JUGANDO CON LAS FORMAS

Gonzalo J. Sánchez Jiménez

La comunicación es una actividad constante en nuestras vidas. La forma más utilizada es la comunicación lingüística en su modalidad oral. Desde la mañana hasta la noche hablamos, incluso hay quien persiste en un onírico afán comunicativo. La otra modalidad, la escrita, es sin duda menos utilizada, pero no inexistente. Raro es el día en que no escribimos algo. Me atrevería a decir que escribimos más que antes. Las cartas postales han dado paso al “email”, los telegramas se han transformado en mensajes cortos de móvil y no cuento chat ni redes sociales. Quienes hemos utilizado todos estos canales de comunicación podemos comparar la cantidad de cartas que escribimos, antes y ahora, con el número de correos electrónicos recibidos y enviados. Cotejemos los “sms” que leemos y tecleamos con los contados telegramas que hayan pasado por nuestras manos. ¡Y las tarjetas de Navidad…! Antaño los carteros no daban abasto en esas fechas. Amigos, ¿cuántos “christmas” habéis mandado y recibido el último año?, ¿cuánto os habéis gastado en sellos? Pero, ¿habéis dejado de leer y escribir felicitaciones navideñas?, ¿a que no? Y cada año más bonitas y con esas frases tan pomposas…

A propósito de esas frases, cuántas veces hemos oído brotes de envidia: “¡Cómo me gustaría saber escribir así!”. Aunque la mayoría de nuestros escritos tienen una función estrictamente comunicativa, creo que en algunas ocasiones todos quisiéramos escribir “bonito”. Escribir bien no es utilizar palabras altisonantes, caer en la grandilocuencia, en la pedantería. Es cuidar la forma de expresión de un modo sencillo, pero elegante; traspasar el umbral de lo cotidiano a lo artístico, aunque no pretendamos llegar a las cotas de escritor, de poeta…; seamos realistas: muchos lo intentamos, pocos lo consiguen. Se necesita don para ello, además de imaginación, sensibilidad, esfuerzo… y un poquito de lo que llaman cultura general. Nos conformamos con menos, con hacer un pinito de cuando en cuando. ¿A quién no le ha sucedido perderse en un laberinto de palabras buscando, por exactitud o por estética, el término idóneo para un contexto determinado? ¿Quién no ha tenido alguna vivencia que le haya abducido a mundos de sueños y ensueño? Y siempre terminamos con lo mismo: “No encuentro la palabra”, “No sé cómo decirlo”, “No se puede expresar con palabras”.

Podría suponer un obstáculo para intentarlo la idea de que es algo privativo de los poetas o que tendríamos que tener muchos conocimientos sobre retórica, todo eso de las figuras literarias: metáfora, símil, prosopopeya, hipérbole, metonimia, retruécano, hipérbaton, anáfora, sinestesia, oxímoron, y un larguísimo etcétera. Hace años tuve una sorprendente experiencia: realicé con los alumnos un comentario de texto en presencia del autor. Se trataba de un poema de un amigo, que analizamos durante cuatro sesiones de clase. Tras estudiar el fondo, los chicos continuaron con la forma; estrofa a estrofa, verso a verso, sacaron a la luz un sinfín de figuras retóricas, reconociendo la mayoría por su nombre y explicando en qué consistía cada una de ellas -no era el primer comentario que hacían, ni el segundo ni el tercero-, mientras el autor permanecía tan silencioso que yo diría pasmado. Pero el pasmo no le venía por el modo en que los chavales le fueran desvelando los entresijos de su criatura, sino porque nunca tuvo consciencia de haberla concebido así, de tal manera que al acabar la clase me dijo: “Gonzalo, tío, ¿yo he hecho todo eso?”.

