DE LOS NOMBRES DE LOS SITIOS

José Guadalajara

salida-a-la-gasolinea-a6-la-pasarela_originalUn hablante de español o castellano, metido en su automóvil a la busca de la dirección correcta que ha de seguir para llegar al punto de destino de su viaje, no puede sino agradecer a los responsables de cartelería de la Dirección General de Tráfico no solo la indicación correcta de su itinerario sino la extrema amabilidad que se gastan en algunas ocasiones.

Así, pues, vaya mi agradecimiento más sincero en este sentido, ya que hace unos días, asentado al volante de mi coche en un viaje que emprendí hacia el noroeste de la península ibérica, me encontré con un panel informativo de grandes dimensiones en donde se indicaba la ruta que buscaba. Decía así: A CORUÑA, con esa “preposición” delante que, como un dedo estirado, me señalaba la autovía ineludible que debía tomar para llegar a mi destino.

Lo que me resulta raro —e incluso discriminatorio— es que cuando he viajado en coche a Sevilla o Barcelona, por ejemplo, no me haya encontrado con un panel similar, ya que, en vez de A SEVILLA o A BARCELONA, solo he visto grabado sobre el “panelón” un escueto SEVILLA y BARCELONA, carente de esa “preposición” tan amable y cariñosa de la DGT.

Ante esta discriminación provincial o autonómica con que se trata a los automovilistas según se dirijan al noroeste, sur o noreste de España, yo he llegado a la lógica conclusión de que quien ha realizado o mandado realizar el referido panel de A CORUÑA ha de ser gallego necesariamente. ¿Por qué? Y me digo: ¿Y por qué no?

Lo que ya entiendo menos es que, habiendo añadido la “preposición”, ningún trabajo le hubiera costado añadir también el artículo, circunstancia que yo, con mi buena fe o ingenuidad, atribuyo a una falta de presupuesto. Pero, en fin, me digo yo, tampoco hubiera sido tan gravoso hacer ya las cosas bien del todo, pues por una pequeña cantidad de pintura y dinero se podría haber dejado el panel “niquelado” y completo: A LA CORUÑA.

Sin embargo, ayer mismo me llevé una gran decepción. Un buen amigo gallego, mientras picoteábamos un suculento plato de pulpo y unas gambichuelas cocidas, junto con unos vinos, me sacó de mi grave error morfológico en el que, como hablante de castellano, había caído. Y es que lo que yo consideré “preposición” en el panel informativo resultó no ser tal, sino un “artículo”. Que ¿cómo? La diferencia estaba en que no hablábamos de la misma lengua, porque lo que es artículo en gallego es preposición en castellano.

dedo-indiceAsí que, en definitiva, el “dedo estirado” de la A contenido en el panel de la autovía no era otra cosa que la representación del artículo femenino en lengua gallega, correspondiente al artículo LA en castellana lengua. De este modo, lo que en realidad decía el “panelón”, una vez traducido, era simplemente LA CORUÑA, denominada A CORUÑA en la lengua del noroeste.

Mi amigo, riéndose a vivas carcajadas, celebró mi tosca ignorancia, aunque yo, con temple de hierro, en vez de sentirme corrido (entiéndase avergonzado), le hice una demostración rápida de por qué yo no tenía que ser políglota ni sabedor de todas las lenguas del mundo.

La ocasión se me presentó propicia enseguida, ya que, hablando de un viaje de negocios que mi amigo tenía que realizar la próxima semana al centro de Europa, resultó la siguiente conversación:

—Mañana me voy a Alemania.

—¿Cómo? —dije yo—. ¿Será a Deutschland?

—¿Qué? ¿Es que eres alemán?

—No, pero tampoco soy gallego.

Rápidamente comprendió la ironía de mi discurso.

