LA RIOJA ALTA: TIERRA DE VINOS, MONASTERIOS Y PALACIOS

Luis Moratilla

Era ya la una de la tarde cuando abandonábamos Nájera en dirección a San Millán de la Cogolla, aunque mi idea fuera dar un rodeo antes y contemplar el monasterio de Valvanera, del que había oído maravillas.

El partido que en el cielo libraban el sol y las nubes iba a ser decisivo para mis propósitos, una victoria de la lluvia los impedirían. A la salida de Nájera la situación era equilibrada, pero nos dirigíamos hacia la sierra, lo que daba ventaja a las nubes.

La comarcal LR-113 nos guiaba a la zona. No quiero que se me olvide deciros que en un principio pensé visitar la Basílica de Santa María de Arcos, en Tricio (a solo dos km. de Nájera). Allí se encuentra el monumento religioso más antiguo de la Rioja, una muy interesante iglesia construida en el siglo V sobre un antiguo mausoleo romano del siglo III.  Fue edificada con materiales reutilizados procedentes de la antigua ciudad romana de Tritium Megallum, que comprendía, además de la actual Tricio, Nájera y otras localidades próximas. Desgraciadamente, sólo era visitable los fines de semana.

El camino hacia San Millán y Valvanera podía coincidir hasta la pequeña villa de Bobadilla, por lo que en los trece km. que separaban ese pueblecito de Nájera asistí expectante a la batalla que se libraba en el cielo. La pequeña ventaja que tomó el sol sobre las nubes a nuestro paso por allí me decidió a sugerir a mi pareja mi interés por Valvanera. El que la distancia pendiente fuera de tan solo 26 km., unido a la tranquilidad de la vía por la que circulábamos, pareció convencerla. Lo que ninguno de los dos sabíamos era que la carretera y el paisaje cambiaban a partir de Anguiano. Los quince km. restantes desde allí a Valvanera eran una sucesión de cerradas curvas, siempre encajonados por el desfiladero creado por el rio Najerilla. Pero el paisaje era maravillosamente verde, flanqueado por montañas cubiertas de robledales, pinos, chopos y seguro que algún que otro haya por lo que concentré mi atención en disfrutar del sentido de la vista y desconectar el del oído, para así no escuchar las quejas de mi compañera.

Por fin, al doblar una curva, apareció un desvío a la derecha que nos indicaba que, adentrándonos por allí, solo nos quedaban cuatro km. para llegar a Valvanera. Tímidamente pregunté a mi pareja si quería dar la vuelta, a lo que ella, con una mirada de resignación, me contestó que ya que hasta allí habíamos llegado, seguiríamos hasta el final. Los últimos km. son una constante pendiente que permite pasar de los 800 m. de altitud del río Najerilla a los casi mil metros del monasterio.

El paraje es espectacular, rodeado de extensos bosques y arropado por la Sierra de San Lorenzo, la panorámica del valle es inabarcable. El monasterio benedictino despide sosiego y tranquilidad por todos sus poros. Nuestra mirada quedó clavada en un monje que regresaba paseando sin prisas en dirección a su cobijo. Aunque no pudimos visitar el interior, era hora de comer y la visita a Suso estaba programada para primera hora de la tarde, quedé completamente enamorado de aquel paraje. Si alguna vez os enteráis de que he desaparecido sin decir dónde, tan sólo acompañado de una bella mujer, buscadme allí, seguro que me encontraréis. La abadía dispone de 28 habitaciones, el teléfono es 941377044 y su página www.abadiavalvanera.com.

El origen del monasterio se fecha en torno a los siglos X y XI. Posteriormente, se han ido sucediendo sus reformas. Los edificios más antiguos son la torre románica y la iglesia, de estilo gótico tardío, y donde se venera la imagen de la Virgen patrona de la Rioja. La actual traza arquitectónica se levantó en 1949. Nuestra primera intención era comer allí, pero el restaurante se encuentra en un pequeño local interior, cuatro paredes sin vistas, por lo que decidimos marchar hacia San Millán.

El camino desde Valvanera es una sucesión de contrastes, pasamos de la sierra a los campos de cereales, a un amplio valle donde se cultiva la patata y abundan los frutales. Las vistas del horizonte, unos metros antes de entrar en el pueblo de Estollo, ya muy cerca de San Millán, aconsejan detener el coche para usar nuestra cámara de fotos.

Eran ya más de las 15 horas cuando llegamos; no sabíamos si podríamos comer de menú o tendríamos que conformarnos con un simple bocadillo. En San Millán se entra por una larga calle, a cuyo inicio ahí un pequeño restaurante, al que nos dirigimos, para, desesperados, contemplar que estaba lleno e incluso que había gente esperando. Proseguimos por dicha calle, que finaliza junto al monasterio. Nuestra esperanza de comer medianamente bien era mínima, y más cuando vimos que el amplio restaurante situado frente al monasterio estaba cerrado o, mejor dicho, ocupado por una convención, por lo que no daban comidas. Nos dirigimos al único mesón abierto, decorado rústicamente, creo, pero no aseguro que su nombre era “Las Glosas” y su teléfono 941373232. Afortunadamente, por supuesto, después de esperar unos minutos, pudimos comer un muy correcto menú  a un precio no superior a los 20 euros.