El escritor, por norma, no se plantea colocar aquí un epíteto, allí una personificación y luego una paradoja…; es algo que le sale espontáneamente (¿inspiración?), juega con las palabras porque antes ha jugado con las ideas. No es necesario conocer el nombre de las figuras para poder parirlas, comprenderlas y recrearlas. Basta con reconocer que son expresiones inusuales y hermosas, y reflexionar en qué consisten, por ejemplo: una palabra que se utiliza en sentido figurado, una repetición de elementos al principio o al final de varios versos o enunciados -recordemos que también la prosa se alimenta de recursos literarios-, un adjetivo innecesario pero bello, una contradicción aparente, una repetición armoniosa de sonidos…; lo que sea, no importa que ignoremos cómo se llama el juego; imitémoslo y juguemos.

El uso de recursos estilísticos va íntimamente unido a la expresión de sentimientos, de ahí que los encontremos en mayor cantidad y calidad en pasajes de tipo intimista y emocional, ligando estrechamente las funciones expresiva y estética del lenguaje. Por supuesto, es en la poesía donde más abundan, pero no tenemos que ser poetas para disfrutarlos ocasionalmente: en una felicitación por cualquier fecha o motivo, en un diario personal, en la letra de una canción o en una misiva a esa persona que hace que nuestros días sean más largos y más cortas nuestras noches. Hasta en la lengua más coloquial, como los chistes, se utilizan figuras literarias. Véase éste, basado en un calambur (primera y última figura que en lo sucesivo nombraré): «Un cura y una monja gallegos están en la cama: -Ay, Manoliño, ¡qué deleite! -¿Te gusta, Carmeliña, eh? -No, que qué “de leite” me estás echando encima». Reconozcamos más casos prácticos.

Un recurso muy común, y nada despreciable por ello, es utilizar palabras en sentido figurado; por ejemplo: “Mirad cómo corre esa niña de cabellos de oro”. Si oro tuviese el significado de siempre, el de ese metal que todos conocemos y del que muy poco disponemos, y en estos tiempos, no sería extraño que la niña corriese, lo raro sería que no volase. Juguemos a encontrar más casos similares en estos fragmentos: «Georgie Dann, con su vieja coraza de pelo y su dentadura de nieve, nos ha traído otra vez su última canción». «Yo era ya el poema mismo, el verso único entretejido en el cuerpo desnudo y feraz de Mateo». «Los años me han ido construyendo un nido de sensibilidad madura en el que he ido depositando toda mi experiencia». «Éste (el pasado) es un estrecho sendero que se extravía en la memoria». «Percibía también en su voz una brizna finísima de lluvia». «El siete de septiembre, por fin, aterrizó la primavera en Madrid». «Después, yo lo buscaba a él y también lo encontraba, oculto a veces en un borde del pensamiento o en un repliegue de una palabra».

Es muy frecuente relacionar dos términos por similitud, sin llegar a identificarlos, logrando expresiones de gran belleza: «Hay un charco en el suelo que parece un agujero de luz». «Su sonrisa se extiende como un río abierto». «Yo escuché su voz como si fuera una caricia de agua deslizándose por mi cuerpo vencido». «Los párpados me parecían viejas cortinas de un ajado salón de palacio». «Los años se me desgranaban como un racimo de uvas».

Atribuir a algunos seres (o conceptos) facultades de otros, en particular de los humanos, es un recurso que logra gran valor estético: «Hay un silencio austero en la calle y el tiempo se esconde detrás de los postigos y ventanas». «El castillo, a lo lejos, proclama su eternidad de piedra». «Donde la piel se impregnaba de primavera, un soplo otoñal ha dejado caer las hojas».

A veces el autor mezcla sensaciones percibidas por sentidos diferentes, logrando escenas de exquisita sensualidad: «Detrás de la ventana se oyen voces discretas, murmullos encendidos». «Yo no estaba pasando por momentos dulces». «Un volátil resplandor procedente de la calle -habría escrito “vago” o “difuso”, que parecen términos más propios para este sustantivo, pero el resplandor, sin duda, era volátil-». «Metí mis manos dentro de su bata de algodón y sentí en mis dedos el calor rosáceo de su piel». «Tintineaban los vasos, se entrechocaban las voces, estornudaban los acatarrados, y el humo del tabaco desprendía una pestilencia sonora».

