PANORAMA ACTUAL DE LA NOVELA HISTÓRICA EN ESPAÑA

Sabino Fernández

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Lienzo de Alma Tadema

Desde que un tal Miguel de Cervantes, allá por el 1605, dicen que inventó la novela con  El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, y un escocés, de nombre Walter Scott, supongo que aficionado al whisky, como la mayoría de sus compatriotas, escribió la primera novela histórica moderna, ha llovido mucho, y la narrativa actual se encuentra empapada de novela histórica o, lo que es bastante peor, pseudohistórica.

No me voy a remontar en este artículo a nuestras glorias nacionales en la materia en cuestión, desde aquel Ramiro, conde de Lucena de Rafael Húmara, que dicen que fue la primera novela histórica española, cuando España era más romántica y más nacionalista (bueno, de esto último no estoy muy seguro).

Mi objetivo es trazar un panorama de la narrativa histórica actual. Vaya por delante que ni estarán todos los que son ni serán todos los que estarán, como rezaba el lema de los manicomios españoles.

¿Dónde marcar, pues, la línea de lo actual y lo antiguo? Difícil elección pero, como por algún autor hay que empezar, voy a hacerlo por el casi olvidado Alejandro Núñez Alonso, un paisano, que para algunos críticos es el mejor escritor español de novela histórica de todos los tiempos, y no seré yo quien los corrija. Este gijonés, exiliado en México, y de nuevo recuperado por nuestra patria, escribió dos magníficos ciclos: uno dedicado a un mercader romano llamado Benasur de Judea, compuesto de cinco novelas, con una ambientación histórica excepcional y un cierto proselitismo cristiano, propio de la época, y un segundo dedicado a Semíramis, integrado por cuatro novelas, que nos sumerge en la Babilonia de la época. Merecería que alguna editorial se acordara de él.

Un poco anterior, pero sin su calidad literaria, es el romántico-histórico autor Rafael Pérez y Pérez, un folletinesco maestro de escuela que recorre, a través de su larguísima producción literaria, toda la España medieval, con ciertos tintes xenófobos y algo de antisemitismo, pero entretenido.

Fue modernamente, con el impulso del editor Lara y su premio Planeta, cuando la novela histórica española arrancó y caló entre el gran público. Así, el maestro de la palabra, Eslava Galán, alcanzó cotas de superventas con En busca del unicornio, novela que con una prosa pseudomedieval nos lleva de recorrido por África y sus diferentes tribus en busca de una quimera. Insistiría más tarde con Guadalquivir, con mucho menos éxito.

Otro tanto le ocurrió a Terenci Moix con No digas que no fue un sueño, con secuelas posteriores de inferior calidad como El sueño de Alejandría y su última novela El arpista ciego. En todas ellas mezcla su amor por el antiguo Egipto, con el fino humor característico del autor.

Otro relanzamiento, merced al Planeta, fue el del dramaturgo Antonio Gala que, con El manuscrito carmesí, consiguió su consagración como novelista. Recientemente ha insistido en el género con El pedestal de las estatuas.

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Atardecer en las pirámides

Pero había vida fuera del Planeta, y no se trata de un reconocimiento de los extraterrestres. Así, poco a poco, se fueron consolidando autores de calidad como Corral Lafuente, un catedrático con un conocimiento histórico superior a su calidad como escritor, pero que consigue unas más que correctas novelas como El salón dorado, sobre la España de taifas; con excursiones al extranjero, El amuleto de bronce, una muy buena visión de la vida de Gengis Khan; El invierno de la corona sobre el rey Pedro El Ceremonioso, también muy correcta; o El Cid, centrada en el tan conocido héroe hispánico.

 Otro consolidado autor es Sánchez Adalid, que comenzó con sus dos novelas sobre Félix de Lusitania -La luz de Oriente y Félix de Lusitania-, entretenidas y con buena ambientación en el Imperio Romano, alcanzando su cumbre con la magnífica El mozárabe sobre la España musulmana. No deben olvidarse tampoco otras obras suyas como En compañía del sol o El cautivo, por no citarlas todas.

 Entre los consolidados no faltan mujeres como Ángeles de Irisarri, que tiene una de las mejores novelas escritas últimamente en el género: El viaje de la reina, llena de humor, sarcasmo, feminismo y, sobre todo, buen hacer, en la que una comitiva encabezada por la reina Toda de Navarra se dirige en busca del apoyo de Abderramán III. Siempre en su línea de feminismo, humor y sarcasmo tiene Ermessenda, condesa de Barcelona, La cajita de lágrimas, Las damas del fin del mundo y La reina Urraca, junto con una trilogía sobre Isabel la Católica y algunos otros libros.

Con un libro en común con Irisarri, Moras y cristianas, Magdalena Lasala también se ha consolidado como una autora de éxito, principalmente en el campo de Al-Ándalus, con obras como La estirpe de la mariposa, Almanzor, Abderramán III, La cortesana de taifas, Wallada, la última princesa andalusí, Zaida, la reina maldita y otras. Todas tienen una ambientación histórica correctísima y una muy buena amenidad.

