LA NATURALEZA EN LA EDAD MODERNA

Julián Moral

El ser humano es parte integrante de la naturaleza, pero tiende a emanciparse de ella, transformándola. Esto encierra una contradicción: cualquier transformación que emprenda implica un cambio de su propia inmanencia natural. Pero no conviene olvidar, cuando tantas veces las acciones del hombre se califican de manera totalizante como artificiales o ajenas a la naturaleza, la constatación de la realidad integrante del medio natural del ser humano.

Hecha esta reflexión, apuntaré que la mayoría de los estudios de la ecología señalan que el problema filosófico de la legitimidad de la explotación y agotamiento de recursos se empieza a plantear en el Renacimiento. Las concepciones filosóficas del mundo antiguo y del medievo comienzan a resquebrajarse y surge un sistema nuevo de pensar el mundo basado en la casualidad y en causas naturales: una forma de pensar y entender el mundo que podía estar al alcance de la razón humana. La idea de subordinación de las sociedades humanas a las leyes biológicas a partir o junto con una reflexión sobre la naturaleza del ser humano, comienza a tomar carta de naturaleza y normalidad; las causas naturales o artificiales sustituyen a la metafísica de la providencia divina.

También señalan los pensadores e historiadores del medio ambiente, el nacimiento, en el curso del siglo XVI, de una sensibilidad nostálgica de la naturaleza original: “Los primeros signos de desamparo profundo frente al espectáculo de la artificialización de la naturaleza surgen en el siglo XVI”. (Pascal Acot; Historia de la ecología). La intensificación de la producción y mecanización, el mercantilismo, los descubrimientos de ultramar, la progresiva urbanización, etc., pudieron ser la causa  de un cierto renacimiento de esa sensibilidad nostálgica.

Seguimos a Cervantes en el famoso pasaje donde Don Quijote y Sancho comparten humilde mesa con los cabreros de Sierra Morena y el caballero andante levanta su encendida loa a ese tiempo pretérito ante (imaginamos) la atónita mirada de los místicos. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados (…) Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas (…) Las claras fuentes y corrientes ríos en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas ofrecían. (…) Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre (…)”. También Garcilaso nos deja en algunas de sus églogas toda la impronta greco-latina de la visión mítica y mística de la naturaleza: “Estaba puesta en la sublime cumbre/ del monte, y desde allí por él sembrada”.  Fray Luis de León nos habla de las delicias del campo y del retiro, en su famosa oda “Qué descansada vida”. Retiro apacible, vivificador, en comunión con la naturaleza, con las flores de la primavera, bebiendo de la fuente que baja de la “cumbre airosa”. En Francia el poeta Pierre de Ronsard expresa esa nostalgia y desamparo a través de sus versos y tanto él como Du Bellay o como Cervantes estigmatizan a la “reja sacrílega”.

La nostalgia expresada por Ronsard o Cervantes puede encerrar un cierto germen de sensibilidad ecológica con influencia posterior, pero no dejó de ser una actitud fundamentalmente bucólica-pastoril greco-latina y de recorrido esporádico y pasajero. Este sentimiento nostálgico seguramente tiene menos que ver con una degradación del medio o una contemplación de una naturaleza deteriorada por la actividad humana, que en esos momentos no sería tal, que con una incertidumbre sentida por la pérdida de una concepción del mundo que ponía en el centro a la divinidad.

Ya durante la segunda mitad del siglo XVI, y especialmente en el siglo XVII, las observaciones de la naturaleza y de los fenómenos naturales se vuelven cada vez más precisos (Copérnico, Descartes, Galileo…). Surge el paradigma mecanicista que se sustenta en causas materiales y desecha explicaciones teológicas y desaparece o se cuestiona la noción aristotélica de “alma” como motor de la vida. Descartes y Bacon (s. XVII) impulsan un optimismo tecnológico que confía en la ciencia como creadora y regeneradora de la naturaleza. Bacon se posicionaba, no obstante, dentro de la tradición metafísica judeo-cristiana, no tanto así Descartes y su concepción más humanista del hombre como gobernador de lo creado. Descartes introduce la noción de una explicación mecanicista que pudiera ser aplicada a los procesos del mundo inanimado: donde la filosofía sobre la naturaleza en la antigüedad y la teología del medievo creían ver un designo sabio, la ciencia emergente busca en el azar y la necesidad.

