EL COMPROMISO DE CASPE, ¿ACUERDO O IMPOSICIÓN?

Julián Moral

Compromiso Después de la desaparición de Martín el Joven, muere en 1410 sin descendencia su padre el rey de Aragón Martín el Humano, dejando la corona a quién  “por  justicia le correspondiera”. El reino entra en un período de inestabilidad, vacío de poder  y disputas entre pretendientes, y el Papa Luna, Benedicto XIII, propone la designación de compromisarios para elegir al sucesor al trono “de entre las personas de hombres con temor de Dios que sepan los derechos e leyes de vuestros reynos”.

Así, el llamado Compromiso de Caspe reúne en esta ciudad del reino de Aragón nueve compromisarios, tres por cada uno de los principados de la Corona: Aragón, Cataluña y Valencia, para elegir por votación al rey que sucedería a Martín I el Humano. El 30 de junio de 1412 resultó elegido entre otros pretendientes (Conde de Urgel, Alfonso de Gandía y  Luis de Calabria) el infante don Fernando de Antequera, hermano de Enrique III de Castilla, y nieto y sobrino respectivamente de Pedro el Ceremonioso y Martín el Humano, que gobernaba Castilla junto con Catalina de Lancaster durante la minoría de edad de Juan II, su sobrino, y demostrado honradez y juicio para el gobierno. La toma de Antequera, que le dio sobrenombre, le había rodeado a su vez de una gran aureola de prestigio. El de Antequera tuvo que reducir por las armas al Conde de Urgel y aceptar, presionado por los consejeros de la Generalidad catalana, cumplir y hacer cumplir las leyes de la Confederación.

A partir de esta elección, prácticamente todo el poder peninsular estaba en manos de la casa Trastamara, enlazando estrechamente los reinos de Aragón y Castilla. Así, al consolidarse la rama menor de la familia a través del de Antequera y sus hijos, los infantes de Aragón (Alfonso, futuro rey de Aragón con el sobrenombre de Magnánimo; Juan rey consorte de Navarra; Sancho, maestre de Alcántara; Enrique, maestre de Santiago, además de los lazos de sus hijas María y Leonor, casadas con los reyes de Castilla y Portugal), la conexión de Castilla y León había dado el primer paso firme para la posterior unión de Isabel y Fernando: los Reyes Católicos, marginando definitivamente las aspiraciones dinásticas catalanas, representadas por el Conde de Urgel.

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Colegiata de Santa María la Mayor (Caspe)

Hasta aquí una descripción sucinta del proceso en el que flotan una serie de incógnitas e interrogantes. ¿Por qué sale elegido quien menos vinculaciones políticas, territoriales y de fundamentos de derecho tenía en la Confederación, jurídicamente excluida; además, la línea femenina de la que procedía el de Antequera, por el testamento de Pedro el Ceremonioso? ¿Por qué se ocultaron los documentos de las deliberaciones y sólo se pudo hacer pública  la votación de cada compromisario? ¿Por qué unos territorios, sobre todo el catalán, tan celosos de su independencia político-jurídica-territorial, eligen al pretendiente que representaba, cuando menos en teoría, una posibilidad muy real de absorción del territorio por el otro gran reino peninsular y cuya política atlantista podía desviar la tradicional política mediterránea de la Confederación? ¿Qué había detrás de la política expectante y dubitativa y del tibio apoyo al Conde de Urgel de Cataluña?

Es evidente que la ocultación de los documentos de las deliberaciones con los datos de las discusiones, consultas, dudas y certezas de cada uno de los compromisarios, obliga a los historiadores a montar hipótesis basadas en los respectivos posicionamientos, méritos, poder, influencias, presiones y tácticas seguidas por cada uno de los pretendientes y seguidores, pero hurta los motivos, dudas, temores, intereses, esperanzas y argumentos expuestos por cada uno de los compromisarios.

En general, los historiadores coinciden en el gran prestigio y poderío militar de Fernando de Antequera, su decisivo apoyo a las respectivas facciones vencedoras que, tanto en Aragón como en Valencia, estaban enfrentadas en el interregno por la sucesión. Coinciden también en que la posición influyente del de Antequera en la poderosa Mesta castellana determinó que los intereses de la floreciente industria textil catalana mirasen con buenos ojos a este pretendiente. Igualmente, señalan que la opinión de los territorios de la Confederación estaba sumamente dividida. A esto hay que añadir la sumisión del de Antequera a Benedicto XIII y el apoyo de éste a través de los influyentes compromisarios valencianos: los hermanos Vicente y Bonifacio Ferrer. Porque, efectivamente, Benedicto XIII y San Vicente Ferrer apoyan al Infante porque ven en él al hombre fuerte capaz de disciplinar las discordias civiles en el territorio y ayudar a terminar con el cisma que dividía a la Iglesia: “un solo rebaño, un solo pastor”.

Conviene resaltar también un factor que tuvo enorme trascendencia en el desenvolvimiento de los hechos y el desenlace final. García Fernández de Heredia, arzobispo de Zaragoza, firme partidario de Luis de Calabria y que se oponía también a la elección del Infante, fue asesinado supuestamente por seguidores de Jaime de Urgel, debilitando la posición de Luis de Calabria y desprestigiando al de Urgel.

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Documento del Compromiso de Caspe

Pero en el análisis profundo de las causas, formas y consecuencias, los historiadores difieren dándose dos líneas de interpretación claramente encontradas: la castellanista y la catalanista. Menéndez Pidal, del lado castellano, presenta el Compromiso “como la muestra de la autodeterminación de un pueblo”: una suerte de resultante del anhelo de unidad de los dos grandes reinos ibéricos, que imaginaba, además, la pragmática visión pactista catalana. Del lado catalán se afirma (Ferrán Soldevilla) que no hubo tal autodeterminación, ya que no se trataba de elegir un candidato sino de determinar quién tenía más derecho a la Corona de acuerdo con los argumentos jurídicos. Para historiadores como Bofarull y Luis Domenech i Montaner, la solución de Caspe fue una imposición de facto por parte de Castilla; de “iniquidad de Caspe” la tacha Montaner.

Para Jaime Vicens Vives, más ecléctico, la claudicación de Cataluña fue patente; su relativa paz dentro de la inestabilidad de la Confederación hace pensar que en su actitud poco beligerante y a la expectativa prevalecieron más los intereses económicos que ser el eje político sobre el que basculase la Confederación. En general, la línea catalanista señala la parte opaca, oscura, críptica del Compromiso, apuntando a su vez la recurrencia al soborno del de Antequera en la persona de la Condesa de Urgel para que su esposo renunciase. Finalmente, la línea catalanista apela al convencimiento legalista en que se apoyaba el Parlamento catalán (con mayoría urgelista) para no tener que recurrir a ninguna medida de fuerza que pusiese al Conde en el trono, convencidos como estaban de que legalmente le correspondía.

Intereses, presiones, intrigas, indecisiones, zonas oscuras, injusticias… En buena medida un cierto enigma histórico enmarcado en una de las páginas más transcendentales de la Historia de España.