SORIA, DONDE EL DUERO NACE

Luis Moratilla

Tras Monteagudo, la siguiente visita era Morón de Almazán, o, lo que es lo mismo, la plaza de Morón, y es que Morón es un pueblo sencillo, piedra y adobe, paseable en diez tranquilos minutos, pero en el que destaca su perfecta plaza.

 Con soportales en el edificio dedicado a biblioteca, continuada por palacio con fachada del siglo XVI y, cómo no, con rollo gótico justiciero en su centro. Y en lo alto, presidiéndola, la iglesia también gótica de Nuestra Señora de la Asunción,  con torre plateresca levantada en el 1540. De su historia, de sus 300 vecinos, de su industria basada en el cereal y el mueble,  nos habló un viejo vecino, que fue alcalde en aquellos tiempos en que los alcaldes se designaban y no se elegían, y que también nos sugirió que visitáramos el pequeño campo de golf que alguna autoridad visionaria había mandado construir en sus afueras, y nos convenció, y allí nos acercamos para ver algún hoyo y varios nidos de cigüeñas, habitados y utilizados por una madre y sus dos polluelos, pero no pudimos parar mucho tiempo, y es que de algún punto, seguramente de algún arroyo que no alcanzamos a ver, nos llegaba un olor sumamente desagradable,  que nos alejó para otro momento de aquel bello paraje.

Dado que allí no nos alojamos, no os puedo sugerir ninguna casa rural. En la página www.toprural.com podéis encontrar varias. Si viajáis por esta zona, tanto Monteagudo como Morón son lugares muy interesantes para pasar una noche soñando con viejos tiempos mientras respiramos olores a trigo y cebada.

A comer queríamos parar en Almazán, comer y visitar la villa, pero ciertamente, el primer paseo nos defraudó, y es que aunque cuenta con muralla y  varias puertas,  el callejeo por la villa no nos llevó al pasado, sino a un presente de coches y pitidos, de fachadas sin encanto y de aceras estrechas e incómodas.

Afortunadamente, su amplia Plaza Mayor sí merece la parada. Cuenta con dos importantes monumentos: a un lado la iglesia románica de San Miguel, que puede visitarse previa cita en la oficina de turismo situada en la misma plaza (tfno. 975310502) y que consta en su interior de una amplia nave y dos laterales. En la cabecera, el ábside central se flanquea con dos absidiolos semicirculares. La obra escultórica más importante de la iglesia es un precioso bajorrelieve que representa el martirio de Santo Tomás de Canterbury.

El otro monumento es el palacio gótico-renacentista de los Hurtado de Mendoza, de propiedad privada. Tuvimos la suerte de que, cuando, tras la comida, cotilleábamos el patio de carruajes de su entrada, un empleado nos invitara a visitar su interior, muy castigado por el deterioro causado por el tiempo, pero que todavía permite ver su antigua grandiosidad en sus amplias escalinatas, sus generosas habitaciones y sus maravillosas vistas a la cuenca del Rio Duero.

Ya cuando jugábamos a irnos, decidimos hacer un alto junto al llamado Parque de la Arboleda, al otro lado del río, y que acompaña al Duero en su lento caminar. Y, queridos lectores, disfrutamos más de este paseo que del callejeo inicial. El parque tiene un sendero que discurre paralelo al río y al palacio, lo que nos permitió disfrutar de unas vistas maravillosas de palacio y río mientras caminábamos tranquilos, reposando la comida que acabábamos de degustar. Y es que también en Almazán comimos. No os aconsejo dónde lo hicimos nosotros, un pequeño hostal situado en la misma plaza sin ningún encanto. En posteriores conversaciones, nuestros amigos nos sugirieron  el Hotel Villa de Almazán (975300061) o el Hotel Antonio (975300711), situados en la Avda. de Soria y muy cercanos al parque.

Tocaba ya marchar a Soria: un corto trayecto nos separaba. Mientras nos acercábamos, las ondas escupían las palabras de ¡oh, rey! Florentino, que se postulaba nuevamente como el Gran Salvador del deprimido Real Madrid.

