LOS EREMITAS

Julián Moral

El término eremita viene del griego eremo: desierto. La aparición en éste o en los yermos de los primeros anacoretas o eremitas cristianos se suele situar entre mediados y últimos del siglo III. El movimiento eremítico se extendió primero de Egipto a Siria y Oriente Medio y luego a Europa, jugando un papel de gran relevancia en la difusión de la evangelización cristiana a los llamados pueblos paganos o gentiles.

Se señala como pionero del eremitismo a un tal Pablo el Ermitaño (s. III-IV). Eremitas famosos fueron San Antonio de Egipto (251-356), retirado en la Tebaida y considerado el padre del monacato cristiano; en Siria, Simón el Estilita (s. IV-V), que se instaló en lo alto de una columna de veinte metros de altura y cuatro metros cuadrados de superficie en los alrededores de Antioquía; el egipcio Pacomio (292-346) en las cercanías de Tebas… Las actividades y formas concretas de vivir la experiencia de la soledad eremítica variaban: los anacoretas separados en cuevas, los pastores sin domicilio fijo, los dendritas instalados en árboles, los estilitas en columnas, los reclusos en celdas…

En la primitiva cristiandad oriental y sus complejas comunidades, sobre todo en Egipto, estuvo el germen e inicio del eremitismo, de la “Hesiquia” (soledad–recogimiento) en el desierto o los yermos. No obstante, existían antecedentes en el paganismo egipcio, como los solitarios del templo de Serapis. También se dieron movimientos de renuncia en el mundo helénico: Pitágoras, Diógenes…, así como de anacoretas hindúes, budistas y, por supuesto, con los esenios y con los terapeutas judíos del lago Mareotis.

En este movimiento de separación, ascesis, renuncia o forma alternativa de vivir, se dieron dos formas predominantes: la anacorética, en la que predomina el ascetismo y la relación libre y personal con Dios sin estructuras organizativas, y la agrupación en unidades colectivas (cenobios-monasterios) en las existe una regla, disciplina, oración coral, liturgia y comunidad de bienes. Se podría señalar la hipótesis de una evolución predominante del ideal eremítico a la congregación cenobítico-monástica. La Iglesia oficial dudaba de si considerarlos heterodoxos con elementos extraños al cristianismo o bien como fundamentalmente cristianos. Aunque algunos de estos núcleos persistieran hasta la islamización, la experiencia eremítico-anacorético-cenobítica fue siendo absorbida por las estructuras de poder jerárquico y teológico de la Iglesia.

San Jerónimo (343-420), entre otros, fue uno de los más importantes enlaces entre estos movimientos pro-monacales y la jerarquía eclesiástica. Atanasio el Patriarca (295-373), natural de Alejandría y perseguidor y perseguido por los arrianos, había escrito la Vida de San Antonio por encargo de los monjes occidentales, que tuvo gran influencia en los monacatos primitivos de extensas zonas de Europa. Aldeas-monasterio, ubicadas en sitios recónditos (chozos de piedra o ramas en torno a alguna iglesia rústica u oratorio), eran tradicionales del primer monacato céltico a partir de los siglos V-VI: San Barandan y San Columbano. También, influidos en buena medida por el movimiento egipcio, se dan los primeros focos (s. IV-V) en las tierras orientales del Imperio Romano. Por otro lado, el eremitismo, muy arraigado en el cristianismo de la Iglesia ortodoxa, tiene en el monaquismo del Monte Athos en Grecia, donde actualmente existen cuevas habitadas, su más claro exponente. De Grecia y Oriente Medio el eremitismo penetra en el mundo eslavo. En la península itálica, San Benito de Nursia (480-547), abad de Montecasino, es el origen y cuna de la orden benedictina que se extendió por la mayoría de los países europeos. Luego vendrían Cluny (s. X), el Cister (s. XII) y otras ordenes monásticas, verdaderos centros económicos de conocimiento y espiritualización.

En la península Ibérica se dio una importante implantación eremítico-cenobítica en la época visigótica: Santa María de Melque y San Pedro de la Mata en Toledo; Santa Comba en Orense; San Millán en la Rioja… Los monasterios mozárabes estaban generalmente situados o ligados a lugares con cuevas donde se habían dado núcleos de vida eremítica. La institución monástica fue uno de los mecanismos de repoblación de la llamada Reconquista hispana y de recuperación de antiguos cenobios visigóticos abandonados tras la invasión musulmana.

Por otro lado, para un acercamiento a la comprensión del cristianismo anacoreta y cenobítico primitivo de los “Padres del Desierto” conviene apoyarse en las informaciones arqueológicas y en las compilaciones de los Dichos atribuidos a los Padres y posteriormente recogidos en Antologías, así como en las múltiples hagiografías de santos y mártires, en las noticias de historiadores, filósofos y exegetas de la Antigüedad tardía.

Las pruebas arqueológicas dan fe de colonias anacoreto-eremíticas en Alejandría, en Esma en el Alto Egipto, en Hesete, en La Tabaida cerca del Mar Rojo, los monasterios amurallados del Nilo, etc. En otras latitudes están   catalogados igualmente restos arqueológicos; por ejemplo, en nuestra península, en el valle de Valdegovia en Álava, se encuentran hasta dieciocho cuevas excavadas en la roca pertenecientes al período visigótico.

La puesta por escrito de los Dichos contribuyó en gran medida a la continuidad del modo de vida eremítico-cenobítico dotándolo de proyección universal. En las hagiografías de santos y mártires, no cabe duda de que se obtienen noticias de la vida, sensibilidad y actitudes de los “Padres del Desierto”, pero tampoco cabe duda que tanto los Dichos como las vidas de santos e historias de los Padres están recopiladas y contadas desde fuentes cristianas.

Las noticias de la Antigüedad tardía sobre eremitismo suelen ser escasas y críticas con el movimiento. Algunos cronistas señalan la participación de gran número de eremitas en las hordas que el obispo Cirilo empujó en los sucesos violentos de principios del siglo V en Alejandría que terminaron con la vida de la filósofa Hipatia. Para el orador griego Libanio (s. IV) los anacoretas de las cuevas eran locos muchos de ellos, y sus ayunos y abstinencias eran ficciones. Incluso robaban en los templos paganos la comida de los sacrificios.

Después de lo señalado, la pregunta sería: ¿qué empujó a la soledad a los primeros ascetas del desierto: la gnosis, la reactivación del ascetismo a imitación de los esenios, el rechazo del sistema social del Imperio, la búsqueda de la esencia evangélica, la huida del conflicto y contradicciones sociales, o, incluso, motivaciones más prosaicas como escapar de la justicia, la esclavitud y la servidumbre, y muy probablemente para algunos, la satisfacción de las necesidades básicas en la comunidad de bienes?

El eremitismo no se puede explicar a partir de una causa única místico-religiosa, aun partiendo de la evidencia histórica de que en distintos tiempos y lugares hubo personas que buscaron el ascetismo y la soledad, por ello, tratar de contextualizar el fenómeno no dará una respuesta definitiva, pero sí una aproximación relevante.