LOS NÚMEROS GOBIERNAN EL MUNDO, ¡INCLUSO EN LA EDAD MEDIA!

Candela Arevalillo

Dios geometrizaDesde que el ser humano tomó conciencia de su existencia, el origen y mecanismo del Universo se convirtió en un enigma difícil de desvelar. A pesar de ello, desde tiempos remotos, y en casi todas las culturas antiguas del planeta, se llegó a intuir muy pronto que el Gran Maestro del Universo construye el mundo, visible e invisible, a través de la matemática y la geometría.

Si en el Mundo Clásico proliferaron las teorías, durante la Edad Media se experimentó un claro estancamiento con apreciable escasez de creación científica de índole cosmogónica, limitándose a extraer todo tipo de información relacionada con los orígenes, forma y estructura del Universo, de la interpretación literal de la Biblia, de la Cabalística hebrea, y de los numerosos  compendios que intentaban resumir los estudios y conclusiones teóricas heredadas del mundo griego que divulgaban principalmente la obra del matemático Claudio Ptolomeo y de Aristóteles. Pero el que realmente dejó una huella palpable, dentro del área que estamos tratando, fue el filósofo y matemático Pitágoras de Samos (582-507 a.C.).

Si ya para Platón “los números gobernaban el mundo”, para Pitágoras “los números reflejan lo divino”. La Escuela pitagórica, ampliando y perfeccionando de una forma científica el legado que nos dejaron las antiguas culturas de Mesopotamia y Egipto, defendió la idea de que el universo debe ser visto como un todo armónico, en donde todo vibra emitiendo un sonido; un sonido que se corresponde con una vibración numérica. No olvidemos la frase bíblica: “En el principio fue el Verbo….y el Verbo era Dios”. Igualmente, la Kabalah  hebrea,  considerada como una interpretación mística de las Sagradas Escrituras, sostenía también la idea de que cada letra y cada número poseen un significado oculto. Por ello, esta interpretación mística sobre el sonido-letra-número siguió vigente en el mundo medieval de una forma soterrada, siendo empleada por los teólogos para aclarar ciertos puntos de la doctrina cristiana.

Según este argumento, como los números están asociados a características específicas que juntas abarcan toda la experiencia de la vida, para empezar nos vamos a centrar en los tres primeros números por configurar el esquema básico de creación, dentro de la cosmogonía de la mayoría de las religiones.

Con los números 1,2,3, el Gran Arquitecto realizó los primeros movimientos para crear el Universo desde ese centro cósmico inmaterial y poderoso “punto” capaz de contenerlo todo en potencia. Con un impulso creador de expansión, un Big Bang, la Esencia eterna del UNO se proyecta generando una “línea recta”; con ella, se da origen al Dos, provocando la dualidad inherente al mundo manifiesto. Por este motivo, hablaríamos de un símbolo de oposición, de conflicto y de reflexión característico de una esencia receptiva y pasiva, opuesta a la actividad innata del UNO. El Dos se presenta como complemento del principio generador, impar y masculino, posibilitando, con ello, la continuidad y multiplicidad de este proceso de manifestación, ya dentro del tiempo y el espacio.

El Principio de Polaridad es universal. Ante esta dualidad: Bien-Mal, Perfección-Imperfección, surge una “insatisfacción” que impulsa a seguir adelante originándose el TRES. Con él, la tensión de los opuestos se resuelve al regresar al Uno con el fruto logrado de la experiencia anterior entre el 1 y el 2, recuperando de nuevo la unidad al formar algo cerrado en sí mismo a través del triángulo. Esta superficie triangular es el resultado de la inteligencia activa del UNO-PADRE, la materia pasiva del DOS-HIJO, y la fuerza equilibradora y conciliadora del TRES-ESPÍRITU SANTO.

Durante esta primera etapa, comprobamos que se obtiene un Triángulo: la  figura geométrica más simple y básica que da origen a todas la demás, porque toda figura puede ser dividida en varios triángulos si se hacen partir unas líneas desde su centro hasta los ángulos.

