NI REY NI ROQUE

Patricio de la Escosura

Comenzamos con esta crítica una breve selección de novelas históricas que, a lo largo de seis números, pretende ilustrar el comienzo de la novela histórica española. Durante un año, por tanto, trataremos de hurgar en la expresión de nuestro género en el siglo XIX para invitar, en seis breves reseñas, a reconocer su evolución hasta llegar, nuevamente, a Benito Pérez Galdós.

Al tratar de proyectar nuestra habitual selección a tan ajustado propósito, creo que, pese a que hay una serie de títulos que ya están programados, también sería interesante que nuestros lectores, desde el foro, participen de esta granada elección y nos indiquen qué novelas consideran lo suficientemente relevantes para aparecer en nuestra selección, cuáles están pensando leer –ajustadas al criterio indicado- y deseen compartir mi particular punto de vista o, simplemente, aquellas que desearían debatir con los colaboradores de nuestra Página. Lanzado, pues, el guante, comencemos con una obra que considero fundamental en nuestro propósito: Ni Rey ni Roque de Patricio de la Escosura.

No puedo eludir comenzar mencionando que el origen de esta elección surgió hace ya varios años en Madrid, ciudad de origen de nuestro autor, nacido a comienzos del siglo XIX, en un punto en común de los bibliófilos madrileños, la Cuesta de Moyano. En uno de esos días en que, provisto de poco dinero y mucha apetencia lectora, volvía a mi hogar con una buena mochila de libros; vine a dar con una serie de volúmenes de novela histórica entre los que se encontraban El doncel de Don Enrique El Doliente o esta que ahora nos ocupa. Un volumen humilde, de letra pequeña y márgenes escasos, preñado de tantas erratas como encanto. Tardé un tiempo en iniciar su lectura y, he de reconocerlo, no tanto en concluirla.

Ni Rey ni Roque es una novela histórica con todo el encanto del romanticismo. Ambientada en los umbrales del siglo XVI, traslada una serie de aventuras acontecidas a Don Juan de Vargas, a un pastelero y a una buena dama que, como no podía ser de otra manera, se enamora y deja prendado al bueno de Juan. Aunque sería injusto con el autor desvelar en qué consiste, la trama se complica, sembrándose de intriga, cuando se mezcla la leyenda / suceso de la desaparición del Rey Sebastián de Portugal, sobrino de Felipe II.

Escrita en 1835, estamos, por tanto, ante una de las primeras novelas históricas de nuestra literatura. De hecho, para algunos la “más histórica” de esta época, por mucho que se esfuerce su autor en convencernos de que su destierro, acaecido apenas comenzar su redacción, le privó de documentos, libros y, en fin, de amigos a quienes consultar. No flaquea, ciertamente, en este punto, pese a ser en buena parte una recreación de este enigma histórico, lo que, por otra parte, contribuye a hacer recomendable su lectura.

Efectivamente, estamos ante una novela influida por el nuevo género instaurado por Walter Scott; es más, está orgullosa de estarlo. No menor relación presenta con el adalid de nuestras letras, Cervantes, apoyo constante en la narración de un hito que apenas se anticipa diez años a la publicación de la primera parte del Quijote. Las referencias al primero son, aparte de las expresas, obviamente, parte del estilo narrativo. El propio autor nos hace, además, un inciso en el que justifica su presentación de los hechos, a veces no demasiado ajustada a la cronología, aludiendo al nuevo estilo romántico. No en vano, fue amigo personal de uno de nuestros grandes autores de dicha época, José de Espronceda. La libertad narrativa, en cambio, no es excusa para una correcta presentación histórica, como hemos mencionado, si bien, el desarrollo de la trama se ve perlado por algunos tintes de humor, heredados, sin duda, del escritor alcalaíno.

También tiene un fiel escudero, Pedro, y un caballo que no obedece a sus intentos, apresándole la pierna en una curiosa escena en la que el deseo de localizar a su amada pugna con el destino (algo tan romántico) en tan jocosa peripecia. Un arrebato de locura, un teatrillo o alguna hilarante conversación son las que convierten en quijotesco al amante de Inés, que así se llama nuestra Dulcinea o, para más señas, la pastelera.

Patricio de la Escosura se vale de sus tiempos para explicar el pasado, algo que ya veíamos en Walter Scott, y no excusa motivos o temas para hacer juicios de valor sobre elementos de la época; de hecho, Felipe II tampoco sale muy bien parado inicialmente.

Los personajes se construyen, por norma general, lentamente. El caso de Gabriel es excepcional en este sentido, aunque razonable en aras a construir el misterio que pretende atrapar al lector. Ahora bien, como es razonable, no hay profundidad psicológica en los protagonistas; Juan de Vargas, por ejemplo, actúa la mayoría de las ocasiones por impulso, por pasión si se quiere.

Esta pasión, precisamente, es la que lleva a la prudente Inés y a nuestro joven a un hecho curioso. En efecto, si en un principio Don Juan la corteja sin mayores pretensiones que obtener qué yantar la mañana en que llega a Madrigal, en capítulos posteriores reconoce haberse prendado de la doncella al punto, siendo, de alguna manera, correspondido por ella sin haber dado muestras –y no precisamente por recato- de ello.

Los valores aparecen salpicados a lo largo de la novela. Es curioso cómo de la Escosura retrata el poco pudor de algún personaje (Violante, por ejemplo, muy aficionada a los hombres) en una concepción del siglo XVI que, de puro natural, a menudo tiende a obviarse. Porque no en vano presenciamos una de las épocas en las que las licencias amorosas, por mal vistas –y, hay que decirlo, visión peor heredada- no estaban ausentes. También la arrogancia de Gabriel o la del propio Juan dan muestras del altanero aire con que la aristocracia mostraba.

Pero, como hemos dicho, uno de los puntos fuertes de Ni Rey ni Roque es el misterio. Constantemente acudimos a la narración de sucesos enigmáticos que, narrados hábilmente, atraen la atención del lector. Esto hace que la novela, a su manera, tenga cierto dinamismo pese a algunas píldoras de difícil digestión en que se narran, por ejemplo, episodios de corte. Sin embargo, la presencia de aventuras como el motín popular –casi al comienzo- o el apresamiento del bueno de Juan, aderezado por el afán de moneda de alguna mujer o conspiraciones que no conviene apuntar más que para invitar a su lectura, compensan con creces esta cuestión.

En conclusión, no podemos tildar la novela que proponemos este mes de “actual”, “vanguardista”, o aberraciones similares de las que tanto gustan –gustamos- los críticos, pero sí se puede acudir a ella con la garantía de leer una buena novela. Es más, para el amante de la novela histórica, podríamos llamarla imprescindible. Efectivamente, contiene todos los ingredientes que pudiéramos desear en cualquier obra literaria, incluido un toque leve de humor. Misterio, amor, aventuras se mezclan para regalarnos un estupendo relato histórico. Ahora bien, hemos de leerla como lo que es, una novela romántica, con sus toques pasionales y algún trazo de lo que llamaremos costumbrismo. A su favor, aprovechar el misterio de la desaparición del Rey de Portugal acudiendo a una época apartada de la tan añorada Edad Media, lo que, en cierto modo, supone una apuesta arriesgada. No cabe duda, una gran novela.