LA PALABRA PÚBLICA (III)

Gonzalo J. Sánchez Jiménez

Aunque es el inglés la lengua que más influencia ejerce sobre nuestro idioma, y sobre tantos otros, también les gusta a los “profesionales” de la palabra significarse con el léxico y los giros de nuestros vecinos galos. Muchas voces francesas se han ido incorporando a nuestro vocabulario a través del tiempo, adoptando incluso nuestras formas; es decir, castellanizándose; principalmente en la Edad Media, por el Camino de Santiago y, más tarde, con la instauración borbónica. Me detendré en algunas más actuales, no porque sean incorrectas -varias hasta figuran en el diccionario de la RAE-, sino por su absoluta inutilidad y ridiculez.

Una de ellas es chance, que significa ocasión u oportunidad para conseguir algo, suerte: “Tiene chance con las mujeres”, “A ver si tenemos chance en el próximo partido”. Cualquier año vemos a ese señor de poco pelo, que sale en la televisión antes de Navidad, diciendo: “Que la chance te acompañe”.

Se extiende también la locución venir de más infinitivo: “La selección española se enfrentará a la selección italiana, que viene de ganar a Alemania”. Es la traducción literal del pasado reciente francés. Equivale en español a una perífrasis resultativa o terminativa que se construye con acabar de o terminar de más infinitivo. ¿Es necesario el giro francés?

Es probable que a día de hoy sea una de las construcciones que más se están propagando. Corresponde al adverbio francés aujourd’hui, que en esta tierra siempre sonó hoy. Si el monosílabo nos parece poco, la RAE aconseja utilizar otras fórmulas: hoy por hoy, hoy en día, actualmente… Es aceptable cuando marca un hito en el tiempo; se utiliza con artículo y tiene el sentido de hasta hoy: “El plazo de inscripción iba del día uno al día de hoy”.

Y hoy por hoy sigue siendo la televisión el medio informativo que llega a toda la población, a cualquier hora y en cualquier lugar. Desde los bebés que aún no han aprendido a hablar hasta los abueletes a quienes ya casi les cuesta trabajo hacerlo, todos consumimos televisión. Por la pantalla nos llega la palabra pública de políticos, deportistas, científicos, artistas, técnicos, profesionales de cualquier índole, informadores, formadores –pocos-, ciudadanos anónimos, ciudadanos que antes fueron anónimos…; y también su palabra privada. La televisión cumple dos objetivos primordiales: informar y entretener. Lo de educar no sé si alguna vez se contempló en la programación; pero quiero recordar que en alguna época hasta parecía que se cuidaban las formas; los buenos modales fueron el uniforme de los operarios del medio. Actualmente todas las cadenas prescinden de esa vestimenta, que quedó relegada a una especie de juego como aquel de buscar a Wally. Es difícil encontrar, y sin duda los hay, buenos profesionales de la palabra entre presentadores, reporteros, pseudoperiodistas, advenedizos, comunicadores, famosos, entrevistadores, entrevistados, concursantes, despellejadores y despellejados.

Me hacen mucha gracia los términos “comunicadores” y “famosos”. Estos personajes se instalaron en las cadenas de televisión comenzando por el nivel más bajo del escalafón, en el que poco a poco fueron trepando. Sus inicios fueron en calidad de despellejados. De ahí pasaron a ser despellejadores. Su asiduidad ante la cámara les convirtió en “comunicadores”, de miserias ajenas y propias; y, por fin, “famosos”. Sigo sin entender lo de famosos. Siempre creí que la fama era el reconocimiento público a la valía, a los méritos demostrados en alguna materia o profesión por una persona. Otro error semántico: se confunden habitualmente los términos famoso y popular. Esta gente es popular, conocida, archiconocida…; pero, ¿qué méritos tienen? ¡Ah, ya! Tal vez sea que, aunque de culturilla no andan muy allá, por lo menos saben expresarse con corrección y educación.

Otro grupo es el de los participantes en concursos de esos que llaman reality, que quiere decir telerrealidad. Durante una temporada los encierran en una academia para aprender a cantar o a bailar, en una isla para aprender a sobrevivir -como si fuese fácil sobrevivir en el continente-, o en una casa para demostrar su, sus…, sus…, el caso es que sí sé lo que han mostrado, pero nunca he sabido lo que tenían que demostrar. Como lo esencial consiste en ser natural, no se privan de hacerlo tampoco en sus expresiones. En este sentido convergen con el grupo anterior, el de los “comunicadores”. Al grano: ni unos ni otros son capaces de comunicar diez palabras seguidas sin intercalar ocho tacos o insultos soeces. Y no, no es que tengan que aparentar ser naturales, no es que tengan que ajustarse a un registro más coloquial; ¡es que no tienen más registros que ese! ¿Recuerdan cuando solapaban las palabrotas bajo un pitido? Que accidentalmente a un político, a un entrevistado o a un presentador se le escape un taco, no pasa nada; hasta puede quedar simpático -¡manda huevos!-; pero que eso se convierta en la sintonía de la cadena es sencillamente vergonzoso. Día a día entiendo cada vez mejor aquello que nos explicaban sobre el origen de las lenguas romances. Las que procedían del latín, pero del latín vulgar -apostillaban los profesores-, el que hablaban los soldados. ¿Estamos ante una legión de vulgares soldados vulgares, artífices de que, como el latín, el castellano pase a engrosar la lista de lenguas muertas?

No defiendo la mojigatería ni el clasicismo. Soy, además, partidario de lo espontáneo y de lo natural. Pero se ha confundido la velocidad con el tocino. Lo cortés no está reñido con lo valiente. Ya que a las cadenas televisivas se les ha ido de la mano la educación lingüística, podrían hacer un esfuerzo por retener, al menos, algo de educación. Me quedo de piedra cuando analizo otros intentos formativos de la historia de la televisión: suspendieron  las retransmisiones de deportes violentos como la lucha libre y el boxeo; restringieron la publicidad de bebidas alcohólicas de determinada graduación; retiraron la publicidad de tinte racista, sexista y xenófobo; prohibieron la publicidad del tabaco y ahora prohíben la exhibición de películas y obras de teatro, de reciente creación,  en las que se fume (aunque lo exija el guión)… ¿Y nadie intenta frenar este desmadre lingüístico?

Permítanme, señores contribuyentes, una última reflexión. Comencemos con un ejemplo. Usted compra un coche. Su motor, su línea, su seguridad, su acabado.., todo hace que usted vea un sueño hecho realidad. Pero a los pocos días observa un pequeño fallo en la pintura y una semana más tarde comprueba que la capa externa se está resquebrajando. ¿Qué hace? Inmediatamente se presenta en el concesionario y cursa una reclamación por este defecto. Lo normal es que le arreglen el desperfecto o incluso le cambien el producto. De no ser así; si le negasen la correspondiente reparación o sustitución, usted montaría en cólera con todo su derecho; se pondría como un basilisco, esto es, como algún “comunicador”, y acudiría de inmediato a la Organización de Consumidores y Usuarios a presentar una denuncia. Pues bien, la información es un derecho de todo ciudadano y, al mismo tiempo, un bien de consumo, que todos, directa e indirectamente, pagamos; ¿o a usted le regalan el periódico?; ¿y sabe a dónde va parte de los impuestos que religiosamente paga? Esa información (el coche) puede ser veraz, objetiva, detallada; pero si fallan las formas en que nos la suministran (la pintura) resulta un asco. ¿No es un producto defectuoso, fraudulento? ¿No tendríamos que reclamar también por ello? ¿Incluso a la OCU?