Con el TRES se cierra un ciclo, creando una primera Totalidad que no es más que otro UNO, a través del cual, se inicia un siguiente ciclo que desemboca en un eterno proceso creador en el que el SER se manifiesta con consciencia y voluntad.2ºº Icosaedro

En consecuencia, el número TRES y el TRIÁNGULO estuvieron, y están, íntimamente asociados al concepto teológico de la TRINIDAD que se originó en el cristianismo primitivo tardío. Ante la necesidad de representar gráficamente este concepto trinitario sin caer en un politeísmo, se adoptó la figura del triángulo: elemento iconográfico que se extendió durante toda la Edad Media al igual que la figura de Dios Padre, masculina y patriarcal, quizá por la fuerte influencia que dejó el código civil romano. Porque, a diferencia de la cosmogonía de otras religiones poseedoras de importantes Diosas y Madres, adaptándose a la polaridad manifiesta del universo, el cristianismo medieval rechazaba la intervención de fuerzas o aspectos femeninos durante el proceso de la Creación bajo acusación herética, al igual que la representación iconográfica trifásica de Dios Creador.

Según el dogma católico que se establece en el Primer Concilio de Constantinopla, en el año 381 d.C., “Dios es uno en esencia y trino en personas”  Pero la idea personalizada de Dios, de origen griego, ya que en el Génesis no aparecen los conceptos “persona o naturaleza” atribuidos al Creador, en un intento de acercar conceptos abstractos a las mentes más sencillas, no fue muy acertada, creando confusión y riesgo de caer en un politeísmo no deseado. Estas palabras ambiguas y equívocas acabaron mezclando lo metafísico con lo mítico; lo místico con lo histórico. 

Fue san Agustín de Hipona  (354-430), doctor de la Iglesia en el año 1295, quien se encargó de cristianizar todos los conceptos paganos y teorías filosóficas heredadas de la Antigua Grecia, que, con el paso del tiempo y Concilios llenos de controversias, llegaron a convertirse en auténticos dogmas. Estos postulados dogmáticos en los que la Fe predominaba sobre la Razón, se fueron consolidando a través de la corriente escolástica que se desarrolló desde mediados del s. XI hasta el s. XV con algún que otro resurgimiento posterior.

En su principal obra dogmática De Trinitate, libri XV, san Agustín sostiene que las tres personas divinas son: el Ser mismo, eterno, inmutable, consustancial, pero se distinguen por sus relaciones -como ya hemos visto anteriormente. Esta obra está dividida en cinco grandes partes; una de ellas está dedicada a la “Búsqueda de la imagen de la Trinidad en el hombre” porque el hombre, siendo imagen de Dios, es imagen de la Santísima Trinidad. Efectivamente, en el Antiguo Testamento Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza…” (Gn. 1,26). Con este planteamiento, se está aceptando que este proceso de “expansión divina” y adquisición de conciencia a través del Espacio y el Tiempo, se produce a nivel cósmico y humano; una interesante analogía cuyo origen lo podemos encontrar en el legendario axioma de la filosofía hermética que dice: “como es arriba es abajo”, “como es en el macrocosmos, es en el microcosmos”.

Estos conocimientos recopilados en las Antiguas Escrituras, que bien se pudieron recibir por intuición y profundo estudio, ante la posibilidad de no ser comprendidos por las mentes sencillas de aquellos primeros tiempos, se transmitieron a través de imágenes plásticas y de textos simbólicos; un buen ejemplo lo tenemos en: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn. 14,11) que, como podemos comprobar, corrobora la anterior premisa de san Agustín.

Pero con 3º romanescuel paso del tiempo, estos principios metafísicos van desplegándose bajo un prisma racional y científico que nos permite desvelar, en cierta medida, el misterio de estos jeroglíficos ideológicos y lingüísticos. De esta forma, para este complejo concepto trinitario que se puede aplicar tanto en un terreno cósmico como humano y que descabala tantas mentes humanas, podríamos aplicar algunos aspectos de la Teoría de la Geometría Fractal del matemático polaco Benoît Mandelbrot (1924-2010) que, en 1975, demostró con sus investigaciones cómo un fragmento correspondiente a una unidad mayor mantiene, a diferente escala, la misma esencia, composición y estructura que la del Todo al que pertenece.

Desde este punto de vista, puede resultar más comprensible entender la sabiduría que encierran en sí las Sagradas Escrituras. Y dado que en la actualidad es la Razón la que destaca sobre la Fe, este tipo de teorías hace más accesible la idea de que Dios, la Entidad inteligente que se manifiesta, se encuentra en Todo por esencia, presencia y potencia; que ha creado una realidad, o espacio virtual, repitiéndose a sí mismo a través de un ARQUETIPO GEOMÉTRICO y NUMÉRICO.

Este arquetipo trinitario, cuya estructura más elemental adquiere forma de TRIÁNGULO, contiene un patrón básico de comportamiento que se reproduce eternamente, “a diferentes escalas”, con manifestaciones posteriores más complejas que analizaríamos en un próximo artículo.