UN ÚNICO MANUSCRITO DEL CANTAR DE MIO CID

José Guadalajara

 

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Estatua ecuestre del Cid en Burgos

Unos sesenta mil euros aproximadamente pagó la Fundación Juan March en 1960 por el único manuscrito medieval conservado del Cantar de mio Cid, es decir, diez millones de pesetas de entonces.

A los que les gusta calcular el valor de una obra de arte o de un objeto preciado por el dinero que puede llegar a pagarse por él, pueden tomarse ahora la molestia de imaginar el precio que ese manuscrito medieval, custodiado hoy en la cámara acorazada de la Biblioteca Nacional, podría alcanzar en una subasta. Pero, afortunadamente, un bien patrimonial como ese viejo manuscrito no se encuentra en venta, sino preservado del deterioro en condiciones de conservación que garantizan su supervivencia a través de los siglos.

Antes de que recalara definitivamente en la Biblioteca, después de ser donado a ésta por la Fundación March, había pasado por una serie sucesiva de manos privadas desde que en torno a 1778 Eugenio Llaguno, secretario del Consejo de Estado, se había hecho con él, tras reclamarlo al convento de Santa Clara de Vivar (Burgos), con el fin de que Tomás Antonio Sánchez realizara la que fue la primera edición del Cantar de mio Cid. Pero, una vez hecha ésta, parece que el avispado secretario se lo distrajo, -como suele decirse cuando uno se apropia de un libro ajeno- al citado convento.

Sin embargo, mucho antes, tal vez durante varios siglos, el manuscrito había estado depositado en el Concejo de Vivar hasta que en fecha indeterminada fue trasladado a Santa Clara. Un tal Juan Ruiz de Ulibarri lo copió en 1596, año en el que el manuscrito se encontraba aún en su seguramente primera ubicación, pues todo hace pensar que fue el referido Concejo quien manifestó un vivo interés por hacerse con las hazañas escritas de su famoso hijo adoptivo, hazañas que se habían difundido en un cantar de gesta –tal vez en varios- para realce de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, muerto en el año 1099.

Este manuscrito no es, sin embargo, el original, sino una copia del siglo XIV. Es un enigma histórico saber cuál fue el texto primigenio, quién lo escribió y en qué fecha, aunque sobre esto último la investigación filológica e histórica parece ir poniéndose de acuerdo para situarlo a principios del siglo XIII, tal vez hacia 1207.

Son, por lo tanto, al menos cien años los que median entre el posible ológrafo y el manuscrito actualmente conservado. No se piense nadie, de todos modos, que éste fue copiado de aquél, ya que lo más seguro es que se trate de una copia de otra copia, eso sí una copia privilegiada ahora para nosotros, lo que hace que lo consideremos casi el mismísimo original. Desde luego, de no haber sido por él -me refiero al copista-, ese texto épico que hoy conocemos como Cantar de mío Cid no hubiera llegado hasta nosotros. Piénsese en el infortunio que nos ha deparado el Tiempo o el Destino –llamémoslo como queramos para entendernos- con otros cientos o miles de textos literarios que se han destruido para siempre.

Cantar del Mio Cid

Folio en pergamino del Cantar de mio Cid

Escrito sobre pergamino grueso de no excesiva calidad, consta el manuscrito del Cantar de mio Cid de 74 folios, si bien se han perdido cuatro con el paso de los años. Su letra es de color marrón rojizo, trazada con no excesivo primor, como pudiera serlo la de los códices destinados a la Corte o a un centro eclesiástico, aunque en general es bastante clara y se lee sin dificultad. Se ignora si el nombre que aparece al final es el del autor o el del copista, tal vez no el copista de este manuscrito, sino el de otro anterior que quizá conservó el copista de Vivar por razones que se desconocen. Así reza el colofón o “firma”, es decir, lo que en términos más precisos se conoce como explicit:

Per Abbat le escrivió en el mes de mayo

en era de MCC XLV annos.

Este Per Abbat, o Pedro Abad en castellano actualizado, es aún un personaje misterioso. Se han hecho intentos de identificarlo y, aunque en algunos casos se ha llegado a proponer una identidad, nada puede tenerse hoy todavía por definitivo. Nada ayuda a esta identificación, sino todo lo contrario, el verbo “escrivir”, usado en la Edad Media como sinónimo de copiar más que de crear o componer.

Así pues, tanto el autor como el responsable de la copia, nos siguen siendo desconocidos. También nos es desconocido, aunque imaginable, el por qué se conservó en Vivar este manuscrito del Cantar de mio Cid, lo mismo que nos es desconocido cuántos otros cantares de gesta se habrían podido componer sobre este héroe castellano. Conservamos, no obstante, otro texto épico, el Cantar de Rodrigo o Mocedades de Rodrigo, muy posterior y que recoge los años juveniles del Cid. Fuera de esto, ya solo queda el testimonio del romancero.

Este misterio histórico que pende sobre el manuscrito de Vivar llena de desasosiego e intriga a los amantes de los enigmas, que desearían atravesar la barrera del tiempo para captar ese instante en el que una mano del siglo XIV fue copiando con paciencia las peripecias del Cid para que el concejo burgalés conservara en un texto poético la memoria del héroe. Gracias a ese único manuscrito ha llegado hasta nosotros uno de los escritos literarios más antiguos compuestos en castellano. La pregunta que me surge ahora es inevitable: ¿Cuántas otras copias del Cantar –anteriores y posteriores a ésta- se han perdido de modo irremediable?

Unido a este misterio, queda también en el aire el del hombre que lo escribió. Y digo hombre porque sería casi imposible que en la Edad Media de Castilla lo hubiera escrito una mujer. Basta cerrar los ojos e imbuirse en el silencio, dejando navegar los barcos de la imaginación en el océano del tiempo, para que comience a perfilarse en la mente el espacio de un scriptorium, la sala medio en penumbra de un castillo, el reducido despacho de un notario o el habitáculo de una casona umbría.

Pero, lamentablemente, la imaginación no basta para desvelar la verdad. Es probable que nunca sepamos quién trazó esa caligrafía rojiza sobre el pergamino, qué pasó con el manuscrito original, quién lo escribió, cómo era el rostro de ese hombre, qué aspecto tenían sus manos, qué sueños habitaban sus noches, cómo fue su muerte y en dónde quedaron sepultados sus huesos.

Al abrir ahora su viejo Cantar, escucho, sin embargo, el eco de su voz deslizarse por las paredes de esta habitación:

Las coplas deste cantar aquís van acabando:

¡El Criador vos valla con todos los sos santos!