CAMBIO CLIMÁTICO Y ACTIVIDAD HUMANA

Julián Moral

Analizaré en este artículo el fenómeno del cambio climático, actualmente en primera línea de actualidad, desde una perspectiva que se aleje de los aspectos multidisciplinares puramente técnicos y especializados y se centre más en cuestiones histórico-filosóficas, tratando de suscitar dudas, insinuar aspectos, reconsiderar esquemas, despertar inquietudes y profundizar así en un mejor y mayor conocimiento del fenómeno, dentro de las naturales limitaciones de espacio y especialización a las que soy deudor.

Partimos de la idea de que el Universo (y la Tierra dentro de él) es un conjunto activo desde el primer segundo del BIG-BANG (o desde el primer segundo del GÉNESIS, si otros lo prefieren), sometido a una serie de leyes con una dialéctica de cambio previsible en ciertos aspectos e imprevisible en otros muchos.  En este proceso cósmico, el planeta Tierra ha pasado por diferentes períodos con sus consecuentes convulsiones, cambios, catástrofes, evoluciones, etc., y los seres vivos, con mayor o menor intensidad, han sido y son agentes activos en esa dialéctica de cambio y transformación, adaptándose, evolucionando, poblando, dominando o extinguiéndose en esa dinámica ciega del caos al orden y del orden al caos.

La aparición en la Tierra del homo sapiens implica para ésta una nueva perspectiva: el ser humano evoluciona y se adapta a esos procesos, pero, a medida que progresa en esa evolución y aumenta su capacidad de raciocinio, su potencial de influencia se vuelve cada vez más activo y dinámico respecto a las transformaciones a que está sometido el planeta. Este influir de los humanos en el entorno en que se desarrollan sigue un proceso paralelo al de cualquier ser vivo, determinado, principalmente, por la capacidad de crecimiento como especie. Pero, apoyado en ese mecanismo de racionalización y conocimiento del medio, el hombre incorpora la tecnología y la utiliza como palanca para transformar y dominar el medio con el objetivo de preservar y aumentar la especie. La “conquista del fuego” y su utilización como energía para calentarse, como técnica para manipular herramientas y metales, significó un salto cualitativo para el crecimiento de la especie y supuso el primer paso del homo en la carrera sin tregua por el control de la energía: el fuego de los dioses, el acto de rapiña perpetrado por Prometeo, que fue condenado por los propios dioses al tormento del monte Cáucaso donde un buitre le roe las entrañas.

No cabe duda de que la influencia del ser humano en la transformación o alteración del medio es un continuum que ha pasado por diferentes gradaciones de intensidad. En un principio, y durante muchos siglos, las tecnologías rudimentarias y poco desarrolladas y la escasa presión demográfica no hacían temer ni sospechar una alteración radical del medio.  No obstante, algunas prevenciones sí las hubo ya en la Edad Media y algunas legislaciones trataron de controlar las masivas roturaciones y la tala indiscriminada. Veamos lo que señalan Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vega en su Breve Historia de España: “En contraste, arrecia peligrosamente la acción deforestadora del paisaje ante la necesidad de madera en las atarazanas, viviendas y carbonerías. Los árboles de tardo crecimiento  –roble, castaño, haya- caen en talas incontroladas mientras crecen raudos los pinares de las sierras del Duero, Sistema Central y Serranías Béticas. La Meseta saldrá muy perjudicada de este asalto que obliga a continuas regulaciones de la repoblación forestal. En Castilla, la normativa de las Cortes de Valladolid (1351) o el fuero de Vizcaya son buenos ejemplos de la preocupación ecológica”.

Posteriormente, la progresiva industrialización, la navegación, la máquina de vapor, el ferrocarril, etc. significan un nuevo impulso que, junto con el aumento de población, acelera un proceso que en la actualidad, con la gran presión demográfica, el consumo globalizado, la sobreexplotación de materias primas y recursos y el consumo exponencial de energía, están presionando en el equilibrio global del planeta de una manera objetivamente comprobada: lluvia ácida, daños en la capa de ozono, efecto invernadero, calentamiento global.

