Y SÓCRATES VENCIÓ A LA CICUTA

Sergio Guadalajara

Socrates-tomando-la-cicutaUn frío intenso se va apoderando del cuerpo desde las extremidades inferiores, un frío acompañado de una parálisis que deja todo a su paso tirante y agarrotado. La frialdad y la rigidez ascienden y ya alcanzan el vientre, por lo que Sócrates, ya tumbado en un camastro, se lo advierte al encargado que le había suministrado la mortal cicuta que afirma que, en cuanto ese frío alcance el corazón, el gran filósofo Sócrates morirá. Los que lo acompañan comienzan a sollozar, pero él, lejos de unirse a la tristeza general, los reprende por esa mala actitud. Ya casi sin poder moverse dirige sus últimas palabras a Critón, uno de sus discípulos: “¡Oh Critón!, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no la paséis por alto.”. Poco después su mirada quedó fija y Critón le cerró la boca y los ojos. Era el 399 a.C. y Sócrates había muerto.

Este filósofo, nacido en el 470 a.C. en Atenas, pertenecía a una familia humilde. Su padre había recibido la recomendación del Oráculo de Delfos de dejar a su hijo Sócrates deambular y criarse  a su aire, sin intentar corregirlo o educarlo, pues así lo único que conseguiría sería frustrar y frenar el desarrollo intelectual de su hijo. Así, Sócrates creció libre por las diferentes plazas y calles de la ciudad, donde se dedicaba a conversar durante largo tiempo con cualquiera, ya fuera pobre, rico, filósofo, comerciante…

Sócrates se casó con Xatipa y tuvo dos hijas y un hijo; además, participó en las batallas de Samos, Potidea, Delio y Anfípolis como soldado de infantería durante su servicio militar obligatorio. Poco más se conoce sobre su vida, pues las únicas informaciones que han llegado hasta nosotros proceden de filósofos y discípulos que vivieron en la misma época que Sócrates, como Jenofonte o Platón.

Cuando Sócrates ya contaba con 70 años de edad, fue acusado por Anito, Licón y Meleto de no creer en los dioses de Atenas, de introducir nuevas divinidades y de corromper a la juventud. En ese juicio Sócrates se dirigió en un largo discurso a los quinientos ciudadanos atenienses que componían el jurado. Puso en evidencia a los acusadores, especialmente  a Anito y Meleto, dialogando con ellos para demostrar que él no creía en “cosas de genios”, como llamaban los acusadores a los supuestos nuevos dioses, porque él no creía en “genios”, lo que hacía imposible creer en “esas cosas”. A pesar de las convincentes pruebas presentadas por Sócrates, el jurado popular lo consideró culpable por 281 votos. Hubo 220 votos a favor de que el filósofo fuera absuelto, de manera que si treinta y uno de los que votaron por condenar a Sócrates lo hubieran hecho por indultarlo, éste se habría salvado de la pena de muerte.

Entonces, según el sistema judicial griego, se debía establecer la pena que se le impondría al filósofo. Para ello se le permitía al condenado la posibilidad de sugerir a él el castigo para que después el acusador sugiriera otra opción. Finalmente, se sometería a votación la pena que tendría que cumplir el imputado.

La primera opción que sugirió Sócrates fue ser mantenido de por vida en el Pritaneo, donde los ciudadanos que habían prestado un servicio especial a la ciudad, además de los senadores, eran mantenidos y alimentados. Después Sócrates propuso pagar una quinta parte de sus escasas posesiones, lo que equivalía a cien dracmas, de poco valor en la época. Al final, y aconsejado por sus más cercanos amigos y discípulos, sugirió pagar tres mil dracmas que serían asegurados por estos últimos. Por otra parte, los acusadores propusieron la pena de muerte como condena para Sócrates. Ciento cuarenta y un jueces votaron a favor de la sugerencia ofrecida por el filósofo, mientras que trescientos sesenta atenienses prefirieron la pena de muerte. Por tanto, Sócrates debía morir.

Aunque podría haber escapado gracias a sus influencias, prefirió quedarse para acatar las leyes de su ciudad y finalizar su existencia. Poco después bebería la fatídica cicuta que le costó la vida, pero que le valió un honor y una reputación rodeados de cierta tristeza por su final, reputación de la que aún goza hoy en día.

prisionPero la verdadera razón por la que Sócrates fue condenado a la pena capital no solo fue por corromper a la juventud o no creer en los dioses, Sócrates tuvo que beberse el vaso de cicuta porque uno de sus discípulos, Critias, fue uno de los Treinta Tiranos que instauraron un régimen oligárquico en Atenas que tenía ciertas simpatías hacia Esparta y, precisamente, uno de sus acusadores combatió enérgicamente esa dictadura. Además, Sócrates había puesto públicamente en evidencia a esa misma persona, que era Anito, por la forma en que había educado a su hijo.

Hoy en día tenemos la figura de Sócrates en muy alta estima y cuando alguien termina de leer la Apología de Sócrates de Platón siente mucha lástima por aquel buen hombre que llegó a ser tan sabio. Pero, ¿es imparcial este libro escrito por Platón, el discípulo más importante de Sócrates? Es indudable que no, porque, como todo texto literario, contiene parte de ficción y parte de subjetivismo, algo obvio y normal, pues Platón tenía en muy alta estima a su maestro. De todas formas, hoy en día se sabe que Sócrates fue ese hombre sabio y de gran oratoria que describen Platón y Jerofonte, porque muchos otros testimonios de la época así lo atestiguan, a excepción de un libro, Las nubes, en el que su autor Aristófanes ridiculizó a Sócrates. Así que Platón, aunque pudiera ensalzar un poco la figura de Sócrates, no fue nada hiperbólico en la descripción de su mentor.

Poco después de la muerte de Sócrates gran parte del pueblo ateniense, apenado por la pérdida, dirigió su ira contra los responsables, de los cuales muchos tuvieron que huir de la ciudad para no sufrir ningún daño, como Anito.

Sócrates, aunque no dejó obra escrita, es uno de los pensadores griegos más conocidos y admirados, ya sea por su pensamiento y aportaciones a la filosofía (la creación de la mayéutica y su fina ironía) o por el triste final al que tuvo que hacer frente de una forma tan valiente, aceptando gustosamente la propia muerte y reprendiendo a los que lloraban ante la futura ausencia de su amigo y maestro.

Voy a cerrar este artículo de la forma que creo que es más conveniente, pues utilizaré una frase empleada por el propio Sócrates poco antes de partir hacia la muerte: “Yo he de marchar a morir, y vosotros a vivir. ¿Sois vosotros, o soy yo quien va a una situación mejor?”.