PIEDRAS CON PERFUME HUMANO

Candela Arevalillo

1º CarnacSegún la leyenda griega de Prometeo, existen piedras que conservan un olor humano. No es de extrañar, sabiendo que este titán acabó siendo encadenado a una roca en la región de Escitia como castigo de los dioses cuando osó robar el fuego divino para ofrecérselo al ser humano. Y es que entre el alma humana y la piedra ha existido, desde tiempos remotos, una estrecha relación enigmática que podemos encontrar en infinidad de casos, costumbres y tradiciones. Por ejemplo, ¿alguna vez te has preguntado por qué se colocan estelas de piedra sobre las tumbas? ¿Crees que solo se debe a cuestiones prácticas? ¿Cuál es la causa de esa irresistible tentación de muchas personas de poseer y coleccionar piedras de cualquier naturaleza?

Dentro de nuestro aprendizaje cultural, muchos de nuestros “extraños” comportamientos suelen pasarnos inadvertidos como tales, probablemente porque los actos de la vida diaria, realizados rutinariamente, se convierten en acontecimientos habituales inmersos en un aura de normalidad y de una aparente lógica incuestionable que ocultan el significado simbólico que se les ha adjudicado y el proceso asociativo que se ha llevado a cabo. La aceptación de costumbres y comportamientos, convertidos en inercias inconscientes, impide que nos replanteemos el por qué las cosas son así y no de otra forma. Con esta predisposición mental, hacemos que se desvanezca nuestra curiosidad y, con ella, la posibilidad de investigar y descubrir cosas que nos sorprenderían.

Si detenemos nuestra mirada y focalizamos nuestra atención en el tema iniciado, podemos observar que, a lo largo de la Historia, el ser humano se ha sentido intensamente atraído y embrujado por la fuerza y la energía de la roca en todos sus aspectos y variantes. Aparte de la faceta funcional y práctica que nos ofrecen, las piedras no las llegamos a percibir totalmente como masas inertes. Asociadas al sedentarismo, como elemento constructivo, su sentido simbólico, mítico y religioso se fue desarrollando y propagando en la inmensa mayoría de los pueblos primitivos en su etapa animista. Estas masas sólidas, firmes e imperturbables, parecen desprender un magnetismo misterioso que nos fascina y que ha propiciado que se les otorgara, desde tiempos ancestrales, unos poderes y connotaciones sobrenaturales que se han transmitido con el paso del tiempo a través de generaciones.

3º shiva-lingam-in-10th-century-temple-of-sriDentro del prolífico mundo del simbolismo, la piedra ocupa un lugar predominante. Muchos cultos religiosos han utilizado piedras para representar a Dios o señalar espacios de adoración o peregrinación, como el santuario más sagrado del mundo islámico, la Kaaba, en donde se encuentra la famosa Piedra Negra de origen meteórico. En la Biblia se describe cómo el profeta Moisés recibió directamente de Yahveh un decálogo “escrito con su dedo”: diez Mandamientos grabados en dos tablas de piedra.

Los alquimistas medievales, que buscaban el secreto de la materia esperando encontrar a Dios en ella, o conocer el funcionamiento de la actividad divina, pusieron sus esperanzas en desvelar la clave enigmática de la Piedra filosofal. Los antiguos germanos creían que los espíritus de los muertos continuaban viviendo en sus tumbas de piedra. En nuestra cultura, y como antes comentaba, la utilización de piedras en sepulturas como elementos de señalización simbólica se documenta desde época neolítica, en torno al 6000 y 3000 a. C. Por otro lado, las estelas funerarias de piedra fueron ya muy habituales en el período ibérico desde el s.VI a.C., a modo de betilos sagrados, en las que se solían representar diferentes elementos decorativos. Eran orientadas generalmente hacia el Este, por donde el Dios solar despierta y resucita cada día. Y en esta línea, podría enunciar numerosos ejemplos. El acto de depositar piedras en tumbas, erigir monumentos de piedra para recordar a nuestros dirigentes y héroes, delata la necesidad del hombre de expresar sentimientos inexpresables a través de este símbolo pétreo. ¿De qué ideas y sentimientos estaríamos hablando?

En estos casos concretos, el ser humano extraería de la piedra la idea simbólica de que algo eterno permanece de la persona del muerto. Ello se debe a que las piedras, vistas con parámetros humanos y comparadas con nuestros ciclos vitales, se perciben como entidades inmutables, indestructibles y, por lo tanto, inmortales –cualidad asociada a ese anhelado estado de vida y de conciencia propia del Más Allá. A través de este puente asociativo, esta pétrea imagen metafórica evoca la eternidad del alma a la que toda cultura religiosa hace referencia, una vez reconocida nuestra existencia finita y limitada: “Polvo eres y en polvo te convertirás.”

En contraposición a la muerte está la vida, que contiene el sugerente lingam hindú con su sólida forma enhiesta que representa simbólicamente al dios Shivá. Tal y como vemos en la ilustración, perteneciente al templo Brihadisvara del s.XI d.C., en la antigua ciudad de Thanjavur, India, este símbolo fálico portador de energía masculina irradia una poderosa corriente de vida potenciada, y también sugerida, por esa firmeza y perdurabilidad que emana de la naturaleza propia de la piedra. Una perdurabilidad y fortaleza capaces de conservar y mantener la continuidad de la vida a través de los tiempos. Y así obtenemos una fascinante conexión entre muerte y vida, en una danza armónica, vibrando en lo Eterno.

4º CUARZO CRISTAL DE ROCAEn cambio, cuando nos adentramos en el atractivo universo de la piedra cristalizada, estos conceptos simbólicos, abstractos y metafísicos se personalizan adquiriendo un perfume especialmente humano; en este caso, sublimado, porque según el psicoanalista suizo C.G.Jung, “la disposición matemática de un cristal evoca en nosotros el sentimiento intuitivo de que aún en la llamada materia muerta actúa un principio de ordenación espiritual. Por eso, muchas veces, las piezas talladas de cristal representan simbólicamente la unión de opuestos extremos: materia y espíritu”.

Esta unión de opuestos, en el plano humano, equivaldría a la integración del yo consciente, activo y masculino, con su parte femenina o inconsciente, excelente combinación para representar al sí-mismo en toda su plenitud. En consecuencia, una integración equilibrada y dinámica de aspectos opuestos que forman la totalidad del ser: una totalidad sublime, hipotética, mágica y anhelada por sabios alquimistas que intuyeron que acabarían encontrando el secreto de la Piedra filosofal en los procesos internos de la psique humana.