El nacimiento y ascenso del movimiento ecologista en el último tercio del siglo pasado comenzó a poner de relieve esta certeza de la vulnerabilidad del planeta a las actuaciones depredadoras del ser humano, y ríos de literatura inundaron e inundan las librerías. La cruzada de Al Gore, Una verdad incómoda, está en el epicentro de esta actualidad y estos debates y genera posicionamientos de la comunidad científica, de políticos y gobernantes, de instituciones y corporaciones y de gran parte de la ciudadanía más o menos profana en este complejo fenómeno. Y es que, a pesar de diferentes y cruzados puntos de vista con respecto a la profundidad del problema y de las soluciones que habría que aplicar, a pesar del conflicto de intereses contrapuestos y enfrentados, a pesar de las dudas sobre la realidad y magnitud de la catástrofe anunciada, consignas como desarrollo sostenible, crecimiento cero, consumo responsable, ahorro energético, biodiversidad, calidad de vida, etc. están presentes en la realidad política y social del momento.

Por otro lado, no todas estas perversas alteraciones anunciadas tienen para la comunidad científica el mismo nivel de credibilidad empírica. La consecuencia desastrosa, estrella en estos momentos, es la teoría del calentamiento global con su rosario de alteraciones catastróficas como resultado de la modificación radical de los hábitats actuales, emisiones de gases, etc. Pero, como recoge el diario El País en su edición del 15 de junio de 2008 (Javier Sampedro), fenómenos como la “pequeña edad del hielo”, que afectó a Europa entre los siglos XVI al XIX, producto del enfriamiento de la corriente del Golfo de México que templa la costa atlántica europea (en esa época la presión humana no sería relevante en el fenómeno), podrían cuestionar o aminorar la teoría del calentamiento si previsiblemente vuelve a repetirse la miniglaciación como consecuencia de un nuevo enfriamiento de dicha corriente, pero, esta vez, como resultado del también previsible deshielo de los polos. Como vemos, a la propia dinámica irracional-natural del Universo y del planeta se suma la dinámica racional-irracional del ser humano como un todo de racionalidad-irracionalidad cósmica.

También conviene señalar que la irregularidad en la respuesta climática estacional es dudoso que venga determinada por la presión humana o sólo por ella; la irregularidad climatológica estacional no es un fenómeno nuevo. Seguimos aquí al Arcipreste de Talavera en su obra El Corbacho escrita en el siglo XV.

E así Nuestro Señor segund la su grand benignidad nos castiga por mortandades, malos tiempos, adversidades, sequedades de pocas aguas, guerras, enfermedades, pasiones, tribulaciones, dolores de cada día e afanes; que ya los tiempos no vienen como solían, por que los ombres e criaturas non biven como bibían; que agora en el verano faze invierno e en el invierno verano. En el invierno truena e relampaguea con rayos contra natural curso, e en verano serena e non llueve sinon piedra e granizo. Estas cosas e otras veemos de cada día por nuestros pecados e meresçimientos, que ya los antiguos que viven dizen: “Nunca tal vi; nunca tal oí; nunca me acuerdo de tal tiempo tan fuerte, tan crudo, ni tan seco, nin tan caluroso”. En tanto que bien vee el ome ciertamente que ya los tiempos non son los que solían.

Como vemos, este pasaje podría ser incorporado en la actualidad a cualquier manual argumental del movimiento ecologista. De hecho hemos escuchado y escuchamos opiniones calcadas (quitando las connotaciones religiosas) a las del Arcipreste entre  personas del movimiento ecologista y sobre todo a personas de la calle: “ya no hay invierno, ya no llueve como antes, ahora los veranos son más cortos o más largos”, cuando, en realidad, si observamos las estadísticas climatológicas de las que se tienen referencias, veremos que un año que actualmente nos parece irregular se asemeja, como dos gotas de agua a otro de hace muchas décadas.

