LADISLAV FUKS

Pedro Centeno Belver

Desde que me desplacé a la República Checa para emprender una nueva aventura profesional, he ido comprobando cómo era de pequeña la cultura en la que vivía. Una de las primeras cosas que pude apreciar es cómo ese pulso con la historia del que siempre tratamos cuando, desde la literatura, nos aproximamos en esta página, es completamente nuevo y diferente. Mis compañeros, mis amigos y, también, los que ahora son mis alumnos comparten una historia que diverge de la nuestra en la línea que tomó y que, quizá por ello, me ha atrapado intensamente. De ahí surgió la idea de que la reseña de este mes tuviera como protagonista a un autor checo, preferiblemente en lengua checa (algunos de los más grandes, como Kafka o Kundera, optaron por otra lengua), y que, como viene siendo costumbre en nuestro espacio, estuviera consolidado en el panorama literario. Así es, Ladislav Fucks es uno de los grandes autores de los últimos tiempos, que toma como periodo histórico en el que ambientar sus novelas una época que, hasta hoy, no habíamos tratado; ni más ni menos, que la primera mitad de nuestro pasado siglo XX.

Sin embargo, el autor aún no se encuentra traducido al español, por lo que en este número, en el que, además, podremos aumentar nuestros conocimientos sobre una novela que a los hispanohablantes (al menos los que no sabemos suficiente checo como para leerlo) no nos ha sido posible leer, la reseña vendrá de la mano de una buena amiga mía, Veronika Macků. La calidad de su trabajo es excepcional, como se puede comprobar seguidamente, de modo, querido lector, que le cedo, sin dilación, la palabra.

Ladislav Fuks (1923 – 1994) es el escritor checo de la prosa psicológica, cuyas dos novelas más reconocidas, Pan Theodor Mundstock (Señor Theodor Mundstock) y Spalovač mrtvol (El incinerador de cadáveres), están situadas en el marco histórico de la Segunda Guerra Mundial. Para su prosa es típico el entrecruzamiento de lo real con los sueños, ilusiones o alucinaciones, que contemplan el interior o, mejor dicho, el alma de sus personajes deformados por el peligro o una idea fija. Los personajes principales desempeñan el papel de unos seres marcados por la esquizofrenia, las fobias, el odio o la necesidad de matanza. Su obra se va acercando a una ficción, a un grotesco absurdo que, a pesar de esto, está situado al margen de la historia del país. La lógica y la construcción de sus historias están muy bien pensadas y se puede afirmar que cada palabra, cada noción tiene algún significado.

Varios elementos biográficos explican su forma y estilo de escribir, además de pinceladas autobiográficas en su obra. Por un lado, el escritor era homosexual, condición oculta que se convirtió en una carga que pesaba cada vez más. Por otro lado, Fuks era de ascendencia judía, por lo que formó parte de los pesares del pueblo judío pese a que, también en secreto, era católico. Finalmente, su propia familia padeció enfermedades mentales hereditarias y él mismo vivía con su madre enferma, en una vieja casa llena de antigüedades porque no quiso entregarla a manos de los psiquiatras del manicomio.

Cuando el escritor tenía ya 40 años publicó su primer libro, del que tratamos en este número de nuestra Página, en el año 1963: Señor Theodor Mundstock. Fuks se convirtió en unos años en unos de los escritores más reconocidos de antigua Checoslovaquia y cada libro nuevo confirmó su gran talento.

El personaje principal de la obra es, como indica el título del libro, Theodor Mundstock, antiguo funcionario judío que, como otros sus compañeros judíos, tuvo que terminar con su trabajo digno y acabó trabajando como barrendero. Vivía su vida solitaria en un piso en el centro de Praga, consciente de que un día le llegaría la hora y él también iría a ir al transporte al campo de concentración.

La preocupación principal del protagonista sobre el transporte al ghetto de Terezin se debe a la realidad que sufrieron no solo los judíos, sino también los homosexuales y los gitanos checos. A partir del marzo de 1939, el terror nazi traspasó las fronteras del territorio checo y se comenzaron a abolir los derechos básicos de los judíos: No podían realizar ciertos trabajos, se les confiscó la propiedad y se les vetó en los lugares de vida social como las cafeterías o los cines. Desde el otoño de 1941 tenían que llevar en el abrigo la estrella judía para que se les pudiera reconocer y, enseguida, un mes después, partió de Chequia el primer tren al campo del exterminio. Aunque Auschwitz (Polonia) se convirtió en el símbolo del genocidio judío, a los checos no se les llevaba directamente a Polonia, pues Hitler había decidido convertir la ciudad de Terezin como lugar de tránsito.

De este modo, su vida está llena de miedo y sufrimiento, a lo que debemos sumar, por si fuera poco, que también sufre de esquizofrenia. Así no nos encontramos en el libro sólo con el personaje principal Theodor Mundstock, sino también con su alter ego, Mon. El diálogo de nuestro personaje con Mon empieza ya desde la primera página, cuando Mundstock dice: “Estoy al borde de un ataque de los nervios, Mon“. El diálogo se mantiene a lo largo de todo el libro de modo muy natural y presta al lector una visión única del personaje. Para Mundstock, Mon alcanza el significado de su pareja, le confiesa todo sobre su vida y sus pensamientos o, simplemente, de qué y por qué tiene miedo. Por la presión mencionada, nuestro protagonista había perdido la capacidad de entender la realidad, de manera que su propio comportamiento es a veces confuso y en su mente (y en el libro) se contraponen su experiencia inmediata con sus recuerdos y sus sueños. Además, su personalidad bipolar y el miedo constante no son todo lo que le pasa; los objetos reales se convierten en ilusiones y los contextos se oscurecen. No reconoce bien ni a sus amigos de toda la vida y al animalito que vive con él (y con quien habla) le llama “gallina”,  aunque es una paloma.

Las cosas que más miedo le da son las cartas que recibe, porque con cada una espera el emplazamiento para el transporte a los campos de concentración. Entonces recibe una misiva de un amigo suyo al que le tocó ya su destino: se había ido. Mundstock reflexionó sobre su pasado y sus viejos amigos, en quien todavía vivía y en quien se había ido también. Intenta suicidarse, pero le salva su vecino. Mientras, murió su gallinita…

En la primavera del año siguiente sucedió un hecho que le cambió totalmente la vida: el día de la ruptura con su mundo interior se convirtió en el más feliz de su vida. Recordó a su amigo, que siempre le decía que era una persona muy ordenada y metódica, y le vino a la cabeza una idea clave: prepararse para lo peor, con la mente clara y de una manera racional. Abandona a su amigo Mon y prepara su maleta sistemáticamente, aunque será energía malgastada en vano. La calma ilusoria de Mundstock es absurda y grotesca en comparación con la realidad que le esperaba en el campo de concentración.

Cuando finalmente llegó el día que esperaba desde hacía tanto tiempo, lo aceptó con una sonrisa, con tranquilidad y un equilibrio completo al pensar que estaba preparado. Ese fatídico día, cuando se dio cuenta de que se había olvidado cambiar la maleta de una mano a otra según su metódico plan, en ese mismo día, oye un ruido que es también el último que oiría: es atropellado por un camión alemán.