EL ASESINATO DE NAPOLEÓN BONAPARTE

Sergio Guadalajara

Napoleon¿Es cierto que uno de los mayores estrategas de la Historia fue asesinado? ¿O, por el contrario, murió por causas naturales? Estoy convencido de que alguna vez han escuchado que Napoleón falleció de cáncer de pulmón lo mismo que su padre, pero algunas nuevas investigaciones han cuestionado esta teoría basándose en viejas pruebas y hechos que hace tiempo no se tuvieron en cuenta. La teoría que a continuación narraré ya ha sido expuesta en diversos medios y hasta se le han dedicado documentales televisivos.

Al levantarse de la cama la mañana del 18 de julio de 1815, Napoleón no podía saber que su exitosa carrera política y militar estaba a punto de concluir. Francia fue derrotada en la batalla de Waterloo y el Emperador destituido del gobierno. Abdicó y fue desterrado en la Isla de Santa Elena hasta el día de su muerte, que no llegaría hasta seis años después.

Oficialmente, Napoleón murió de un cáncer de pulmón a los cincuenta y un años de edad, pero, ¿hasta qué punto es cierta esta afirmación? El ayudante de cámara de Napoleón, Luis Marbrand, cortó unos mechones de pelo de su señor a las pocas horas de su muerte y los guardó en su casa como oro en paño hasta que, en la actualidad, sus descendientes los descubrieron y permitieron que formaran parte de diversos proyectos y estudios destinados a aclarar el fallecimiento del Gran Corso. Los resultados fueron sorprendentes: los cabellos contenían una cantidad extremadamente elevada de arsénico: 51,2 partes de arsénico por millón cuando la cifra normal en aquella época era de 0,08 partes por millón. Estos datos dejaban claro que durante, por lo menos, sus últimos seis meses de vida, Napoleón ingirió enormes cantidades de arsénico. Si tomamos en serio estas referencias, podremos afirmar que Napoleón fue asesinado.

Para acabar con uno de los mayores genios militares de la Historia el asesino utilizó el método más sofisticado y eficaz de los que tenían los envenenadores del siglo XIX: el envenenamiento latente por arsénico. El proceso constaba de dos fases: la primera consistía en proporcionar a la víctima arsénico de forma continuada y discreta durante un periodo de tiempo largo; la segunda y última fase era la que provocaba la muerte de forma casi inmediata, el “golpe de gracia”, que era efectuado con un veneno más potente.

En el caso de Napoleón la primera fase comenzó al poco tiempo de llegar a la isla de Santa Elena, en 1816. En ella se le proporcionó el arsénico de forma clandestina, pero ¿qué medios empleó el asesino para que no se notara que Napoleón era inexorablemente emponzoñado? Pudo ser escondido en cualquier sustancia o alimento, porque una de las propiedades que posee el arsénico es la de ser incoloro, inodoro e insípido. En la comida, sin embargo, no fue posible que fuera camuflado, puesto que de ella daban buena cuenta todos los habitantes de la casa y nadie más debía resultar envenenado. Fue en la bebida sin duda donde se le echó el veneno, ya que ésta no era compartida: Napoleón bebía un vino que era traído especialmente para él desde África. Únicamente él tomó ese vino durante su estancia en Santa Elena.

Napoleón en Santa Elena

Napoleón en Santa Elena

Iniciada esta primera fase, se preguntarán ustedes por qué el asesino tuvo tanta paciencia a la hora de acabar con Napoleón. ¿No sería más fácil proporcionarle una dosis mortal de cualquier otro veneno y acabar cuanto antes con esta tediosa misión? Si el envenenador tenía la intención de levantar las sospechas de todo el mundo desde luego que sí, pero como creo poder afirmar que no era el caso, el encargado de terminar con Napoleón decidió aparentar que fallecía de causas naturales y de un progresivo desgaste físico para evitar que nadie planteara la muerte del Emperador como un evidente asesinato.