Eran fechas en las que la influencia en el clima del ser humano ni era determinante ni estaba en la preocupación de la comunidad científica, política o ciudadana con la virulencia que en la actualidad. No obstante, no estoy dudando de las alteraciones del medio que se detectan en nuestro tiempo, simplemente trato de constatar que determinados fenómenos climatológicos cíclicos o menos cíclicos ya se producían cuando el ser humano y su actividad agraria e industrial tenían mucha menor incidencia. Lo que me inclina a pensar que la alteración climatológica estacional que se argumenta actualmente, si verdaderamente es tal, tendría un componente natural y otro forzado o que refuerza debido a la actuación del ser humano, que, a la postre, no deja de ser un agente ciego más (o ciego clarividente, dos veces ciego: “no hay mayor ciego que quien no quiere ver”).

No quiero terminar sin hacer una breve reflexión al tratamiento o visión que se ha dado en la literatura a las catástrofes naturales y alteraciones del clima, pudiendo señalar que, generalmente, en estos casos siempre hay un agente culpable principal: el ser humano, aunque su implicación en la catástrofe sea en todos los casos nula, salvo lo que de culpa se le puede atribuir en la actualidad.

Veamos como recoge la Biblia el llamado Diluvio universal, que no fue tal, sino localizado  en la antigua Mesopotamia.

“Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la Tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente al mal” (VI. 5).  “Y dijo Dios a Noé: El fin de toda carne ha venido delante de mí; porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos: y he aquí que yo los destruiré con la tierra” (VII. 13). “Y fue el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el agua, y se elevó sobre la tierra” (VII. 17).

De la misma forma, Jehová castiga con las siete plagas que asolan Egipto la contumacia de un hombre: el faraón. A Sodoma y Gomorra las barre de la faz de la tierra con el fuego divino (posiblemente una lluvia de meteoritos) por los pecados nefandos de hombres y mujeres. Igualmente veíamos antes cono El Corbacho cargaba las tintas de la inestabilidad climática a los pecados de los hombres. En la Edad Media hay toda una tradición escatológica centrada en la venida del Anticristo y apoyada en los diferentes escritos apocalípticos  donde se anuncian grandes desastres y desolación para los hombres y la Tierra. Seguimos a José Guadalajara en su obra Las profecías del Anticristo en la Edad Media: “Los hombres y las mujeres de la Edad Media vivieron aterrorizados por la inminente aparición del Anticristo. El fin de los tiempos estaba próximo: catástrofes naturales, quemas, epidemias, hambres,…” destacando en este sentido el capítulo LXXX del Libro de Enoch “donde se nombran prodigios de naturaleza sorprendente como alteraciones del curso del tiempo, recesiones en la agricultura, cambios climáticos, desajustes en la órbita lunar, mudanza de estrellas y, como cierre, una admonición contra los pecadores”.

Y actualmente, y una vez más, son los hombres, el ser humano –y esta vez sí, influyendo con su pecado de avaricia, sordo y contumaz; con su pecado de soberbia, ciego y cobarde; con su pecado de estulticia- al que está en el ojo del huracán del desastre, muchas veces en un delirante e hilarante discusión de “galgos o podencos”.

Pero no perdamos la esperanza y escuchemos la voz del poeta:

Sonríe tierra voluptuosa de alientos

de frescura,

tierra de árboles umbríos y dormidos,

tierra de fluir cristalino cuando la luna

llena te ilumina de azul,

tierra de luz y sombra que jaspean

la corriente del río,

sonríe porque llega tu amante

pródiga me has brindado tu amor,

te doy por ello el mío,

mi inefable amor apasionado.

                    (Walt Withman, Canto a mí mismo)