COSAS DEL HABLAR

Laura Esteban Araque

Es cierto que a buen entendedor pocas palabras bastan, pero ¿por qué no hacer que esas palabras sean correctas y biensonantes frente a un mal uso de la lengua? Podrán llamarnos muchas cosas, pero nunca malhablados.

A menudo, nos cargan a los jóvenes con la fama de ejercer un mal uso de la lengua… y, en muchas ocasiones, no se equivocan. Pero no sólo somos nosotros, sino que esta moda de hacer que a los filólogos y estudiantes de Filología se nos abran las carnes está presente en niños, adultos y ancianos. ¡Hay para todos!

No vamos a meternos con las variedades a la hora de usar la lengua -con nombres propios de trabalenguas- según un estrato social, la procedencia o la situación comunicativa en la que nos encontremos, sino que vamos a hacer un repaso por las lindezas que nos hacen sangrar los oídos.

Cuando hablamos, tendemos a economizar. Tenemos suerte de que el español sea bastante flexible en comparación con otras lenguas. Mientras que en otros idiomas es necesario incluir siempre el sujeto en las oraciones, en español ni siquiera tenemos por qué terminar las frases. Todos hemos vivido una situación del tipo: “tráeme lo de…” “¿el qué?” “sí, eso, que está…”, “¡ah! ¡Lo de… eso!”

Parece que tenemos tendencia natural a economizar, y es que el quitar elementos a las frases no se queda ahí. Hay veces en las que ni siquiera terminamos las palabras. Las víctimas de estos agravios lingüísticos suelen ser “para”, “todo”, “pues”, “nada”, etc. Planteemos una situación práctica:

Una madre y su hijo han ido a pasar la tarde a un centro comercial. El niño tira de su madre para ir a la sección de juguetes dispuesto a probar suerte.

-Mamá, ¿me compras esto?

-¿Pa’ qué lo quieres si ya tienes de to’?

-Pos pa’ jugar.

-Anda, anda… tira, ¡y no me pidas na’ o nos vamos pa’ casa!

Los verbos tampoco se salvan de las masacres a la hora de hablar. ¿Qué tenemos en contra de sus terminaciones? ¿Por qué tenemos tendencia a Bilbao, al bacalao y al Cola-Cao?

Pongamos por ejemplo la misma madre y el mismo niño de antes:

-¡Haz los deberes antes de ver la televisión!

-¡Si ya los he terminao, mamá!

-En ese caso, ayúdame a poner la mesa. He preparao macarrones pa’ comer.

-Pero todavía no he acabao de dibujar.

-Bueno, pues recoge ya. Y hazme un favor, baja a comprar el pan, anda. Pero ponte una chaqueta, que hoy ha refrescao.

Y aún encontramos otras expresiones que muchos ni se plantean que estén mal, sino que las sueltan y se quedan más anchos que largos. Tenemos, por ejemplo, las universalmente utilizadas palabrotas, también conocidas como insultos, palabras malsonantes o tacos, que ahorraré escribirlas por ser de sobra conocidas por todos. Y es que tienen múltiples usos: con ellas expresamos sorpresa, encabezan una frase, son interjecciones, expresamos nuestro enfado o nuestra ira, nos quejamos, insultamos a la gente -curiosamente, muchos utilizan estas expresiones que tildaríamos de peyorativas como apodo cariñoso para con los demás. Para gustos, los colores- o, simplemente, las decimos cuando no sabemos qué decir. Hay que añadir, además, que son este tipo de expresiones las que primero aprendemos cuando hablamos una lengua extranjera y por las que primero nos interesamos. Compruébenlo ustedes mismos.