Otra mujer que empieza a salir de su ámbito local para triunfar a nivel nacional es Toti Martínez de Lezea, con novelas la mayoría centradas en su Navarra natal como Las torres de Sancho, Los hijos de Orgaiz, A la sombra del templo o La voz de Lug, ésta sobre los astures. Es una autora entretenida, con un buen tratamiento de sus personajes.

Otro consolidado es el prolífico César Vidal Manzanares, con innumerables novelas de muy diversos temas, bajo mi punto de vista, su gran fuerte, ya que en la narración adolece de cierta sencillez, que, desde luego, le hacen fácil de leer, pero que no colma las expectativas de los más exigentes. Entre las mejores de sus novelas debo citar Las cinco llaves de lo desconocido sobre Al-Ándalus, La esclava de Cleopatra, El emperador perjuro sobre la Francia medieval, El viento de los dioses sobre el intento de conquista de Japón por Gengis Khan y El fuego del cielo sobre la Roma imperial.

También claramente consolidado es Maeso de la Torre, que nos suele sumergir en ambientes muy variados como la Hispania romana con El auriga de Hispania, el cisma en la iglesia con El papa Luna. Benedictus XIII y el cisma de occidente, Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, un estimulante recorrido por la Europa medieval, La profecía del Corán, una especie de thriller histórico en torno a Pedro I el Cruel y los Trastámara. Otras obras suyas son La piedra del destino, otro recorrido por Europa con el corazón de un héroe escocés, Tartessos, que nos escenifica la Hispania prerromana o El sello del algebrista, un recorrido por el Mediterráneo del siglo XIV. Es, por tanto, un claro exponente de la historia con viaje y aventura, que a mí personalmente tanto me entretiene.

Tanneberg 1410 Lituanos y tártaros chocan con el ala izquierda teutónica - Richard Hook

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Ya ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad Albert Salvadó, que consigue una penetración psicológica en sus personajes muy notable en obras como Los ojos de Aníbal, para mí su mejor novela, La concubina de Amón, El maestro de Keops, la trilogía de Jaime I el Conquistador y otras.

 Al carro de la novela histórica se han sumado autores tan afamados y de tanta calidad literaria como Torrente Ballester con su Crónica del rey pasmado, Miguel Delibes con El hereje o el actor cómico recientemente fallecido, Fernando Fernán Gómez, con El mal amor o La cruz y el lirio dorado.

En plena actualidad están autores emergentes como nuestro titular de Página José Guadalajara, quien, con sus Signum y Testamentum, sigue la línea de Eslava Galán en cuanto a maestría en el lenguaje, sin perder un ápice de amenidad y rigor histórico, o León Arsenal, que intercala la narración fantástica con la histórica, con obras como El hombre de plata, ambientada en la Tartessos hispana, Las lanzas rotas sobre la Celtiberia del siglo I o La boca del Nilo sobre una expedición en época de Nerón en busca de las fuentes del Nilo.

Hay que unir también a Olalla García, una especialista en la Persia Sasánida, como lo demuestra en sus obras Ardashir o Las puertas de seda; o Ildefonso Falcones, que arrasó con La catedral del mar, en la estela de Los pilares de la Tierra; o Pedro Jesús Fernández con una interesante Peón de rey; Jesús Greus con una excepcional Ziryab sobre la época de Abderramán II; Antonio Cabanas con dos novelas en las que recrea el Egipto faraónico, tan bien como cualquier extranjero, tituladas La conjura del faraón y El ladrón de tumbas; José Luis Serrano con Zawi sobre la Granada musulmana; Antonio Penadés con El hombre de Esparta, una mezcla de intriga e historia en la Atenas antigua y a Cristina Rodríguez con La joven de Esparta,  un agradable y ameno repaso de la vida en esta ciudad griega. También Jesús Pardo, que se merece estar citado por su originalidad temática y por los personajes tan poco tratados del Imperio Romano como Trajano, Aureliano y Diocleciano en sus Yo, Trajano, Aureliano, o La gran derrota de Diocleciano, más historias noveladas que novela históricas.

Por último, no dejaré de citar al injustamente olvidado Díaz Húder con sus magnificas Un rey de extraña nación, Nadie vio muerte tan bella, ambas sobre Teobaldo de Navarra, o ¡Todavía estoy vivo! sobre Calígula.

 Pero la novela histórica española, como la mundial, ha recibido recientemente la puñalada de El código da Vinci, que, por supuesto, no es una novela histórica, pero que ha confundido hasta la esquizofrenia el panorama de la narrativa histórica. Autoras como Julia Navarro, Matilde Asensi y otros son calificados como novelistas históricos, sin serlo en realidad, haciéndoles un flaco favor tanto a los propios autores como a la propia narrativa histórica. Esperemos que este nuevo factor de confusión acabe y el lector no se vea confundido con las nuevas tendencias.