Con juegos de palabras resulta sencillo y bonito potenciar todo hasta la exageración, incluso las sensaciones: «Cuando lo abracé, sentí que estaba abrazando lo más profundo de mi existencia». «Tenía la sensación de que Fermín escuchaba mi pulso acelerado». También se puede enfatizar cada elemento de una enumeración de una manera muy sencilla, a la vez que damos un toque más solemne al ritmo: «Las gaviotas rebuscaban crustáceos y conchas y caracolas mientras dejaban sus huellas impresas sobre la arena mojada».

No es raro encontrar combinados varios recursos (algún caso se da ya en ejemplos anteriores), intensificándose así el valor expresivo: «El olor que se respiraba entre sus paredes, como a libro antiguo, me hacía flotar en un limbo de hojas secas y suaves baladas románticas». «Noté entonces, […] que su voz era de agua y que resbalaba de sus labios como un arroyo diáfano». «Una lámina acuática espejeaba en sucesivas capas de espuma que se deslizaban mansamente dibujando sus contornos». «El silencio eran palabras, y las palabras eran música y caricias». «La nostalgia me persigue aún por las estancias de la habitación, dobla por los esquinazos de los sentimientos y se adentra por lugares recónditos». «A mí me parecía que en el interior de su cabeza los chistes tenían brazos y piernas y que, allí dentro, se peleaban con ferocidad entre sí, empujándose unos a otros para salir a borbotones y hacerse un sitio entre los vivos».

Mediante estos juegos se subliman escenarios y personajes y experiencias y sentimientos -ya se me pegó!- cuyo relato entusiasma tanto por su estilo como por el contenido que refiere: «Yo no me encontraba dispuesta a compartir almohadones y sábanas con el director de la academia» (¡qué forma más elegante de decir: “No quería acostarme con él”!). «No tardó ni un segundo en deslizar las pupilas hasta la altura de mi escote. Creo que si éstas hubieran tenido tacto, yo habría sentido el cosquilleo en mis pezones» (sin comentarios). «Palabras de lujuria, palabras que resultaban una mezcla ingrávida de amor y deseo que flotaba como una burbuja en el cauce impetuoso de la sangre». «Nos deshacíamos en palabras y suspiros de lujuria y amor como en las novelas o en las películas románticas». «Hubo lágrimas, suspiros, versos convalecientes».

Todos los anteriores ejemplos, incluido el chiste, son citas textuales de la novela “La luz que oculta la niebla”, de José Guadalajara. He omitido voluntariamente las páginas en las que se encuentran. Entre los renglones de sus hojas revolotean muchas más mariposas esperando a deslumbrar a los lectores. Pero no son exclusivamente los aspectos formales los que “enganchan” a su lectura. Una interesante autobiografía de la protagonista; una apasionada trama de amores, desamores y amores imposibles, edificada sobre la intriga desde principio a fin; unas magníficas descripciones de personajes y de lugares e instantes de la época en que viven; un desenlace…, originan un relato apasionante y un lector apasionado. Merece la pena. ¡Qué deleite!, ¡qué delicia!

Desde la mayúscula inicial hasta el punto final, este artículo va dedicado especialmente a los alumnos de José Guadalajara. Que sí, ya sé, que primero a vosotras, guapetonas; cuando pensé en alumnos primero pensé en las alumnas -¿tengo que decir “os pensé?”-; pero ya sabéis que mi religión lingüística me prohíbe pecar con tonterías que ya conocéis (*). A todos os felicito por la oportunidad de tenerlo de profesor, aprovechadla. Nadie mejor que él para explicar cada uno de los resortes artísticos de la obra, tanto formales como de contenido y estructura (personajes, ambiente, acción…); cuando digo artísticos, lo hago con todas las consecuencias: esto es literatura y la literatura es una de las bellas artes. Estoy seguro de que José sabía lo que tecleaba en cada momento, que él os lo diga.

Si aún no habéis leído “La luz que oculta la niebla”, hacedlo; os encantará. Cuando terminéis, comprobaréis que no exagero. “Mola mogollón”.