LA NATURALEZA EN EL MUNDO ANTIGUO

Julián Moral

Señala Antonio Escohotado (Filosofía y metodología de las ciencias) que H. Frankfort, un eminente egiptólogo, mantenía “que la diferencia fundamental entre el hombre antiguo y el moderno es que para el segundo los fenómenos de la naturaleza son impersonales, mientras que para el primero son, en general, un “tú” situado a caballo entre lo pasivo de la impresión y lo activo de la fantasía.”

Siguiendo la argumentación de A. Escohotado, para el pensamiento “prefilosófico” la naturaleza está llena de vida (como un “tú” animado) y lo singular y lo general se funden como totalidad. Posteriormente  –seguimos a Escohotado-, el pensamiento arcaico describe la naturaleza y se relaciona con ella con formas metafóricas (leyendas y mitos orales) que contienen una visión particular de lo real. Visión que observa y aprecia la oposición de contrarios: luz/oscuridad, fuego/agua, orden/caos… dando existencia al mito o a los mitos: dioses benéficos/maléficos, héroes/monstruos, dotando así de vida a la naturaleza.

Esas divinidades que el hombre y el pensamiento arcaicos invocan en busca de ayuda, protección y socorro son, pues, el trasunto de elementos naturales: el agua de la fuente de Farsalia, el roble sagrado de Zeus en Dodona, animales de buenos o malos agüeros, o incluso, alguna peculiaridad natural del lugar como la falla del Oráculo de Delfos. Observamos, pues, como el poder pasa de los elementos naturales a la divinidad y lo que ello puede implicar de manipulación ideológica. De todos estos elementos naturales y su relación con las divinidades encontramos referencias ya escritas en Homero, Esquilo, Eurípides, Herodoto, y, posteriormente en Estrabón, Diodoro, Plutarco…

Ya dentro del pensamiento propiamente filosófico (tradición greco-latina y judeo-cristiana) hay que hacer mención de Empédocles (V a.C.) y su sistema de los cuatro elementos: fuego, agua, aire y tierra, como fuerzas que gobiernan el mundo natural. Se trata de una  cosmogonía naturalista que también observamos posteriormente en la visión panteísta de Plinio el Viejo (23–79 d. C.) en su Historia natural, que ocupa 37 libros y que es una ingente obra que aporta infinidad de noticias naturalistas y que ejerció enorme influencia hasta el inicio de la modernidad.

Pero el misticismo de la naturaleza que venera a ésta como divina y le asigna dioses o diosas y la visión cosmogónica-panteísta no anulan otras visiones que contemplan al ser humano en el papel de dominador de esta naturaleza para administrarla y transformarla. Hay una frase del Fedro de Platón que ya nos señala pistas sobre la dicotomía naturaleza/sociedad: “en todo lugar es obligación de lo animado el velar por lo inanimado.

Aristóteles se encuentra entre los pretendidamente precursores de la ecología moderna. La “ecología” de Aristóteles alcanzaría su mayor expresión en su tratado Historia de los animales. Sus escritos al respecto suelen oscilar entre dos características, una de recuento de observaciones de la naturaleza y otra más sintética de algo parecido a teorías, como por ejemplo cuando dice: “Los animales pelean entre sí cuando ocupan las mismas áreas y cuando utilizan los mismos recursos para vivir

En general, en la filosofía griega hay dos grandes líneas de pensamiento: una, la física y la lógica especulativa que devienen en ciencia natural; otra, la ética y antropología filosófica que dan luz a la ciencia social. De estas dos grandes líneas se deriva la relación del hombre antiguo (y creo que también del moderno) con la naturaleza, con su conocimiento, aprovechamiento, conservación y/o destrucción.