La entrada, entre polígonos industriales, me defraudó: esa no era ni la Soria del románico ni la Soria de Machado. Según nos acercábamos al centro, al paseo del Espolón, la ciudad se iba embelleciendo: aparecieron plazas con soportales, ventanas con mirador, y gentes, y comercios, y nuestro hotel.

El hostal en que nos alojamos se llama Alvi: era céntrico, barato, limpio, y hasta teníamos plaza de aparcamiento en un garaje próximo. También era viejo, con muebles en desigual estado y con un férreo control sobre las llaves del garaje. Os lo aconsejo sólo si queréis un emplazamiento céntrico y barato. Su teléfono es 975228112 y su dirección c/Alberca, 2, junto al paseo del Espolón y la calle de los Caballeros.

La primera tarde la dedicamos a pasear junto a las calles del Marqués de Vadillo y del Collado, peatonal y asoportalada, hasta la bella Plaza Mayor, y vimos el Arco del Cuerno, por donde entraban y salían los toros cuando la plaza lo era de toros, y la fuente de los Leones, y el edificio de los Doce Linajes, del siglo XVII y ahora ayuntamiento, y la torre de Doña Urraca. Y a nuestra izquierda dejamos la calle de la Aduana Vieja, un solitaria cuesta que una de las siguientes noches recorrimos, y que aloja viejos edificios como el Instituto de Antonio Machado o el Palacio de los Ríos y Salcedo.

Allí nos encontramos con nuestros amigos, con Angelines, nuestra guía, y nos presentó a su hermano, que nos invitó a visitar otro de los edificios emblemáticos de Soria, su elegante y sobrio Casino, ahora bautizado como Círculo de la Amistad, local que nos hizo retroceder a los tiempos machadianos, a las tertulias, a la tranquila lectura, a las partidas de cartas, ajedrez y billar.

Con esto y una tranquila cena en casa de nuestra amiga acabó el día, víspera del día siguiente, en el que una apretada agenda nos llevó primero a la Laguna Negra, a la que se llega por una cómoda y bien asfaltada carretera que primero bordea el Embalse de la Cuerda del Pozo, del que sabremos si está lleno o vacío según asome el campanario de la iglesia de San Antonio Abad, único vestigio del pueblo de la Muedra, que allí quedó enterrado.

Ya en la Laguna Negra, un sendero bien marcado y casi asfaltado, nos permite recorrer casi con zapato de tacón alto su orilla, siendo solo necesario un calzado más deportivo cuando nos acercamos a la cascada que en la Laguna arroja sus aguas. Fue un cómodo y tranquilo paseo, que nos dio la sed suficiente para hacer un alto en el pueblo de Vinuesa, donde, además de unas cervezas, callejeamos y visitamos la iglesia de Nuestra Señora del Pino, edificio gótico-renacentista, siglo XVI, que consta de tres naves cubiertas por bóveda de crucería.

La comida era en Salduero, en el mesón JJ (975378111), donde comimos bien y barato, y allí, entre Salduero y el cercano y encantador pueblo de Molinos, paseamos al borde del Duero, y nos hicimos fotos saltando por los troncos que permiten cruzarlo. Después emprendimos viaje hacia Calatañazor.

Calatañazor, sí, donde dicen que Almanzor perdió el “atambor”. Bonitos recuerdos tenía de aquel pueblo tranquilo, de su empedrado, de sus casas casi medievales. Y tras volver a visitarlo, sigo teniendo un bonito recuerdo, pero ha cambiado, el turismo y su masificación le ha hecho perder su romanticismo. Y aunque sigue conservando sus puertas de antiguos herrajes, sus tejados coronados con curiosas chimeneas cónicas, su castillo al final de su calle principal, ya no es el mismo, pero no me malinterpretéis, os sigo aconsejando su visita, sigue siendo uno de los pueblos más bellos de Soria, pero, eso si, nunca en fin de semana, nunca cuando los turistas seamos los únicos que caminan por sus viejas callejas.

Y luego volvimos a Soria, y visitamos la exposición de las Edades del Hombre, y cenamos, y paseamos por su parque, entre los jóvenes que hacían botellón, y bailamos, pero eso, mejor, os lo cuento en el próximo número.