Después de pasar unos años en la isla sometiendo a un envenenamiento progresivo de arsénico a Napoleón, el asesino decidió acabar su trabajo suministrándole una combinación de venenos mortales. El primero de todos ellos, el sirope de almendras amargas, puede parecer que posee un nombre un tanto inofensivo, pero no puede aplicársele ese adjetivo a su composición química. Contiene ácido prúsico, aquel que emplearan los nazis para llevar a cabo su “solución final” y aniquilar a millones de personas en los tristemente conocidos campos de concentración. Este veneno, al combinarse con otro en el estómago, el calomel, forma cianuro de mercurio y provoca la muerte a los pocos días de su ingestión, tal y como le sucediera a Napoleón

El 22 de abril de 1821 se le empezó a suministrar a Napoleón el sirope de almendras con el pretexto de que era para calmar su sed (la sed constante es uno de los síntomas de envenenamiento por arsénico). Un mes más tarde su médico le prescribió calomel para curarle de un aparente constipado que padecía. Ahora mismo pensarán que está claro que el asesino fue su médico, pero no es así, porque en aquella época el calomel era el remedio más eficaz para luchar contra un resfriado. La anomalía del caso reside en la cantidad ingerida de calomel: a Napoleón le suministraron 10 gramos de calomel, cuando lo normal en la época era tomar un cuarto de gramo de la misma sustancia. Al combinarse el sirope de almendras y este último elemento en el estómago se formó el mortal cianuro de mercurio. El aparato digestivo de una persona sana lo hubiera vomitado, pero no el de Napoleón, que había sido debilitado con el arsénico y otras ponzoñas. A las cuarenta y ocho horas el Emperador murió.

Montholon

Montholon

¿Quién fue el autor de este encubierto y “casi perfecto” crimen”? Tuvo que ser alguien que hubiera estado en Santa Helena entre la llegada de Napoleón y la muerte del mismo. Si descontamos a las personas que no cumplían estos requisitos, solo restarían Luis Marchand, el ayudante personal de Napoleón, el conde de Montholon y el almirante Bertrand. Éste último vivía en una casa muy apartada de la de Bonaparte, por lo que no pudo ser él, porque el asesino tenía que estar en contacto constante para echar los venenos en el vino del Emperador. Luis Marbrand no tenía motivo alguno para envenenar a Napoleón, puesto que había trabajado desde siempre para él, le era leal y fiel y le profesaba un amor cercano al que se le tiene a un padre.

El asesino fue, pues, Montholon, que sí que tenía motivos para cometer el asesinato porque Napoleón le había destituido del cargo de embajador al casarse con una esposa que él no aprobaba, por lo que podía guardarle cierto rencor. No era éste el único motivo, ya que su padrastro era un íntimo amigo de los Borbones y de sus partidarios, contrarios a Napoleón. Fue amigo del influyente conde de Artois (futuro Carlos X), que en más de una ocasión le sacó de un aprieto, como en aquella en la que robó dinero destinado al ejército y él intervino con todo su poder para que fuera perdona Napoléon en su lecho de muerte. ¿Por qué una persona que contaba con estas amistades y tanto poder se embarcó hacia una isla perdida en medio del océano (a casi tres mil kilómetros de la costa africana) en la que tendría que vivir por lo menos unos cuantos años? Creo poder responder a esta pregunta. Montholon era un enviado de los Borbones al que le encomendaron la misión de asesinar a Napoleón para evitar que éste se escapara y recuperara el poder en Francia.

Otra curiosa coincidencia es que Montholon fue quien animó a los médicos a que se le administrara calomel al enfermo, según el relato de varios testigos oculares y según consta en el diario del médico personal de Napoleón. Tampoco debe ser despreciado el hecho de que, cuando murió el sumiller de Napoleón, quien se ofreció para ocupar el puesto fuera el conde de Montholon, circunstancia que le permitiría mantener así un control total sobre el vino que se le servía al Emperador.

Si aún piensan que no son suficientes los argumentos expuestos les presentaré algunos más: unos días antes de que Napoleón comenzara a tomar el sirope de almendras, Montholon pidió que se hiciera llegar una caja de almendras amargas, ¿curioso no? De todos los que estuvieron en Santa Elena durante la estancia de Napoleón fue el único que no escribió un diario o unas memorias donde recogiera los quehaceres del Emperador.

Queda así esclarecido uno de los muchos enigmas de la Historia.