Afirman algunos especialistas y estudiosos de la historia de la ecología que Occidente encontró la justificación de su despotismo sobre la naturaleza en el mensaje recogido en la Biblia: el Señor creó al hombre “para que domine sobre los peces del mar,  sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven en ella” (Génesis 1:26). Pero la tradición judía también se debate entre una visión depredadora y otra, digamos, más conservacionista, que queda patente entre lo señalado anteriormente del Génesis y lo ordenado a Noé para preservar la vida sobre la tierra antes del diluvio. “Y Jehová dijo a Noé:s entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación. De todo animal limpio traerás de siete en siete, macho y hembra; mas de los animales que no son limpios, dos, macho y hembra”  (Génesis 7:1.2).

También tenemos noticia de esta dualidad en el conflicto entre agricultura y ganadería que encontramos implícito en el relato de las ofrendas  a Jehová  de Abel (ganadero-trashumante) y Caín (agricultor-sedentario). Jehová rechaza las ofrendas de Caín y acepta las de su hermano Abel, despreciando una forma de aprovechamiento de la naturaleza: la agrícola, que, para ciertas élites del pueblo elegido, entraba en conflicto con la tradicional de pastoreo y ganadería. También en los Salmos de David encontramos composiciones de alabanza a Jehová, que pone a disposición del hombre el heno y las bestias y a continuación señala que Dios no ama menos a los animales salvajes: “Llénanse de jugo los árboles de Jehová, los cedros del Líbano que Él plantó. Allí anidan las aves; y en las hayas hace su nido la cigüeña. Los montes altos para las cabras monteses; las peñas y madrigueras para los conejos” (Salmos, 104: 16.17.18).

Como vemos, dos maneras, dos visiones, dos filosofías de interpretación del mensaje bíblico respecto a la relación del hombre con la naturaleza: la de éste como dominador absoluto del medio natural que le interesa en la medida que le reporta beneficios y la del ser humano en el papel de “buen pastor” que gobierna su rebaño (la naturaleza) de manera que llegue al amo (Jehová) en las mejores condiciones (Ezequiel, 34: 3.4).

Esta misma visión dual la encontramos en los filósofos greco-romanos posteriores a Aristóteles, principalmente entre estoicos y epicúreos. Al hilo de los argumentos de John  Passmore  (La responsabilidad del hombre frente a la naturaleza) los estoicos (ya sin  dioses por medio) defendieron la noción de la naturaleza aparejada para el servicio del hombre; idea ésta defendida también por los apologistas del pensamiento aristotélico cristianizado y por la tradición patrística (San Pablo, San Agustín), pues el cristianismo tiende a ser decididamente antropocéntrico. El estoico Orígenes (Contra Celso, IV) criticaba al epicúreo Celso (67–130) la afirmación de éste de que “las cosas fueron creadas para los animales irracionales tanto como para los racionales”. También el epicúreo Lucrecio (99 – 53 a. c.) en De rerum natura, libro 5, repite la absurda idea de un mundo concebido por Dios al servicio del hombre: “un necio proyecto mal ejecutado”. Posicionamientos éstos que encierran un fuerte contenido ético-ideológico, que desprecian o cuestionan  la posición antropocéntrica en unos casos y en otros la reafirman tratando de hacerla prevalente.

Resumiendo: ya en el Mundo Antiguo nos encontramos con estas dos interpretaciones principales de la dialéctica relacional del ser humano con el medio natural y que, en su forma más radical, planteaba, por un lado, un proteccionismo que observaría con preocupación la perturbación del equilibrio natural y que en su vertiente mítico-religiosa vería, en algunos casos, como impío cambiar las cosas que deben su fisonomía al Creador,  y, por otro lado, la que planteaba la modificación del entorno a capricho y voluntad del hombre, pues todo se creó para él y su provecho.

A partir de estas visiones de la naturaleza y su relación con ella, la actuación de los humanos va modificando el entorno natural. Modificación que tiene mucho que ver con el ingenio personal y la aportación tecnológica que el ser humano pone y aporta en  este proceso de transformación. Y ya en el siglo XXI, con una naturaleza en parte degradada, en parte transformada y en parte conservada, continúa el viejo debate entre utilitaristas y conservacionistas.