Los progresos científicos que desde el Renacimiento habían contribuido a socavar las construcciones metafísicas reciben un gran impulso en siglos posteriores. Desde la perspectiva dialéctica “ser humano-medio natural” toma fuerza la idea del hombre arquitecto de la naturaleza, que convertirá a ésta en sus manos en un “jardín sin espinas”. Mas la transformación y recreación de ese entorno se limitó a dar al medio natural la forma más apropiada a las necesidades humanas, tomando y transformando la materia y derrochando la energía sin tener en cuenta el impacto destructivo. No es extraño, por tanto, que apareciese una reacción frente a la filosofía mecanicista, porque los argumentos esgrimidos, ya avanzado el siglo de las luces, ponían de nuevo de forma relevante en el corazón del debate la vieja dicotomía; esto es, para unos, domesticada la naturaleza, ésta se mostraría más agradable e inteligible para el ser humano. Para otros en cambio, como Rousseau y sus seguidores, las cosas eran buenas tal como salieron de las manos del Creador y al hombre sólo correspondería eliminar los obstáculos que entorpeciesen su desarrollo natural.

Esta reacción contra el mecanicismo tuvo un fuerte predicamento en el movimiento romántico. El romanticismo de los siglos XVIII y XIX, con su visión mística de la naturaleza imprime un cambio revolucionario en la dialéctica hombre-medio natural. La naturaleza con los románticos cobra vida y su goce y contemplación tiene mucho de experiencia religiosa. Goethe y los románticos alemanes resaltaron el valor del goce contemplativo de la naturaleza y le dieron una suerte de vitalismo a sus composiciones literarias al más claro ejemplo de las visiones míticas prefilosóficas. Goethe (que también hizo incursiones en el estudio de las ciencias) opinaba que la naturaleza se parecía a las artes porque ambas poseían una “vida interna”; la naturaleza para él está viva, es un ser creativo.

El impulso romántico que Goethe expresó estuvo especialmente marcado por la filosofía de Kant; aunque éste se escora un tanto a la visión antropocéntrica: “siendo el único habitante de la tierra con capacidad de discernimiento, corresponde al hombre el título de señor de la naturaleza”. (Immamel Kant, Crítica del juicio teológico). En general, hay una línea de entronque de los románticos con el pensamiento mágico, la realidad como un todo multiforme y la vuelta al mito y a los misterios. No es una filosofía, ni una religión, pero, en buena medida, es una vuelta a lo sagrado, al vitalismo en un todo ser humano-naturaleza. Pero no son sólo los poetas, también los filósofos, los reformadores sociales, las doctrinas secretas. En los románticos se da en grado superlativo el amor a la belleza natural. “Nada podemos amar sino la naturaleza” o “a la literatura la vemos mejor desde la naturaleza salvaje” nos dice el poeta americano Ralpf Emerson (1803-1832), que, al igual que su compatriota W. Whitman (1819-1892) sienten una pasión tumultuosa por la belleza del paisaje, en muchos sitios virgen, del Nuevo Mundo (citas tomadas de R. Curtius, Ensayos críticos sobre la literatura europea).

En la lírica inglesa del romanticismo encontramos una vigorosa expresión de lo que los poetas entendían como una original armonía del hombre y la naturaleza: Wordsworth, Coleridge, Blake y Keats. Algo más tarde ya, Oscar Wilde (1856-1900) opinaba de forma absolutamente opuesta, que llegó a escribir: que cuanto más conocía el Arte menos interés sentía por la naturaleza. Pero no cabe duda de que el romanticismo influyó, en un momento en que el pensamiento ecológico comenzaba a caminar, e influye en la actualidad, dando oxígeno principalmente a la corriente estético-mítica preservacionista de entonces y de ahora.