Metidos ya en estas harinas, no entiendo por qué los hablantes de castellano o español vamos a tener que sentirnos obligados desde ahora a decir o escribir casi por obligación social A CORUÑA en vez de LA CORUÑA, Euskadi en vez de Vasconia, Lleida en vez de Lérida, Girona en vez de Gerona, por poner algunos ejemplos dentro del ámbito hispánico. Pero lo mismo sucede si nos trasladamos a otras geografías europeas. ¿O es que si viajo este verano a Francia deberé decir que me voy de vacaciones a La France? ¿O que tomaré este fin de semana el avión a London? ¿O que me iré a pasar una semana a Firenze para empaparme de la cuna del Renacimiento en esta magnífica ciudad?

Desde luego parece que, por razones políticas y pueriles reivindicaciones, se busca en los últimos años rizar el rizo a la lingüística. No niego con esto que un hablante gallego pueda y deba decir Rias Baixas, que un hablante catalán pueda escribir o hablar del Alt Ampurdá o que un vasco pueda decir Gasteiz, lo mismo que un norteamericano está en su derecho de hablar de New York o un italiano de Venezia cuando usan sus correspondientes lenguas. De la misma manera, un francés, en su idioma, podrá pronunciar L´Espagne, un inglés Spain y un alemán Spanien. ¿O no hago yo lo mismo cuando adapto al español los nombres de sus naciones respectivas y hablo de Francia, Inglaterra y Alemania? Entonces, por la misma razón, ¿por qué voy a tener que decir A Coruña, Barna, Lleida o Donostia?

Sinceramente, estoy cansado de estas tonterías; estoy hasta la coronilla de oír anunciar al hombre del tiempo que en los próximos días habrá grandes lluvias en Ourense cuando está hablando en castellano. Que lo diga así si habla en gallego, pero que diga Orense lo mismo que dice Múnich en vez de München cuando se refiere a esta ciudad alemana.

banderas-autonomicasA algunos se les ha pegado a la piel, y hasta en el corazón, esta extendida costumbre que han puesto de moda los medios de comunicación y algunos paneles de carretera. En muchas ocasiones llega ya hasta tal punto que en mis clases de lengua, cuando he explicado el tema del catalán y citado su zona lingüística de expansión, algunos alumnos no sabían qué provincia era Lérida ni dónde estaba, pues, desde su nacimiento, han oído hablar de Lleida y, claro, ambas palabras no se parecen tanto en su forma exterior como para que un estudiante de segundo o tercero de secundaria pueda llegar a asociarlas. Así estamos.

Y así estamos, contaminando la lengua con políticas y nacionalismos, contaminando el idioma, que es puro en su esencia y digno en cualquiera de sus variantes, con aspectos ajenos a la Filología. La lengua es una construcción humana creada para desvelar el pensamiento y permitir la comunicación. Ésa es su función primordial. Hay lenguas, como es lógico, que nos gustan más que otras, por su sintaxis, por la sonoridad y belleza de sus palabras, lo mismo que nos puede gustar más, por ejemplo, una orquídea que una rosa, o viceversa, lo que no quita que a ambas las estimemos como flores sin tratar de estigmatizarlas.

Solo pido coherencia lingüística. Solo pido que si me encuentro en Toledo o Madrid o Sevilla o Albacete, es decir, en zonas de habla castellana, no se me cambien los nombres de las cosas por pura tontería o falsas interpretaciones. Si hablamos o escribimos en castellano, hablemos y escribamos en castellano; y, si lo hacemos en gallego, catalán o vasco, hablemos o escribamos también en gallego, catalán o vasco. Que no salga luego uno en la pantalla confundiendo las cosas del idioma, porque si, hablando en castellano, hace pronósticos de temperatura para Lleida también tendrá que hacer lo mismo con Barna… y con Sweden, Nederland e Ireland ¡por lo menos!

¡Y que si quiero ir por la A-6, desde Madrid hacia el noroeste de la península, no se me mande a Fisterra, sino a Finisterre, o sea, al Fin del mundo!