A SU PUTA BOLA

Gonzalo J. Sánchez Jiménez

Perro Patinando_800Amigo José:

Siempre me agrada recibir noticias tuyas. En tu último correo electrónico me comentas que te llamó la atención el dicho de una joven que paseaba a su perro: “¡Es que va a su puta bola!”. A continuación me sugieres la posibilidad de escribir un comentario sobre esta expresión. Pues no se hable más; ahora mismo me pongo manos a la obra, no sin antes agradecerte la confianza que depositas en mí.

Comenzamos con la documentación pertinente. Para ello recurro a los padres de la criatura, entendiéndose como tales los estudiosos de nuestro léxico. En este caso acudo primero a la madre, doña María Moliner. Busco acepciones de la palabra bola. “A mi bola (inf.; “ir, estar”). Atendiendo a su propia conveniencia sin preocuparse de los demás”. En el diccionario de la RAE encuentro: “Ir alguien a su bola. loc. verb. coloq. ir a lo suyo”.

La expresión “a su bola” es correcta. Pudiera, no obstante, parecerle a alguien malsonante por cierta asociación con otros dichos, válidos también, alusivos a las gónadas masculinas. Así María Moliner contempla: “En bolas (vulg.). Desnudo”. Y la RAE: “Echarle bolas a algo. loc. verb. coloq. Ven. Emprender con decisión y coraje su ejecución”. “Tener alguien bolas. loc. verb. coloq. Arg., Col., Hond. y Ven. Tener agallas”. En España dejamos las agallas para los peces y traducimos de otra forma.

Cierto es que cuando la chica habla del comportamiento de su perro no suena muy bien. Pero ello se debe a la aparición de otro elemento que podríamos clasificar como un refuerzo, un intensificador, en este caso con valor de adjetivo, que utilizamos para dar énfasis: es la palabra puta; que en muchas ocasiones queda desprovista de su carga significativa habitual para adquirir otros valores.

José, entre nosotros, ¿cuántas veces has querido decir a ese alumno que no hace más que incordiar en el aula algo como esto?: “Mira, majo, como te comportas de pena, y no haces caso de nada, márchate a la calle y no vuelvas en tu vida”. Ya sé, ya sé que me vas a decir dos cosas: primero, que esto es lo que desearíamos, pero no lo hacemos y no por falta de ganas ni porque la circunstancia no lo requiera -pensando en el beneficio de la clase y del resto de alumnos-; y segundo, que sinceramente tampoco lo pensaríamos así tan suave, tan “light”; como poco diríamos “Mira, majo, como te comportas de puta pena y no haces puto caso de nada, márchate a la puta calle y no vuelvas en tu puta vida”. Y otra cosa es, ¿verdad?

Así, tampoco es lo mismo que el perro vaya a su bola que a su puta bola. En ambos casos el chucho va a su aire, a su voluntad. Pero en el segundo queda constancia de que su voluntad no es la misma que la de la joven y de que no hay beneplácito por parte de esta. Se logra la vehemencia expresiva mediante la palabra puta.

bola-de-billar-roja_17-221141534La evolución lingüística refleja el desarrollo de una sociedad a través del tiempo y también la permanencia de algunos valores. Yo te pediría ahora, José, que hicieras un ejercicio en el que eres un auténtico maestro. Viaja al pasado. Siente el pulso de la historia. Siglo XVIII. Prusia. Königsberg. El filósofo Kant paseando a su can. Tal vez, en aquella época, ante la misma actuación del animal, su dueño no diría que “va a su voluntad”, “a su aire”, y menos aún “a su bola”. Tal vez ni siquiera se lamentaría en estos términos: “¡Es que va a su libre albedrío!”.

No, no, tampoco. ¿Piensas como yo? Esto es lo que Kant diría: “¡Es que va a su puto libre albedrío!”. Lo que en realidad evidenciamos es la función elocuente del taco; sin olvidar su valor didáctico, ya que es lo primero que se aprende de una lengua extranjera. Política y socialmente incorrecto, a veces -¡manda huevos! es necesario para que el hablante libere tensiones; o como pragmática arma disuasoria con el fin de que el oyente haga caso de nuestro mensaje y de nuestra intención, porque puede que asuste más una palabra fuerte y fuertemente pronunciada que cien razones cívicamente expuestas; o simplemente busque proximidad entre los interlocutores, pues parece que el taco confiere al discurso un nivel más coloquial.

Unas preguntas. ¿Cómo hablamos nosotros? ¿Hablamos correctamente en cualquier situación? ¿Habrá gente que nunca diga tacos? ¿Cómo hablará un académico? Aunque sea difícil de creer, conozco a algunas personas, muy pocas, a las que nunca se les ha oído un taco. Ahora te contaré una anécdota. He tenido la gran suerte de conocer a más de cuatro grandes maestros lingüistas a través de algunos cursos que he realizado. En la inauguración de uno de ellos, hablaba el conferenciante de los cambios de registro, precisamente. Afirmaba que nadie, incluido él, hablaba igual en casa, que en sus clases o en un ambiente distendido. Pues tuve la gran suerte de comprobarlo en más de una ocasión tomando un aperitivo con ellos al término de algunas sesiones, con un grupo reducido de asistentes. No mentía. Tanto él, como otros dos de los eruditos docentes, hoy académicos los tres, sufrían una drástica transformación integrándose perfectamente en la camarilla. A juzgar por su vocabulario, te aseguro que alguno de ellos parecía un emigrante que estaba aprendiendo las primeras nociones de castellano. Y esto no se lo digas a nadie, pero ¡qué ilusión me hacían esos momentos…!, porque era en ellos cuando veía a esos monstruos, que tanta envidia me daban por toda su sabiduría, como personas normales. Sí, José, era envidia, puta envidia.

Ellos sabían y podían cambiar el registro. Lo malo es cuando no se puede porque no se sabe. Una cosa es soltar una maldición cada diez o doce palabras y otra, soltar una palabra cada diez o doce maldiciones. Nos pasamos al campo contrario. Como decía el maestro, cada situación, cada contexto, exige su registro. ¿Recuerdas las películas y los programas de televisión y de radio de hace unos años? En los de producción nacional no se oía un solo taco; tampoco en los doblajes de películas extranjeras. Un guión cinematográfico, una entrevista, un debate… puede requerir alguna expresión malsonante, que hasta puede quedar bien, pero eso: alguna. Lo que se oye ahora en los medios, sencillamente da pena. Hemos pasado de poner la guinda al pastel a la triste pobreza lingüística de que, encima, hacemos gala.

Y hasta aquí mi comentario a tu sugerencia, que me ha parecido muy bien, pues últimamente estaba un poco menguada mi imaginación. Así que busca otra para la próxima entrega porque yo, ahora mismo, no tengo ni idea, amigo, ni puta idea.

Un abrazo.