EL UNICORNIO

Laura Ferrer

¿Quién no ha visto alguna vez en su vida un unicornio? Es tan conocido desde hace siglos que resulta imposible pensar que todavía pueda haber alguien que no lo haya visto nunca. ¿O es que alguien acaso duda de que existieran los dinosaurios? ¿Y qué decimos del monstruo del lago Ness o del Hombre de las nieves?

Cierto: los dinosaurios se extinguieron hace sesenta y cinco millones de años a causa de la caída de un enorme meteorito, pero nadie por este motivo pone en cuestión que no estuvieran aquí sobre la faz de este planeta que aún, a pesar de tantas cosas, sigue siendo azul. ¿Y los otros dos? ¿Existieron? ¿Existen? ¿Y qué decimos de tantos otros que estuvieron y ya no están? ¿Y qué diremos de los que ahora están y luego no estarán?

El Biólogo filosofal se hace estas preguntas desde esta sección, aunque más que sus preguntas estas reflexiones son el eco de las preguntas que otros muchos se hacen y se harán quién sabe dónde. ¿Qué será del lince, por ejemplo, en el futuro? ¿Qué será del oso panda? ¿Y qué del elefante y de sus enormes colmillos de marfil? ¿Y qué del cuerno del rinoceronte o del mismo rinoceronte? ¿Serán viejas imágenes en los libros y en los documentales de naturaleza? ¿Se contarán leyendas sobre apariciones, fantasmas, espectros y espíritus de extintos animales que vagarán entre las sombras de las selvas y los bosques y que se pasearán de noche por las galerías de las casas y edificios?

Pero yo no he venido hoy a hablar de esto, no señor, sino del unicornio. Estoy aquí para inaugurar esta sección con un animal mítico del que ya tenemos noticias hace cuatro mil años. Estoy aquí para recordar su historia. Cuando alguien se encuentre con él en el claro de un bosque o lo contemple en el recinto acorazado de un zoológico, acuérdese de su pasado y de que los caldeos también pudieron contemplarlo en Mesopotamia, aunque quienes más lo vieron oculto entre el boscaje –siempre ojo avizor para descubrirlo en su soledad- fueron los hombres que vivieron entre los siglos XII y XVI.

Algunos lo llamaron el licornio, otros prefirieron usar el nombre de monocérato, aunque la mayoría lo conoce como unicornio (del latín, unus y cornus, por tener un cuerno que le sale de la frente). Precisamente ese dichoso cuerno fue el que le costó la ruina al pobre animal, como ahora al rinoceronte… como ahora al rinoceronte, digo y repito muy a propósito (del latín rinus y cornus, por tener un cuerno junto a la nariz). ¡Ese dichoso cuerno otra vez!

¿Pero qué valor tenía ese cuerno para ser tan codiciado por los reyes y los nobles de la Edad Media?  Hace dos mil cuatrocientos años, Ctesias, médico de Artajerjes, ya se refirió a sus numerosas y extraordinarias propiedades, aunque fueron sobre todo dos  las que lo convirtieron en un objeto muy apreciado: su eficacia contra los venenos y sus propiedades afrodisíacas. Naturalmente, todo esto era pura imaginación, pues ni evitaba las cicutas y arsénicos ni excitaba la adormecida libidinosidad. Pero, sin embargo… el cuerno existía y el unicornio también. Ya consta en el más antiguo bestiario que se conoce, El Fisiólogo, compuesto entre los siglos II y V en Alejandría y difundido y copiado e imitado a lo largo de toda la Edad Media. Así se describe en él al monócero:

Es un animal pequeño, parecido al macho cabrío, terriblemente fiero y con un único cuerno en medio de la cabeza. Es tan temible que los cazadores no pueden aproximarse a él. ¿Cómo hacer para cazarlo? Se presenta ante él una doncella pura, salta entonces al regazo de la virgen, ella lo amansa con caricias, lo alimenta y lo lleva al palacio real.

En otras versiones de este mismo episodio se cuenta que lo que se esperaba en realidad era a que el indefenso unicornio se adormeciera en el regazo de la doncella para matarlo de una lanzada en ese mismo instante y cortarle el preciado cuerno.

Lo que me pregunto yo ahora es cuántos unicornios se cazaron por este método, porque la lógica me lleva a pensar dos cosas: o que ya entonces se cazaron todos los unicornios del mundo hasta extinguir la especie o que no llegó a cazarse ninguno, porque de ninguno de ellos ha quedado rastro, ni siquiera en las copas, aguamaniles y otros enseres que se conservan y que pertenecieron a reyes y aristócratas del pasado y que, según creían, estaban hechos con cuernos de este animal. ¡Más de uno, al probar un veneno en una de esas copas, caería fulminado al suelo! 

Lo que también me pregunto –como bióloga filosofal que soy- es de dónde se sacarían la historia de este animal nuestros antepasados, incluido el mismísimo Isidoro de Sevilla, gran sabio según dicen, que escribió en sus célebres Etimologías que “el unicornio es un animal pequeño, pero su cuerpo es fuerte: sus patas son cortas, en comparación con el tamaño de su cuerpo…” ¿Es que lo habría visto este obispo hispalense triscar por los alrededores en donde se asentaría la futura Giralda?

De lo que no cabe ninguna duda es que el animalito se paseó triunfante de siglo en siglo, convertido en leyenda, y se transformó en motivo heráldico, poético, literario y hasta místico, ya que se llegó a ver en él a un trasunto de Cristo, tal como se le representó, por ejemplo, a Honorio de Autun en el siglo XII. Así, el unicornio era un símbolo de la pureza que solo podía ser atraído por una mujer también pura, absolutamente virgen, que unas veces era presentada como una imagen de la humanidad y otras como la de la misma Virgen María. A veces, como ambas.

Cuando llegaron los poetas y los  sufridos enamorados, que sin duda se toparon también algún día con un unicornio cuando se adentraban entre la espesura de algún negro boscaje, les debió parecer tan admirable y hermosa esta criatura que lo convirtieron al momento en un símbolo del amor y del amante. Los Bestiarios de Amor así nos lo recuerdan y nos ofrecen del licornio una imagen que encarna al enamorado perfecto y sufriente, fiel y constante con su enamorada, quien, como la doncella virgen de la leyenda, lo amansa en su regazo para traicionarlo después sin ningún miramiento.

Después de esto, vuelvo a preguntarme: ¿Pero todavía hay alguien que no haya visto al menos una vez en su vida un unicornio?