los padres de la Iglesia Católica para oponerse a cualquier regulación de la natalidad. Además, el complejo de que el acto sexual es algo intrínsecamente sucio y, en consecuencia, necesita justificación en la procreación, está ineludiblemente arraigado en la historia de la doctrina católica. No obstante, algunos pensadores cristianos, teólogos y jerarcas eclesiásticos –sobre todo en el mundo anglosajón-  rechazan la procreación como el objeto principal o esencial del matrimonio; y la ortodoxia católica, cuando habla de “paternidad responsable” (Humane vitae: Vaticano Segundo) yno estigmatiza la unión carnal matrimonial sin objeto de procrear en los días infértiles, está asumiendo un cierto desplazamiento del tradicional enfoque teológico al respecto.

Pero la sociedad tiene derecho a limitar fronteras y así, por ejemplo, Platón y Aristóteles ya hablan sobre la población óptima que debería encerrar las murallas de la ciudad-estado y defendían el infanticidio legal (no el encubierto) como fórmula para mantener una población sana y como práctica de regulación demográfica. Los romanos apoyaron el crecimiento demográfico y se opusieron al infanticidio ya en el período de expansión imperialista, aunque el infanticidio siguió practicándose en el terreno privado (encubierto), perviviendo el principio de uno de sus grandes pensadores, Séneca: “No es bienaventurado el que vive, sino el que lo hace con bien”. Otros pensadores, como el filósofo judeo-alejandrino Filón, combinan el respeto a la vida y un cierto ascetismo–estoicismo social que emparente con la prédica de la continencia católica.

Robert Fossier en su obra Gentes de la Edad Media señala que en el medievo la gestación de gemelos era prueba para algunas gentes de mala conducta sexual de la madre; tenemos ejemplos en la novela cortés-caballeresca, en la que con una intención moralizante y de escarmiento, se reprueban los amores pecaminosos. En El caballero del cisne se critica y anatemiza a una madre que ha alumbrado gemelos. Robert Fossier argumenta que la “escasez de gemelos que ofrecen las genealogías aristocráticas hace temer la funesta decisión del infanticidio” como forma de ocultar o limpiar el honor familiar escarnecido. En general, la miseria y la falta de posibilidades de alimentación es una de las primeras causas, a través de la historia, del infanticidio o el abandono. Descuidar a los niños en las inclusas para su muerte prematura era una forma encubierta de infanticidio y los índices de mortandad para niños menores de un año alcanzó en algunos hospitales y hospicios de la Europa del siglo XIX el 80 o 90 por ciento, amén de tener en cuenta que estos establecimientos llegaron a albergar el 36 por ciento de todos los nacimientos.

El infanticidio es la forma más radical extrema y dramática de control demográfico. Es indudable que hay que alejarse moral, ética y socialmente de este método poniéndole objeciones insuperables. La humanidad deberá aprovechar su inteligencia, capacidad técnica, organización social y herramientas legislativas (que no coarten la libertad) para evitar que la polución demográfica la retrotraiga a métodos bárbaros elevados a la categoría de necesarios.        

Otro mecanismo de control de la población: el aborto provocado de manera voluntaria ha sido generalmente practicado a través del devenir histórico. Si seguimos una vez más a Robert Fossier en la obra citada, en la Edad Media era algo corriente y desde luego clandestino y peligroso para la salud de la madre y por el castigo que suponía su práctica. En general, se utilizaban infusiones de manzanilla, jengibre, helecho…, y manipulaciones peligrosas. De cualquier forma  –señala R. Fossier-  en el siglo XIV  “varios “doctores de la fe”, como Bernardino de Siena, llegaron a admitir que podía destruirse el feto antes de los cuarenta días de vida, evidentemente a cambio de grandes penitencias, y a condición de que hubiera un motivo serio, de salud o incluso miseria”.

En el momento actual ante el problema de polución poblacional no se deben aceptar argumentos perversos, deterministas o fatalistas de regulación como la guerra, la enfermedad, las pestilencias, las catástrofes naturales…, etc. Sería poner la voluntad humana en manos de la Providencia o, en el peor de los casos, en el horror de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Para muchos demógrafos la superpoblación es, en última instancia, un problema de educación. Lo ideal sería que la planificación familiar fuera suficiente junto con la educación sexual sin llegar a imposiciones estatales (esterilización, imposición del número de hijos a través de legislaciones draconianas). La más plena liberación de la mujer y los cambios en las costumbres determinados por el cambio social, cultural y desarrollo económico, serán la base de la regulación de la natalidad y factores determinantes para asumir ese control. Pero una regulación de la natalidad apoyada en el derecho legislativo democrático, atacada y denostada por sectores sociales conservadores, nos retrotrae, en el mundo actual, al tabú de la estigmatización de cualquier avance tecnológico-científico del pasado y ello resulta preocupante. Porque la eficacia de las políticas de control poblacional se debe medir también, como señala Jacques Vallin, por su nivel de aceptación. No tiene que ser una política represiva pero tampoco campo de batallas ideológicas propiciadas por sectores ultraconservadores ligados a nacionalismos, religiones, costumbres, etc.

La conquista del control de la natalidad es un aspecto primordial de las libertades individuales y para llegar a lo que los demógrafos definen como objetivo óptimo: “una población estacionaria” a nivel mundial. Para ello, y para amortiguar las oscilaciones y fluctuaciones territoriales en contextos diferentes, se necesitan políticas de población, progreso social y cultural y desarrollo económico en los países tercermundistas  en vías de desarrollo.