¿Y quién no ha dicho alguna vez “alante”? Pues, efectivamente, está mal dicho. No nos cansaremos de repetir que es “adelante”, pero está ya tan extendido que muchos ni se paran a pensar que no es correcto. ¡Pobres miembros de la RAE! Y aún encontramos casos parecidos a éste. Estoy segura de que todo el mundo hemos escuchado alguna vez a alguien decir cosas como “delante mía”, “al lado suyo”, “detrás nuestra”. ¡Terrible! Pero tampoco podemos abalanzarnos sobre los hablantes de a pie y pegarles con la Nueva Gramática de la Lengua española porque, fíjense si no me creen, los periodistas y reporteros no se hartan de decirlo. Se escucha en la televisión, en la radio…

Hasta ahora, todas las patadas al diccionario de las que hemos hablado no tienen restricciones de edad, pero lo que vamos a ver a continuación vamos a relacionarlo rápidamente con un grupo determinado: los jóvenes. Y es que parece que el ser joven es una excusa para no hablar bien, ¡pues no, señor! Aún quedamos algunos que tratamos de cuidar la expresión.

No hacen más que repetir ripios absurdos o expresiones con las que quedan “muy modernos”. Habrá que ver qué pensarán en un futuro cuando echen la vista atrás y se recuerden hablando así. Pues nada, no pasará nada, ¿por qué? Porque se excusarán en su juventud. Reproduzcamos una conversación escuchada en el metro:

-Joe, tía, tengo que ir a hacer la matrícula. Si total, ¡sólo es cambiar las que me han quedao!

-Yo ya la haré, aunque pa’ lo que voy a ir a clase… ¡me voy a ir más de pellas este año…!

-Está to’ guapo, ahora nos dejan salir en el recreo. Ya no tendremos que esconder los pitis cuando pasen los profes.

-¿Te vienes esta noche de botellón al parque? Va a ser una fiestuqui de p*** madre.

-De fijo que voy, tía.

-O sea, es que va a ser total.

Ya hemos visto que hablar, hablamos, pero la liamos en muchas ocasiones. Y si hay más flexibilidad al hablar que al escribir es en esto último donde los errores duelen más, ya que ahí quedan patentes y,  si eres estudiante, además te quitan puntos.

No vamos a entrar en las faltas de ortografía ni las tildes, pero sí vamos a ver, como curiosidad, la importancia de las pausas.

Cuando hablamos, no lo soltamos todo de golpe y porrazo sino que paramos, cogemos aire… Cuestión de vida o muerte, nunca mejor dicho. Y al escribir, es lo mismo, puesto que reproducimos lo que luego haríamos oral. Y como para muestra, un botón, acudamos una vez más a un ejemplo.

¡Vamos a comer, niños!

¡Vamos a comer niños!

¡No somos conscientes de cuán importante es la presencia de un grafo mínimo como la coma! En el segundo ejemplo, Saturno se frotaría las manos dispuesto a sentarse a disfrutar de su almuerzo. Luego, Goya lo pintaría.

Del mismo modo en que en la lengua hablada encontrábamos malos ejemplos al alcance de todos (gente de la televisión y la radio), no va a ser menos en el ámbito de la escritura. En cualquier caso, es cuanto menos sorprendente saber quién es el detractor a la hora de escribir. ¿A que no lo imaginan? ¡La Real Academia de la Lengua Española! Todos habrán oído, aunque sea de refilón, los cambios que han realizado José Manuel Blecua y demás y con los que estudiantes de Filología, filólogos (¡incluso doctores!) no estamos del todo de acuerdo. ¿¡Qué es eso de quitar tildes a diestro y siniestro!? Se sea un truhÁn o no, el guiÓn está escrito. Vaya manera de facilitar las cosas. ¡Adónde vamos a llegar! No somos muchos los defensores de las tildes, pero no me irán a negar que aceptar en el diccionario palabras tales como “asín” o “muslamen” no es desprestigiar la lengua de Cervantes, el vehículo de transmisión de ideas y el privilegio comunicativo que tenemos y que fue usado con maestría por Lope, Larra, Lorca, Alberti, Neruda, Benedetti, Clarín, Laforet… ¡sié levantaran la cabeza!

Tras este repaso sobre el mal uso de la lengua (hablada y escrita), ¿pa’ qué más? Tiremos p’alante como podamos. Cuando el prestigio de la lengua esté acabao, na’ más podremos hacer. ¡Mientras no nos quiten la Ñ, nos daremos con un canto en los dientes!