LOS APODOS REALES

Sergio Guadalajara

Fernando III el Santo

Fernando III el Santo

Es inevitable cuando se estudia la Historia de España dar con algún rey. Éstos, como tienen una categoría social superior, aparte de recibir la ordenación numérica correspondiente tras su nombre, suelen tomar, una vez terminado su reinado, o bien durante el mismo, un apodo que permita caracterizar mejor al monarca en cuestión.

Sin embargo, ese apodo llega incluso a hacerse tan corriente que, si se separa del nombre del rey, éste pasa a ser un desconocido. Por ejemplo, si digo que Fernando V fue un monarca muy importante para la primitiva España, habrá numerosas personas que se estarán preguntando de quién estoy hablando. Esto es así porque el apelativo de “el Católico” es mucho más popular que su orden numérico.

Cada rey recibió su respectivo apodo por un criterio diferente. Fernando III el Santo es llamado así porque era muy devoto, cumplidor de su palabra y fue un gran gobernante de Castilla primero, y después, de Castilla y León cuando consiguió unificar los dos reinos. En 1671 fue canonizado por el Papa Clemente X.  Carlos I (V de Alemania), conocido como “el Emperador” o Felipe II, llamado “el Prudente”, son otros dos monarcas españoles que pasaron a la Historia por su buena gestión del Reino y sus logros en el exterior.

El temperamento y el carácter de los reyes ha sido también uno de los principales factores que han llevado a que un monarca sea conocido por un apodo. A Sancho IV el Bravo lo llamaban así porque era muy irascible (algunos lo califican como enfermo mental) o bien porque era muy valeroso en el campo de batalla. Su padre era Alfonso X el Sabio, el protagonista de una novela de José Guadalajara.

Alfonso X realizó un reinado exitoso y beneficioso para Castilla, a pesar de no conseguir el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, para lo que luchó durante veinte años sin éxito. Creó el famoso Concejo de la Mesta y fomentó el uso del castellano en la administración del reino. Además, elaboró el código legal de las Siete Partidas y, gracias a la labor de sus scriptoria y escuelas de traducción en Sevilla y Toledo, numerosas obras fueron trasladadas del árabe, hebreo o griego al latín y al castellano. Asimismo, estos centros de cultura elaboraron numerosos tratados sobre astrología, la gran pasión del rey, los juegos de mesa de la época o sobre las propiedades  curativas de las piedras. Queda justificado, entonces, el apelativo recibido.

Pero I el Cruel

Pero I el Cruel

Es curiosa la historia que rodea a Pedro I el Cruel, rey de Castilla y León. Tenía un terrible carácter y ello, unido al enfrentamiento constante que tuvo con la nobleza por los privilegios, le dieron esa mala fama. Sin embargo, parece ser que Pedro I era un enfermo psicópata con manía persecutoria. Murió en 1369 asesinado por su hermano Enrique de Trastámara, o Enrique II el de las Mercedes, como sería conocido cuando se proclamó rey. Este apelativo se refiere a las concesiones que hizo a los nobles por haberle apoyado en la guerra civil contra su hermanastro Pedro I.

Aquellos lectores que han tenido la oportunidad de disfrutar Testamentum, otra de las novelas de José Guadalajara, seguro que recuerdan al infeliz Enrique IV. Enrique IV es conocido como el Impotente ya que no dejó descendencia con su primera esposa, Blanca de Navarra, de la que se divorció. Desatendía la obligación del rey de tratar de tener un heredero y era de carácter pusilánime y cambiante. Finalmente, logró tener una hija, Juana de Castilla, que sería conocida como la Beltraneja porque se decía en la época para desprestigiar al Rey que, en realidad, su padre era don Beltrán de la Cueva, uno de los favoritos de Enrique IV.

Como pueden ver ha habido a lo largo de la Historia ejemplos muy variados de apodos aplicados a los monarcas. Por supuesto, aquí sólo aparecen recogidos unos cuantos ejemplos seleccionados, porque supongo que el lector ha advertido la notable ausencia de, por ejemplo, Carlos II el Hechizado, rey que era un discapacitado mental, solitario y muy influenciable. Otro Carlos, en este caso Carlos IV, fue conocido durante su reinado a finales del siglo XVIII como “el Cazador”, apelativo que consiguió gracias a que era un gran aficionado a la caza. Hay datos que sostienen que mató a centenares de animales como conejos, jabalíes o venados a lo largo de un año.

Prácticamente todos los reyes que se han ceñido la Corona española han sido conocidos por algún apodo, ya sea negativo o positivo. Sin embargo, resulta curioso el que nuestros últimos reyes (Alfonso XII, Alfonso XIII y Juan Carlos I) no tengan ningún otro sobrenombre añadido. ¿Será que el pueblo español ha perdido el interés por los asuntos monárquicos?, o, ¿es que no merecen éstos ningún apodo porque no se lo han ganado? Parece ser, que, en asuntos reales, ha quedado desfasado.