FALSIFICACIONES DE LA IGLESIA MEDIEVAL: LA DONACIÓN DE CONSTANTINO

José Ignacio Ortega Cervigón

La Iglesia cristiana fue una de las instituciones clave de la época medieval porque aunaba el poder político propio de cualquier reino temporal y el poder espiritual que le permitía conducir las creencias religiosas de la sociedad. La Iglesia se convirtió en una institución de poder público con un entramado administrativo y político, como tabla de salvación ulterior en determinados momentos. Cristianismo y sociedad se identifican desde los albores de la Alta Edad Media. La Iglesia desarrolló toda una serie de fórmulas organizativas que le permitieron en numerosas ocasiones liderar políticamente la Europa occidental, en dura pugna con las pretensiones de universalismo del Sacro Imperio Romano Germánico −reflejadas en la llamada “querella de las investiduras” plenomedieval−, que pretendió heredar el testigo de romanos y carolingios.

Precisamente en esta última época aludida, la del Imperio carolingio, se data una de las falsificaciones más famosas llevada a cabo por la institución eclesiástica, la donación de Constantino. Este documento es un edicto imperial de Constantino el Grande (306-337) dirigido al papa Silvestre I (314-335) en el que se pretende conceder muchas de las prerrogativas imperiales para justificar así las aspiraciones del papado al poder político en Occidente. En realidad, este documento fue creado a finales del siglo VIII, durante el pontificado de Adriano I (772-795), unos 20 años antes de que Carlomagno fuera coronado emperador por el papa León III en la Navidad del año 800. La finalidad de estas falsificaciones era dar antigüedad a situaciones nuevas, legitimar con orígenes remotos hechos coyunturales de la época en que se redacta el documento.

El documento Constitutum domni Constantini imperatoris contiene dos partes: la confessio refiere cómo fue instruido el emperador en la fe católica, bautizado y curado de lepra por Silvestre I; la donatio se produjo en acción de gracias por haberle librado de tal enfermedad mediante el bautismo, a cambio de la concesión al papado de una porción de privilegios y dominios imperiales. Constantino otorgó al papa el poder, la dignidad, la gloria, la fuerza y los honores imperiales, entre los que se contaban el uso de atributos imperiales (diadema o corona, gorro frigio o tiara, manto y túnica purpúreos, cetros, estandartes, etc.). El papa podía nombrar cónsules y patricios a los sacerdotes de la iglesia romana y el clero se equiparaba honoríficamente al ejército imperial. En segundo lugar, le nombró árbitro sobre asuntos de fe y del servicio divino. En tercer lugar, cedió a Silvestre I y a sus sucesores el dominio sobre Roma e Italia: para asegurar la libertad política de la Iglesia romana se crearon los Estados de la Iglesia: el antiguo residuo de dominación bizantina en Italia central, donde el papa ocupó el lugar del basileus y pretendió insignias imperiales de dominio. Consolidar estas aspiraciones territoriales era uno de los objetivos del autor de la donatio. Un postulado de gran importancia era el de que el emperador terreno no debía ejercer autoridad alguna donde el celeste instituyó la cabeza de la iglesia cristiana; así, el Imperio quedaba instituido en Oriente, en Bizancio. En el último apartado se manifestaba la inviolabilidad de lo decretado y su integridad hasta el fin de los tiempos.

En fin, el texto basa su mensaje global en el apoyo de las pretensiones papales ante los francos o en la defensa contra Bizancio. Respecto a lo primero, el pontífice Esteban II quiso aprovechar la genuina veneración franca por san Pedro y su cargo para emancipar al papado como institución del marco de la constitución imperial. El pretexto para invocar la ayuda de Pipino fue la pretendida amenaza lombarda sobre Roma; el medio, esta espuria donatio. Quería garantizar, también, un asiento territorial para el pontificado. Respecto a la segunda cuestión, el texto no fue concebido para reivindicar la primacía de la vieja Roma sobre Bizancio, aunque se lo tergiversó en este sentido.

La autonomía a la que aspiraron Esteban II y sus sucesores, consignada en la donatio, solo tuvo vigencia en modo limitado desde la coronación de Carlomagno; este no quiso fundar la preeminencia del Imperio occidental en una interpretación de la donatio según la que la dignidad imperial occidental se derivaría del papa. El propio emperador alemán Otón I rechazó el documento por considerarlo falsificado. Entre los “logros” de la donación queda la vinculación del reino franco a la autoridad papal y la creación de un Estado de la Iglesia cuyas dimensiones territoriales permanecerían hasta la unificación italiana, a finales del siglo XIX.