Faltaban apenas treinta minutos para que se iniciara la excursión al monasterio de Suso, y es que es muy importante que sepáis que para poder visitar dicho monasterio es imprescindible reservar con antelación en el tfno. 941373082. Las entradas se recogen al menos media hora antes del inicio de la excursión en la oficina de información del monasterio de Yuso.

Aprovechamos el tiempo para pasear por los alrededores. Tras la tapia que rodea Yuso discurre un pequeño riachuelo y, junto a él, un sendero por el que dimos un breve paseo disfrutando de la tranquilidad del paraje y de una muy bella visión del monasterio.

La excursión a Suso se realiza en un pequeño microbús. Dista unos 1500 metros de Yuso, y aunque el recorrido se puede realizar caminando por una romántica senda, la pendiente que los separa hace más aconsejable caminar en el regreso y subir en el autobús.

Suso (o de arriba) fue donde vivió, murió y fue enterrado San Millán (año 574). Su tumba fue sustituida en el siglo XII por un cenotafio en alabastro en el que se representa a San Millán yacente. El conjunto tuvo varias fases constructivas: la primitiva, en los siglos VI-VII, son cuevas convertidas en cenobio visigótico. Luego, en la fase mozárabe, se levanta una pequeña iglesia consagrada en el año 959 y con preciosos arcos de herradura, aunque los restos son escasos por el incendio provocado por Almanzor en el 1002. La fase románica, siglos XI y XII, trae la llegada de los benedictinos y la construcción de una iglesia de doble nave. El monasterio fue abandonado en el 1835. En la galería de entrada encontramos los sepulcros de los Infantes de Lara y, además del entorno, resultan impresionantes la cueva del Osario (contiene restos humanos) y el oratorio de San Millán.

Cuenta la leyenda que el rey don García quiso trasladar los restos de San Millán al monasterio de Santa María la Real de Nájera, por lo que colocaron sus restos en un carro tirado por bueyes. Cuando éstos llegaron al fondo del valle, no quisieron continuar su camino, por lo que el rey entendió que era el Santo quien los frenaba, ya que no quería abandonar esas tierras. El rey ordenó que se levantara el monasterio de Yuso (de abajo) donde, desde entonces, se custodian sus restos.

Yuso, al igual que Valvanera, cuenta también con hospedería y un entorno privilegiado, pero creo que le falta tranquilidad, aparenta ser lugar de paso de turistas y celebración permanente de convenciones, seminarios y bodas, aunque en su página afirman que sólo aceptan grupos en visitas con una “finalidad espiritual o pastoral”. Os dejo el teléfono: 941373049 y su página: www.monasteriodeyuso.org. Yuso no tiene el encanto de Suso, pero teníamos tiempo para visitarlo, por lo que nos apuntamos a la visita guiada.

El edificio actual se levantó durante los siglos XVI y XVII. La portada es barroca, y el zaguán, que da acceso al Salón de los Reyes, se terminó en 1689. Contiene cuadros con escenas de la vida de San Millán. La iglesia fue comenzada en 1504 y está catalogada dentro del gótico decadente, cuenta con un grandioso retablo en su altar mayor así como una extraordinaria rejería. La sillería del coro fue realizada en torno a 1640. Lo que más me sorprendió fue el claustro, comenzado en 1549: sus bóvedas son góticas, aunque su concepción es renacentista, en la parte superior era donde se desarrollaba principalmente la vida de los monjes. Quiero destacar también la sacristía. Impresionan los frescos que adornan su techo, pintados en el siglo XVII,  y que conservan sus colores originales.

Como ya sabemos,  aquí se escribieron las primeras notas (glosas) en castellano, cuando un monje las tomó mientras leía un códice escrito en latín intentando comprender su gramática y aclarar sus significados.

Pero eran ya las siete de la tarde, el sol se despedía por occidente detrás de las montañas. Nuestros amigos nos esperaban en Pradoluengo, teníamos que abandonar La Rioja y sus monasterios y entrar en la castellana Burgos. Nos montamos en el coche, encendimos el navegador, y le pedimos que nos condujera al Albergue en el que pasaríamos el fin de semana. ¿Para cuándo los coches dispondrán de piloto automático? Mi reino hubiera entregado por disponer de un chófer que me condujera a mi destino mientras  yo, en el asiento de atrás, cerrar los ojos soñando con santos, reyes y poetas: San Millán, el rey don García, los bueyes y nuestro primer poeta Gonzalo de Berceo habrían ocupado fácilmente mis pensamientos, y no la oscura carretera a la que me enfrentaba.